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	<title>Sincolumna &#187; Sin Objetivo</title>
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		<title>El frío al otro lado</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Jan 2011 12:14:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>victorvela</dc:creator>
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<p>Llegas a casa con el frío agarrado a las orejas, con un rubor gélido en las mejillas, en ese pellizco de cara donde no te llega la bufanda. Tropiezas con los guantes, los dedos más torpes que de costumbre por culpa un trozo de tela, de lana deshilachada que quieres quitarte cuanto antes para coger las llaves y abrir la puerta. No aciertas con la cerradura a la primera, tampoco a la segunda, pero a la tercera completas un giro de muñeca que tiene algo de salvador. Apenas abres la puerta y ya sientes una corriente de calor que viene a saludarte. Vendrán después las zapatillas de rombos desdibujados, la desastrosa sudadera que ya no te atreves a sacar a la calle, quizás un vaso de caldo, una taza de leche caliente y mareada por la noria horizontal del microondas. Coges un libro y te sientas junto al radiador. O te pones el pijama rápido, muy rápido, para meterte en la cama, una promesa de calor bajo las mantas pero que empieza con un ataque sorpresa, un mordisco de frío en los pies, la trampa cotidiana de las sábanas, que regalan sustos bajo cero hasta que la cama coge calor y se convierte en esa cuna placentera, esa orgía de edredones y embozos en la que te sientes tan seguro, tan cálido, tan feliz y confortable mientras al otro lado de la persiana el frío se pasea por unas calles desnudas. </p>
<p>Atrás queda ese paseo vespertino, cuando el sol comienza a esconderse y los termómetros de las farmacias empiezan a restar grados. Atrás ese olor a piña quemada, a chimenea de casa molinera, a humo distraído que embadurna el cielo de los pueblos y que tan pronto olvidan los habitantes de ciudad. Atrás ese gesto instintivo para subirte un poco más la bufanda, calarte mejor la gorra, esa maniobra imposible para cambiar de canción en el ipod sin tener que quitarte los guantes. Aceleras el paso no solo para entrar en calor, sino para llegar cuanto antes a casa, a esa promesa de radiadores generosos y jerseys pasados de moda que aquí, en esta calle tan fría y a esta hora de la tarde parece tan lejana.</p>
<p>Miras las luces encendidas en algunas casas, las escenas de fin de semana que se representan al otro lado del cristal, en ese salón de muebles heredados al que hoy han llegado los nietos, con los deberes hechos y la ilusión de los pasteles del domingo. Desde el frío de la calle, mientras una ráfaga de vaho sale de tu boca, espías a través de las persianas entreabiertas, de las cortinas que alguien se olvidó de correr, el interior de esas casas protegidas por un trozo de tela que alguien colocó en noviembre a la puerta de la calle y que en abril cambiará por unas tiras de plástico para que las moscas no entren mañana por donde hoy se cuela el frío. Saludas a esas mujeres con trajes de pieles que salen de la chocolatería o a los viudos que se calientan la garganta en el café de cada esquina. Aceleras la marcha porque la promesa del calor hogareño cada vez está más cerca, con la manta en las rodillas, las manos sobre el radiador para entrar en calor y coger después un libro cuyas páginas pasarás ya sin los dedos congelados. La televisión encendida, los hipidos gozosos de la calefacción, la cama preparada para que dentro de un par de horas puedas sentir el agradable peso de una manta, el calor etéreo de una funda nórdica, y ahora con la persiana abierta, a media altura, la luz caliente de tu casa que se cuela al otro lado del cristal, porque quizá alguien, en este momento de tranquila calidez, alguien pasa por delante de tu ventana, muerto de frío, con el paso cada vez más rápido y consciente de que unos metros más allá, también a él le espera una sopa caliente y un par de desastradas zapatillas.</p>
<p>Cómo me gusta que haga frío. </p>
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