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	<title>Sincolumna &#187; Santiago Riesco</title>
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		<title>Sólo tenía tres años</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 16:55:52 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El pequeño Rafael murió el viernes en mi barrio. 
Sólo tenía tres años. 
Mi hija y yo pasamos cada día delante del bar de sus padres, donde murió asfixiado.
Hoy la chapa metálica está cerrada. Un ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El pequeño Rafael murió el viernes en mi barrio. </p>
<p>Sólo tenía tres años. </p>
<p>Mi hija y yo pasamos cada día delante del bar de sus padres, donde murió asfixiado.<br />
Hoy la chapa metálica está cerrada. Un papel fotocopiado agradece las muestras de cariño al tiempo que indica dónde y cuándo será velado, dónde y cuándo será enterrado. Velatorio y entierro al que su padre no podrá asistir por encontrarse ingresado en la unidad de quemados. De segundo grado. Los brazos y la cara achicharrados cuando bajó al sótano en busca de su niño, de Rafael, del primogénito que daba nombre al modesto bar con el que sobrevivían lejos de su tierra natal. Los bomberos lo encontraron inconsciente junto al pequeño Rafael envueltos en el humo provocado por un colchón en llamas. Los médicos no pudieron agarrarle a la vida. </p>
<p>Sólo tenía tres años, el humo lo había matado.</p>
<p>Mi hija y yo hemos vuelto a pasar hoy delante del Bar Rafael. La chapa metálica continúa cerrada. Ya no hay papeles fotocopiados agradeciendo a los vecinos las muestras de cariño. Tampoco una esquela con lugar y fecha de tanatorio y cementerio. En el suelo, una foto enmarcada del pequeño y decenas de velas encendidas en su recuerdo. </p>
<p>Mi hija las señala sorprendida. Ella no sabe qué ha ocurrido. Y con lengua de trapo, me suelta un cañonazo que me revienta los lagrimales al poco de pensarlo: “Papá, fuego, cuidado”.</p>
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		<title>Isachikly28</title>
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		<pubDate>Wed, 11 Jan 2012 16:14:08 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Se llamaba Isa y era de Chiclana. Tenía 28 años, uno menos que yo. Los dos salíamos de complicadas relaciones y queríamos demostrarnos que éramos lo suficientemente maduros como para no volver a tropezar en ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se llamaba Isa y era de Chiclana. Tenía 28 años, uno menos que yo. Los dos salíamos de complicadas relaciones y queríamos demostrarnos que éramos lo suficientemente maduros como para no volver a tropezar en la misma piedra. Nos encontramos en un chat y, escondidos detrás de la pantalla, vomitamos nuestras cuitas hasta vaciarnos del todo. Y nos hicimos amigos. Tanto que quedamos en vernos aprovechando un largo puente primaveral a orillas del Atlántico. Y lo pasamos genial.</p>
<p>Volvimos a contarnos las mismas cosas tomando café cara a cara, nos reímos de nuestros fracasos comiendo fritura en la playa, brindando con fino cerca de Jerez, cenando en una recoleta trattoría perdida en una carretera en un pinar. Y hasta nos llovieron ranas en la noche cálida del castillo de Sancti Petri, muy cerca de La Barrosa. <strong>De esto hace ya más de una década, una docena de años.</strong></p>
<p><strong>Jamás nos volvimos a ver.</strong></p>
<p>Ella se casó con un panadero castellano reconvertido a camionero. Yo aún di algunos tumbos hasta que mi Eva, que es Cristina, me salvó de morir ahogado en las ciénagas hediondas de la soledad impostada. Ella me siguió felicitando por mi santo. Un mensaje al móvil, un correo electrónico. Yo apenas si la recordaba. Hasta que un día me llamó. Y hablamos. Le conté que la felicidad me había encontrado a mí cuando dejé de buscarla. A ella parecía que también. Charlamos sobre nuestras próximas bodas. La mía en el País Vasco, la suya en una capital de Castilla. <strong>De esto hace ya más de un lustro, media docena de años.</strong></p>
<p>Pero Heráclito tenía razón. Apenas hace unos meses encontré un correo de Isachickly28 en mi buzón. Era Isabel, pero ya no vivía en Cádiz. Tenía 39 años y se iba a divorciar. Me contaba su calvario matrimonial y quería saber si lo podría anular. Apenas la pude ayudar. Volvimos a chatear y me contó con detalle su nefasta experiencia laboral, el atraco con herida de arma blanca, la maldita e innombrable enfermedad. El cáncer con el que luchaba en soledad. Estaba confundida y no tenía fuerzas para volver a empezar. Y yo no pude menos que escuchar. <strong>De esto hace ya más de medio año, media docena de meses.</strong></p>
<p>Ahora Isa vive en paz. Tiene dos perros y un trabajo en el que ha empezado a sentirse valorada. Ha solucionado sus problemas económicos, continúa dedicando su tiempo libre al diseño y la creatividad, está criando unos perros preciosos y ha superado con éxito el tratamiento de radioterapia.</p>
<p><strong>Ayer</strong> tomó café con un compañero. <strong>Hoy</strong> han cruzado varios whatsapp. </p>
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		<title>Tarancón</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Jan 2012 19:01:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagoriesco</dc:creator>
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Hacía mucho tiempo que no veía la tele tanto tiempo seguido. Y menos aún que me gustase. Estrenaban en TVE una miniserie de dos capítulos sobre un obispo español ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hasta las dos de la mañana. </p>
<p>Hacía mucho tiempo que no veía la tele tanto tiempo seguido. Y menos aún que me gustase. Estrenaban en TVE una miniserie de dos capítulos sobre un obispo español que murió en 1994. Los pusieron seguidos. Y después un documental sobre el mismo protagonista. Ya digo, estuve atento hasta el final. Incluso me tomé la molestia de contar en los créditos finales la lista de personas que habían dado su opinión sobre el clérigo en cuestión: Veintiuna. </p>
<p>Al día siguiente de la emisión todas las críticas que leí dentro del <strong>mundo periodístico católico </strong>eran nefastas. Ponían a caer de un burro a todo bicho viviente. Desde el guionista hasta los actores pasando por la propia dirección de la televisión pública nacional a la que acusaban de haber dejado que lo emitiera antes la cadena autonómica valenciana. Y<strong> me pareció injustísimo</strong>.</p>
<p>Primero de todo tengo que decir que <strong>la sola idea de rescatar del olvido un personaje como el cardenal Vicente Enrique y Tarancón me parece algo más que un acierto, me parece un acto de justicia histórica.</strong></p>
<p>En lo que se refiere al guion, dirección, fotografía, interpretación y demás aspectos relacionados con el producto de ficción que recrea en dos horas la vida de Tarancón desde que es seminarista hasta que se celebran las primeras elecciones democráticas en España… pues qué quieren que les diga. Me parece más que digno, me parece notable.</p>
<p>En cuanto al gran documental abordando la figura del que fuera presidente de la Conferencia Episcopal Española, arzobispo de Madrid, cardenal de la Iglesia Católica y artífice de que el último concilio, el del Vaticano II, abriese las puertas y ventanas de un país con olor a cruces rancias, a naftalina militar, a oscuridad tecnócrata y a heces dictatoriales… pues más de lo mismo. Me parece que los testimonios elegidos entre familiares periodistas, sacerdotes, políticos y hasta de su chófer, dan una idea más que completa sobre su personalidad.</p>
<p>Y dicho todo esto sólo me queda<strong> invitar al que no lo haya visto </strong>para que lo haga. Más aún. Que todo aquel que no haya conocido más cardenales que Rouco, más presidentes de la Conferencia Episcopal que el actual, más arzobispos que el de Madrid, se acerque a la vida y obra de un hombre que también lo fue y al que aún no hemos agradecido lo bastante el habernos acercado a Dios así en la tierra como en el cielo.</p>
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		<title>Nochevieja in family</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 11:51:03 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde hace un par de meses tengo profesora de inglés particular. En serio. Con la crisis de los cuarenta me he comprado la moto de rigor y he comenzado a mejorar mi “inglis”. Y lo hago desde casa, a través del “esquipe”, en pijama y con las zapatillas puestas. Mi Jenny –que así se llama mi profesora indígena- charla conmigo en su lengua nativa y reprime las risas al tiempo que corrige mis expresiones apaches. </p>
<p>Cuento todo esto porque cuando uno habla con gente de fuera y le cuenta cómo vive las fiestas familiares, se sorprenden sobremanera. Y a mí me sorprende que les sorprenda. Más que nada porque lo hemos venido haciendo toda la vida de Dios del mismo modo. Y claro, después del “siyu tumorrou” y de apagar el ordenador, lo comento con mi Eva y nos partimos la caja juntos. Que, por otra parte, es la mejor manera de seguir queriéndonos cada día un poco más.</p>
<p>Le decía yo a mi Jenny –en inglés apache, of course- que todas las Nocheviejas nos juntamos los seis hermanos con sus respectivos y respectivas, además de la prole de cada cual, en casa de mis padres. Hasta aquí nada que no ocurra en las Nochebuenas mediterráneas que nosotros regalamos a las familias políticas. A la parte contraria, vaya. </p>
<p>Lo bueno de nuestras Nocheviejas es que hacemos una previa coincidiendo con el cumpleaños del patriarca, de mi padre, que es el 18 de diciembre. Ese día se reparten los papelitos con el amigo invisible para la noche de Reyes, y también se establece el menú de Nochevieja amén de las tareas que lleva anejas. A saber: compra, poner la mesa, cocinar, juegos posteriores, tema para el disfraz… La parafernalia propia.</p>
<p>Mi Jenny se moría de envidia cuando le contaba estas cosas porque sólo tiene un hermano. Pero cuando le vi realmente cara de querer apuntarse fue cuando le conté que nos quedamos todos a dormir en casa de mis progenitores tirando de colchonetas, cojines y muy buen humor. Que pasamos media noche, o la noche entera, jugando con los críos a la wii, con los mayores al mus, y que bailamos con la tele puesta las estúpidas canciones que ofrecen las distintas galas televisivas después de las uvas, las campanadas, los abrazos, los besos y el deseo de que el año que empieza sea mucho mejor que el que termina. Un auténtico derroche de cariño. Y lo digo muy en serio. </p>
<p>Vamos, que las costumbres familiares como las palabras de mi padre en la cena –pocas y sentidas-, el exceso de entrantes, la sidra en lugar del cava, los langostinos a paletadas, los disfraces inverosímiles y los besos tras las campanadas, le sonaban a mi buena “ticher” a chino mandarín.</p>
<p>A mí, qué queréis que os diga, la Nochevieja me encanta. Sólo he pasado una lejos de los míos. Fue hace ya media vida. Estaba en los Andes. Allí sólo tiran petardos y queman muebles viejos en las esquinas. Aquella noche les eché tanto de menos que me juré no volver a fallarles.</p>
<p>Feliz 2012.</p>
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		<title>Jalogüin</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Oct 2011 11:28:03 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Es imparable. <a href="http://www.sincolumna.es/2007/11/a-destiempo-y-fuera-de-lugar/">Ya lo he contado otras veces.</a> Y lo peor de todo es que si te opones ya empiezan a mirarte mal. Llega el día de Todos los Santos y en lugar de enseñar a nuestros hijos que <strong>la muerte es una parte de la vida</strong>, que en nuestra cultura recordamos a los que ya no están entre nosotros para que no se mueran del todo; en vez de explicarles que el cementerio es como una pista de despegue y que por eso los abuelos y los padres van a limpiar las lápidas y poner flores; en lugar de aprovechar esta fiesta tan ancestral, tan de vida y muerte, tan básica para comprender que sólo estamos aquí de paso y que por eso tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por ser felices haciendo felices a los demás… pues no. En la guardería de mi hija nos mandan una nota diciendo que tenemos que disfrazarla de gilipollas. O lo que es lo mismo, de calabaza, de bruja, de araña, <em>de su puta calavera, me cago en todos sus muertos</em>. De “algo que dé miedo”, dicen las inconscientes. </p>
<p>Y yo me pregunto si esta es la educación que queremos para nuestros hijos. Que celebren fiestas que aquí no significan absolutamente nada. Porque entiendo que a mi niña la vistamos de amarillo para la fiesta del susodicho color. O de rojo, o de azul. Me parece educativo y estupendo. Una herramienta pedagógica y divertida. O que la tengamos que poner el traje de chulapona cuando llegue el día de San Isidro, o que le pongamos un atuendo navideño de pastorcita, de angelito o de lo que tengamos por los cajones para recibir a los Reyes Magos. Pero disfrazarla de  calabaza… Celebrar una fiesta absolutamente extraña que no tiene ningún sentido si no es el de que comprendan las vomitivas producciones cinematográficas que proyectan en los cines de los centros comerciales. No lo entiendo. De verdad que no.</p>
<p>Imagino que toda esta <strong>gilipollez del “Jalogüin”</strong> se acabaría si los españoles viajáramos un poco más para conocer otras culturas y costumbres con el fin de valorar las nuestras y no dejar que caigan en el olvido. Pero no. En lugar de visitar el cementerio y <strong>recordar a nuestros muertos para que sigan vivos</strong>, los yanquis nos colonizan suavemente con el truco de sus pelis para adolescentes, con el trato a gran escala para vender disfraces de brujas, calabazas y arañas. Y el menda lerenda tiene que <strong>claudicar en público y encabronarse en privado</strong>. El que esto escribe no tiene más remedio que comprar un ridículo disfraz de <em>cucurbitácea </em>para que su hija vaya hecha un adefesio y participe en la puñetera colonización del “Jalogüin” si quiere ir a la guardería sin que los otros niños la traten como a una apestada y sus educadoras tachen a sus padres de intolerantes, talibanes, intransigentes, ultracatólicos y españolistas. Juro que me quedo con las ganas, juro que me sopla la gaita lo que digan de nosotros. Pero claro, mi hija no tiene culpa de que sus padres sean unos radicales que no quieren celebrar una fiesta con la que nada tienen que ver. De modo que, a tragar. Y si hay que celebrar el 4 de julio, pues iremos comprando una bandera norteamericana para decorar el balcón. Qué más da. </p>
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		<title>África me persigue</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Oct 2011 12:01:40 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Coincidencias, supongo. Aunque a decir verdad, hace lustros que no creo en ellas. Las coincidencias no existen. Las coincidencias son la suma de nuestros intereses que convergen y eclosionan cuando tus entrañas están maduras. Voy con la última.</p>
<p>Salgo de una reunión junto al museo africano de Madrid en la que preparo un viaje de trabajo a la República Centroafricana. Un país que, dicho sea de paso, no sabía ni que existía. Me entero de que tiene la extensión de Francia y una población inferior a la de mi pueblo. Vamos, poco más de tres millones de habitantes para una selva intransitable que ha crecido sobre ricos yacimientos de diamantes, petróleo y, lo que es peor, el codiciado coltán con el que funcionan nuestros móviles, y portátiles, y “pecés” “y fones” y todo lo que nos han hecho creer que mejorará nuestras vidas burguesas de acomodados y comprometidos ciudadanos occidentales.</p>
<p>Llego al despacho y tecleo en el “guguel” el nombre del gigantesco y hasta entonces desconocido país africano. Me aparece un anuncio de “Amazon” indicándome que han abierto tienda en España. Me desvío de mi propósito y entro a husmear un rato. Me encuentro con un libro titulado “Kalashnikov” en oferta porque sólo disponen de dos ejemplares en stock. Es una novela de Vázquez Figueroa que, para mi asombro, trata sobre el LRA (Ejército de Resistencia del Señor en sus siglas inglesas) y sus tropelías en la República Centroafricana. Me falta tiempo para comprármelo on-line.</p>
<p>A los dos días leo el libro en cuestión de unas horas. Y me entra una congoja y una mala leche que sólo es equiparable a los días en los que mi Atleti renuncia al ataque frente a un equipo recién ascendido.</p>
<p>Al día siguiente mi equipo empata a cero contra el Granada después de una manifestación simultánea de millones de indignados pacíficos en 98 ciudades de todo el mundo pidiendo un mejor reparto de la riqueza. La República Centroafricana es el quinto país más pobre del mundo, el primero en muertos por culpa del SIDA (la enfermedad de los pobres del siglo XXI), uno de los 54 estados que componen el continente africano que saquearon los estados antes de que los saquearan las multinacionales.</p>
<p>África me persigue. Aún no sé si dejarme atrapar.</p>
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		<title>Na orilla do Tejo</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2011 14:10:22 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre que paso a Portugal me hago la misma pregunta. ¿Cómo es posible que estando tan cerca nos conozcamos tan poco? Y lo dice un amante del vecino país luso, alguien que ha vadeado el Miño en el ferry que une Caminha con A Guarda, uno que ha cruzado el Guadiana por el puente que va de Ayamonte a Santo Antonio, el mismo que disfruta del Duero y sus vinos desde las Arribes salmantinas hasta su desembocadura en Oporto, el que estrenó su primer coche en un viaje fraternal y lusitano por las dos Beiras, la litoral y la interior. El menda lerenda que acaba de disfrutar Lisboa “na orilla do Tejo”. </p>
<p>Y la pregunta me rebotaba en el cerebro mientras caminaba por el Barrio Alto con el eco de los fados resonando en sus callejuelas salpicadas de bares con raíces que comparten clientela con los de nuevas tendencias. ¿Por qué los mapas del tiempo en España eliminan Portugal y viceversa? Me venía al caletre mientras entraba y salía de tiendas alternativas regentadas por jóvenes diseñadores y pasaban ante mí los tranvías llenos de lisboetas y sorprendidos visitantes. ¿Por qué tienen una hora menos si Galicia está en su misma latitud? Seguía martirizándome mientras paseaba en autobús descapotable bajo el puente colgante con aire californiano camino de la Torre de Belén y el Monasterio de los Jerónimos. ¿Por qué es tan bueno y tan barato el café?¿Por qué no sabemos cocinar el bacalao tan estupendamente? ¿Dónde han escondido las recetas de una repostería tan excelsa para que no sepamos de su existencia al otro lado de la península?</p>
<p>Una y mil preguntas a orillas del Tajo, a la sombra del castillo de San Jorge, junto a la Se de Lisboa, en el barrio donde nació san Antonio, un portugués que yo creía italiano. ¿Por qué nací en San Antonio y me llamaron Santiago? Una y mil preguntas envuelto en un ambiente de saudade inexplicable, de sentimiento ibérico al estilo Saramago sentado junto a la estatua de Pessoa en una calle saturada de multinacionales textiles. ¿Por qué, por qué, por qué? </p>
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		<title>Benidorm, en la distancia</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Sep 2011 09:52:32 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi Eva, que es Cristina, me fustigaba con la coletilla a cada uno de mis infinitos quejídos: “escríbelo y te quedas a gusto”. Lo que quería era que no le amargara las vacaciones. Al menos, mientras estuviésemos con nuestra hija. </p>
<p>Y aquí estoy, un mes después, con la arena de la playa olvidada, la resbaladura del protector solar en la memoria, el sol de justicia dando paso al maravilloso otoño madrileño, los sudores de la humedad costera suplidos con una chaquetita de buena mañana y el insoportable gentío, la marabunta estival, el mogollón borreguil en un rincón del cerebelo obstinándose a salir del disco duro de mis emociones.</p>
<p>Lo de Benidorm, en la distancia, me sigue pareciendo un infierno. <strong>Una pesadilla vacacional</strong> en la que hordas de extranjeros ávidos de alcohol y protegidos por la inmunidad que ofrece una tierra ajena en la que todo les está permitido, campan a sus anchas. <strong>Una pesadilla veraniega</strong> donde manadas de pensionistas y jubilados se agolpan en los buffets ansiosos por rentabilizar los seis cochinos euros que dan derecho, por lo visto, a llenarse los platos a paletadas, cebarse como si se fuera a acabar el mundo, y sacar entrada –siempre gratis, of course- para los servicios médicos de urgencia por empacho descarado. <strong>Una pesadilla mediterránea</strong> donde se concentran piaras, recuas y rebaños de lo más granado de cada casa. El cutrerío global. Aquí no hay distinción entre ricos, pobres y mediopensionistas, en Benidorm se agolpan en verano los más desvergonzados, caraduras y jetosos catetos del planeta entero. Un sindiós.</p>
<p>Lo peor de todo es que yo convencí a mi Eva para ir una semanita a la playa de Poniente. Y es que tenía muy buen recuerdo de mis dos anteriores visitas al poblado pesquero de los rascacielos. Me encantó su iglesia en el mirador sobre la cala donde se ubicaba el antiguo puerto de pescadores, las calles estrechas que trepaban y serpenteaban por el centro histórico, los restaurantes vascos, la colonia de belgas flamencos que se niegan a expresarse en francés, las grandes avenidas propias de un <strong>Manhattan alicantino</strong>. <em>“Benidorm debería estar prohibido, como Gibraltar, pero es un sitio tan curioso que no puedes dejar de conocerlo”</em>, le insistía yo a mi costilla. Pero claro, eso fue antes de pasar una semana de agosto en el infierno.</p>
<p>Durante el viaje de regreso, superado el cabreo semanal y aliviado por la vuelta al trabajo, rumié y rumié una frase hasta que encontré el momento adecuado para esculpirla en el aire. La niña acababa de dormirse, nos dejamos caer en el sofá con la tele susurrando mientras esperábamos la hora de dormir. Entonces dice solemnemente: <strong>“Cariño, recuérdame que no volvamos a Benidorm”.</strong><em></p>
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		<title>Los tiempos cambian</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Sep 2011 14:19:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagoriesco</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me pido un día libre con el pretexto de arreglar varios asuntos pendientes. La documentación de la moto que no acaba de llegar, los papeles de la beca de mi hija, la cancelación de la hipoteca, devolver un libro electrónico y, de paso, pedir cita para el podólogo y aprovechar para cortarme el pelo.</p>
<p>No las tenía todas conmigo porque siempre que junto tantos trámites burocráticos en un solo día, a lo sumo soy capaz de terminar con éxito uno de ellos. Y eso siempre que no te toque un tocapelotas de los que siempre echan en falta un papel, una firma, un sello o un trámite previo que tú desconocías y que, al parecer, es indispensable para una gilipollez suprema.</p>
<p>Decido comenzar por el corte de pelo. Como siempre, voy a la peluquería del barrio confiado en que habrá uno o dos clientes más madrugadores que yo. Iba pensando en leer el periódico, en hojear las revistas manoseadas, en escuchar la emisora que siempre tiene puesta el bueno de Paco, el peluquero de siempre. Entro y me sorprendo ante la ausencia del propietario. Todo está igual. Las mismas baldosas de hace cuarenta años, las mismas sillas rojas de peluquería, el gran espejo, el banco alrededor del local con un escay cuarteado, los periódicos amontonados, el perchero en la pared. Pero no está Paco ni hay ningún parroquiano esperando.</p>
<p>Sólo está su hija con una máquina eléctrica haciéndole un dibujo extraño en la nuca a un chaval dominicano. No quiero ni pensar en lo peor y acompaño mi saludo con una pregunta a bocajarro. “Buenos días, ¿tengo alguien delante?” A lo que la muchacha apaga la máquina eléctrica, el dominicano gira el cuello para dejar de verme por el espejo y me dice que tiene la mañana completa. La tía se dirige al mostrador donde su padre dejaba la pequeña palangana con la brocha y el jabón de arreglar cuello y patillas a golpe de navaja y mira un cuaderno de diseño. Pasa un par de páginas y me suelta: “Hasta el miércoles por la tarde tengo todas las citas dadas”. Y yo no sé si me he confundido de sitio, si estoy en medio de un mal sueño o si es una broma de cámara oculta. Sin acabar de querer creérmelo, insisto: “¿No está tu padre?” Y ella se encargó de fusilar la conversación: “Mi padre se ha jubilado, la peluquería la llevo ahora yo”.</p>
<p>Creo que me fui sin despedirme. Y que tardé varios minutos en recobrar el ritmo cardiaco ya en la calle. Desde la acera miré otra vez el interior de la peluquería a través de su gran cristalera. Pasé los ojos por toda la fachada como quien no acaba de creerse lo que le está sucediendo. Y no me quedó más remedio que entrar en el bar de Antonio, pedirme un café y contarle a Miguel, el chico de la barra, lo que me acababa de pasar. “Los tiempos cambian, don Santiago, se está usted haciendo mayor”.</p>
<p>Dejé dos monedas junto al café sin tocar.</p>
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		<title>Problemas de columna</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Sep 2011 09:48:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>santiagoriesco</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Llevo tiempo sin aparecer por este rincón. Le he dado muchas vueltas buscando el porqué y sigo sin dar exactamente con el motivo concreto de mi ausencia. En un principio pensé que le debía a ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llevo tiempo sin aparecer por este rincón. Le he dado muchas vueltas buscando el porqué y sigo sin dar exactamente con el motivo concreto de mi ausencia. En un principio pensé que le debía a mi hija el tiempo que dedico a pensar y teclear, a estar presente en las turbias aguas de la letra digital; estaba convencido de que no quería arrepentirme en el futuro de no haberla visto crecer, de no haber jugado con ella, de no participar en sus baños, en sus primeras palabras, en sus rabietas, en las cosquillas… pero hay tiempo para todo. <strong>Esta no es la razón</strong>. Seguro.</p>
<p>Después me dio por estrujarme el magín y llegar a la conclusión de que no tengo nada que decir, y de que lo poco que se me ocurre ya está contado. Y para colmo, mejor de lo que yo podría escribirlo. De que la cantidad de opiniones, informaciones y textos es tan inmensa que lo que yo pudiera aportar quedaría diluido en el agitado, cambiante y veloz océano digital. Incluso llegué a excusarme con la idea de que son tantos los medios, canales, caminos y puertos que los potenciales lectores están hastiados y no leen más allá de un enlace, un titular, una frase ocurrente o un juego de palabras atornillado a la actualidad más efímera. Pero <strong>tampoco es la razón</strong>. Segurísimo.</p>
<p>Hoy me he levantado con dolor de columna. Y he llegado a una conclusión que se acerca más a la realidad que me ahoga, me oprime y me agobia. Podría deberse a que tengo sobrepeso y no me conviene coger tanto a mi hija en brazos. Pero no. Tampoco es posible que me duela una columna que no escribo por motivos pseudointelectuales de soberbia e incompetencia disfrazados de falsa humildad. La conclusión de que haya estado tanto tiempo escondiéndome de los lectores virtuales que no me han echado de menos es simple y llanamente que <strong>la columna me da problemas</strong>.</p>
<p>Sí, amigo. Esta columna me ha traído el destierro de algunos círculos laborales. Estas trescientas palabras me han granjeado algunas amenazas, un ataque informático y alguna denuncia frustrada. Esta misma columna es la que ha alejado de mi lado a algunos amigos que yo consideraba hermanos. Lo que lees. Estas palabras escritas a bocajarro son las que me han granjeado enemistades no buscadas y las que me han abierto heridas que siguen sin cerrarse. Así de duro. Así de triste. Y claro, uno no escribe por dinero. Ni siquiera para forjarse un nombre a estas alturas de la película. El menda dedica sus ratos al vicio solitario de la escritura para estar cerca del mundo. Para comunicarse, para vomitar sus cuitas y contagiar unas risas cuando toca. Y por eso me he pensado muy mucho volver a darle a la tecla y <strong>hacer públicas mis vergüenzas</strong>.</p>
<p>¿Qué por qué? Tampoco tengo una respuesta exacta. Lo que sé es que necesito escribir, necesito que me lean, necesito sentirme vivo y sin la palabra no respiro. Lo que sé es que igual que la columna me ha traído problemas ha servido para hacer felices, al menos, a los que me rodean. Y eso, querido amigo, vale más que todos los destierros, que todos los ataques, que todas las amenazas, que los silencios unilaterales y las heridas del alma rota. <strong>Hacer felices a los míos vale más que todas las hostias</strong>.</p>
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