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	<title>Sincolumna &#187; Columna Vertebral</title>
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		<title>Concha Edo: los columnistas y la interactividad con los lectores</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Feb 2010 14:25:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>

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		<description><![CDATA[La generalización del acceso a Internet y el aumento de los medios de  comunicación digitales parecía poner en peligro la supervivencia de la prensa.  Pero la evolución que se está produciendo en este ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La generalización del acceso a Internet y el aumento de los medios de  comunicación digitales parecía poner en peligro la supervivencia de la prensa.  Pero la evolución que se está produciendo en este nuevo entorno tecnológico no  parece conducir a un final tan adverso sino a la convivencia de la prensa  escrita, la radio, la televisión y la red durante un espacio de tiempo más largo  del que inicialmente previeron los expertos. En el estudio de contenidos de los  periódicos <em>on line</em> se observa que los lectores buscan más la información  que la opinión y que los columnistas apenas tienen eco en la pantalla, por el  escaso aprovechamiento de la interactividad con los lectores y por un diseño que  recuerda demasiado al papel y aún está lejos del futuro medio multimedia. <a href="http://www.ucm.es/info/emp/Numer_06/6-3-Estu/6-3-05.htm#articulo" target="_blank">Artículo de Concha Edo, profesora de Periodismo UCM. </a></p>
<p><span>El veinte de octubre de 1969 se conectaron por primera vez dos  ordenadores () que se encontraban funcionando en ciudades distintas y, con gran  dificultad, se transmitieron algunas letras de pantalla a pantalla (). Para los  científicos que participaron en el proyecto () está claro que en aquel momento  nació Internet (), pero lo que ahora -a treinta y un años de distancia-  conocemos del funcionamiento de la red de redes () y de su actual capacidad -un  billón de documentos()- es todavía una mínima expresión de lo que nos puede  ofrecer esta gran telaraña digital.</span></p>
<p><span>Aunque de proporciones incomparablemente mayores y con un  horizonte más ancho si pensamos en el futuro, es un fenómeno semejante al que se  produjo con la llegada de la imprenta, el teléfono, el cine, la radio o la  televisión. Pero con la enorme diferencia de que no sólo vuelven a aumentar las  posibilidades de difundir la cultura, la comunicación interpersonal y la  información, sino que alcanzan una dimensión planetaria y permiten a los  ciudadanos de cualquier país relacionarse directamente desde su pantalla con  personas, grupos, entidades de todo tipo, bases de datos, empresas o  instituciones de todo el mundo para conseguir un intercambio de textos, sonidos  e imágenes o mantener una conversación en tiempo real ().</span></p>
<p><span>Y en los pocos años que han pasado desde la creación del  <em>World Wide Web</em> () ha quedado a la vista que no se puede concluir  diciendo, sencillamente, que es un nuevo medio de comunicación porque su  estructura ofrece mucho más. Quiebra las fronteras clásicas de los Estados y las  ciudades, se puede afirmar que es un nuevo espacio social en el que caben la  producción, el trabajo, el comercio, la política, la ciencia, las comunicaciones  y la información y, a la vez, puede considerarse una ciudad global, todavía en  construcción, que se asienta sobre los satélites artificiales, las torres de  telecomunicaciones y los cableados que componen la red () .</span></p>
<p><span>Por lo que se refiere a la información periodística, tema  central del presente trabajo, esta nueva oferta tecnológica plantea una  evolución irreversible -más o menos rápida, según la zona del planeta en la que  nos encontremos, y con el consiguiente aumento de las diferencias culturales-  que, sin alterar el fondo de los conceptos básicos del periodismo, va a remover  el diseño, los contenidos, los géneros, los porcentajes temáticos y las  secciones, los formatos, muchas de las rutinas de las redacciones, el trabajo  personal del periodista, las inversiones, la publicidad y, sobre todo, la  relación del medio con los lectores, radioyentes y telespectadores (). Pero no  de una manera inmediata sino en función de la rapidez de los receptores de los  distintos países para incorporarse a la red de redes, y con un largo período en  el que los medios tradicionales compartirán el espacio informativo y, en parte,  las audiencias con los recién llegados.</span></p>
<p><strong><span>LA PRENSA ESCRITA</span></strong></p>
<p><span>En este contexto, una de las cuestiones que se baraja con más  frecuencia y más desasosiego en algunos de los estudios acerca de la  implantación de las nuevas ediciones -quizá sin tener demasiado en cuenta la  experiencia periodística que ya existe en Internet-, es el peligro de muerte que  parece correr el papel con la generalización de los nuevos medios <em>on line</em> y de las nuevas tecnologías. Pero conviene insistir aquí en que no es éste el  debate más importante.</span></p>
<p><span>En primer lugar porque la letra impresa no va a desaparecer  aunque cambie de soporte y también porque, al menos durante bastantes años,  tampoco va a sucumbir el papel-prensa que, probablemente, se convertirá en  garantía de análisis plural y de credibilidad ante el aluvión informativo que  ofrecen -y ofrecerán en mayor cantidad- tantos portales nacionales e  internacionales, cadenas de televisión, emisoras de radio, periódicos, revistas,  empresas o páginas individuales presentes en la red. Con lo que si hay que  contar es con que se pueda llegar a utilizar otro tipo de superficie plana  semejante al papel () -ya existen prototipos, y alguno de ellos se fabrica en  serie-, pero con otras características de impresión más acordes con este nuevo  entorno tecnológico comunicativo y más benignas desde el punto de vista  ambiental porque reducirán la tala de árboles.</span></p>
<p><span>En este marco en el que cada día aparecen sitios y nombres  nuevos y en el que todo apunta a que el comercio y el ocio ocupen la mayor parte  del espacio, un asunto que sí se muestra como prioritario es acertar a tiempo  con el mejor sistema para que encuentren su lugar y convivan con eficacia todos  los medios de comunicación (). Y a esto se unen la necesidad de conseguir que el  periodismo riguroso no se vea ahogado por la tendencia creciente a convertir la  noticia en espectáculo (), y la importancia de asegurar que en este nuevo  paisaje cibernético el trabajo periodístico no pierda ni calidad ni perspectiva,  puesto que ahora cualquiera puede lanzar a la red mensajes de todo tipo y es tan  fácil manipular las informaciones, los textos, las imágenes y los videos.</span></p>
<p><span>Porque si desde su origen el espacio digital se ha  caracterizado por su condición universal y pública, científica, altruista,  descentralizadora, global, libre y, en gran medida, ácrata, las perspectivas  comerciales y comunicativas sin fronteras que ofrece la red y la aplicación de  las leyes del mercado () hacen crecer la posibilidad de que existan controles de  tipo económico y de orden político que desvirtúen, en un espacio de tiempo no  demasiado largo, sus características iniciales.</span></p>
<p><span>Ahora estamos en una fase intermedia de expansión en la que  unos y otros quieren, sobre todo pensando en los beneficios que promete esta  gran tienda electrónica, llegar cuanto antes al mayor número posible de los  miles de millones de personas que pueblan el planeta, y abundan los congresos,  los debates, las informaciones y, más aún, las ofertas de inversión y de compra.  No existe -ni es fácil que exista en estos momentos, aunque ya se han dado casos  de espionaje comercial y político- una vigilancia concreta, porque no hay una  única red sino muchas interconectadas sin un único punto central común  ().</span></p>
<p><span>Sin embargo, con un desarrollo mayor de la tecnología y con el  aumento del poder de los grupos multimedia las presiones sobre la libertad de  expresión son posibles y probables, y habrá que prestar atención al desarrollo  de los acontecimientos. En cualquier caso, y partiendo de aceptar y defender que  la censura no es ni deseable ni admisible en Internet (), no hay que olvidar que  lo que es un delito en la sociedad también es una transgresión de la ley cuando  se produce en la red.</span></p>
<p><strong><span>DEL PAPEL A LA PANTALLA</span></strong></p>
<p><span>Si nos centramos en el proceso de digitalización de la prensa  en España se puede hablar de varias fases que van apuntalando principalmente la  presencia de los medios escritos y, en menor medida, la de los audiovisuales. En  un primer momento se utilizó la red para reproducir exactamente las ediciones  convencionales de los periódicos (), y las cabeceras más conocidas se limitaron  a &#8220;volcar&#8221; en sus espacios electrónicos las mismas páginas que vendían a diario  en los quioscos ().</span></p>
<p><span>En la segunda etapa se producen cambios visibles en las rutinas  de quienes hacen cada día las dos ediciones -en papel y en la red-, que  comienzan a adaptarse a los usos y las posibilidades de la publicación <em>on  line</em>, tanto en lo que se refiere a la información como a la propuesta de  servicios, y a contar con una redacción distinta para editar las páginas de cada  una. Y desde 1998 aparecen periódicos exclusivamente digitales () aunque todavía  con características &#8220;clásicas&#8221;.</span></p>
<p><span>No se puede decir que ninguno de ellos ofrezca grandes  novedades: publican lo que ya ofrecían antes -información y servicios- pero con  otros sistemas de diseño y de acceso y, en el caso de las noticias de última  hora, con más rapidez, y la realidad es que estamos en una etapa de transición  entre lo que han sido los últimos años del siglo XX y lo que será el XXI. Los  pasos que están todavía por dar dependen, en buena medida, de los avances más  inmediatos de la tecnología y de la generalización de la banda ancha, y pasan  por crear un medio totalmente multimedia, con texto, sonido e imágenes fijas y  en movimiento, que pueda sacar todo el partido a las posibilidades interactivas  de Internet.</span></p>
<p><span>Hay que contar, además, con un nuevo tipo de periodista -un  profesional que tiene, en este tipo de trabajo, un elevado porcentaje de  documentalista ()- que sea capaz de exponer con eficacia el relato de los hechos  y de los comentarios que producen en los distintos soportes que facilita la  pantalla del ordenador, y cuyo trabajo se pueda distinguir, sin ninguna duda, de  aquellos otros que no entran dentro de lo que se entiende como información de  actualidad y opinión. El periodismo digital, <em>on line </em>o en la red, tal  como lo conocemos ahora, es sólo un reflejo inicial de lo que será en un futuro  próximo la información periodística, pero existen ya una serie de diferencias  que se pueden encontrar en estos momentos entre el papel y la pantalla y cuyas  consecuencias se manifiestan en distintos aspectos.</span></p>
<p><span>Desde la perspectiva de la empres<strong>a</strong>, es posible partir de  una inversión inicial mucho menor, aunque después la competencia vaya imponiendo  sus leyes (), y se reducen considerablemente los costes de distribución. También  se producen cambios en la financiación y en los ingresos por publicidad ya que  los <em>banners </em>publicitarios suponen, por el momento, unos porcentajes mucho  menores que los alcanzados en las ediciones convencionales que hay que completar  con servicios informativos de pago. Y, además, no es necesario contratar una  redacción muy numerosa para poder poner en marcha un periódico o cualquier otro  tipo de publicación.</span></p>
<p><span>En el aspecto externo cambian sobre todo el diseño y el formato  de las páginas, que dejan de presentar la información de manera lineal para  ofrecerla a través de enlaces o <em>links </em>que conectan entre sí todos los  aspectos informativos y simplifican la ampliación de las noticias, la aportación  de antecedentes, la presentación de gráficos o fotografías y la conexión con las  fuentes. </span></p>
<p><span>En cuanto a los contenidos, lo primero que hay que decir es que  se multiplican porque se puede dar toda la actualidad y no sólo la selección que  se hace para la versión en papel. Aquí el<em> </em>&#8220;oscuro<em> </em>e<em> </em>influyente<em> gatekeeper</em>&#8220;<em> </em>() comparte su tarea con los lectores  que, aunque reclaman la selección de actualidad del experto, pueden intervenir  personalmente, hacer su propia valoración de los hechos y de las opiniones que  provocan y tener las noticias en tiempo real con la misma inmediatez que pueden  ofrecer la radio o la televisión. Además, se pueden buscar con rapidez  informaciones atrasadas sobre cualquier tema o acceder a otras más  especializadas -los buenos archivos son de pago- y es fácil utilizar diferentes  servicios que van desde hacer una compra hasta comprobar la información  meteorológica.</span></p>
<p><span>Se trata de un tipo de información con unas características  peculiares que pueden resumirse en varios puntos ():</span></p>
<ol>
<li><span>es interactiva, puesto que permite la participación directa e  inmediata de una audiencia en la que todos pueden ser a la vez emisores y  receptores;</span></li>
<li><span>es<strong> </strong>personalizada, porque hace posible la selección  activa de los contenidos por parte de los usuarios de la red;</span></li>
<li><span>es documentada, porque por medio de múltiples enlaces -al  archivo del propio medio, a bases de datos o a otros artículos- abre muchas más  posibilidades de acceso a las distintas materias,</span></li>
<li><span>es actualizada porque se pueden publicar las noticias en  cuanto se producen y se cambia así el concepto de periodicidad. </span></li>
<li><span>integra todos los formatos periodísticos -texto, audio, vídeo,  gráficos, fotos- en un solo medio que es multimedia.</span></li>
<li><span>puede aplicar los procesos que se ejecutan en un ordenador<strong> </strong>para<strong> </strong>facilitar<strong> </strong>servicios como cálculos de inversiones en  bolsa, gráficos de resultados deportivos en tiempo real o búsquedas  personalizadas de datos, y </span></li>
<li><span>requiere una nueva concepción del diseño que va mucho más allá  de la estética y debe, sobre todo, facilitar al lector la navegación</span></li>
</ol>
<p><strong><span>CAMBIOS EN LOS MEDIOS</span></strong></p>
<p><span>A pesar de todo, lo cierto es que seguiremos consumiendo prensa  en papel, radio y televisión y, además, en la pantalla del ordenador o del  teléfono móvil (), pero con unos cambios muy evidentes. En la prensa escrita  -que es la que mejor se ha adaptado a la nueva situación, entre otras cosas,  porque en los medios <em>on line</em> el texto es muy importante, más que en los  informativos audiovisuales-, lo primero que pierde sentido son las ediciones  internacionales en papel. También, como ya se ha apuntado en páginas anteriores,  el servicio de documentación participa cada vez más en la realización de un  periódico que puede fácilmente actualizar, editar, copiar, modificar y volver a  utilizar los textos, combinando la posibilidad de ofrecer de inmediato las  noticias en texto -más adelante se podrán utilizar todos los formatos- con la de  consultar toda la información almacenada en sus archivos. </span></p>
<p><span>Habrá que recurrir, además, a nuevos géneros, a un concepto  distinto de la narrativa -que se identifica con la navegación ()- y, al mismo  tiempo, recuperar esquemas clásicos como la pirámide invertida, una estructura  informativa que se rejuvenece y es especialmente útil en la información <em>on  line</em>. Y, siempre, contar con la participación del lector: las facultades de  periodismo deben formar intercomunicadores que sean capaces de estimular esa  interactividad que posibilita la red.</span></p>
<p><span>Por lo que se refiere al futuro de los periódicos, se pueden  presentar distintas tendencias. Es posible que en cada país se publiquen unos  pocos de calidad en papel, con más análisis y opinión, y se ofrezca una  información más ligera en Internet, con todo tipo de medios y portales. O bien  que se editen cabeceras locales en papel y un pequeño número de diarios  digitales mundiales con una oferta informativa universal. Otra posibilidad  interesante es hacer periódicos en papel con menos páginas pero con una amplia  oferta de conexiones a través de la red: textos más largos, fotos, vídeos,  sonido, gráficos, opinión, interpretación e, incluso, las fuentes utilizadas por  el periodista que firma la información. El tiempo dirá cual de ellas se va a  imponer sobre las demás.</span></p>
<p><span>La radio no parece que vaya a perder su audiencia porque va a  ser posible acceder a las diferentes cadenas desde cualquier sitio, sin  problemas de potencia o de frecuencia, con la ventaja de que se pueden volver a  escuchar las emisiones y avanzar o retroceder, buscar en los archivos y  personalizar la programación. Quizá esta nueva situación afecte más a las  agencias de noticias, porque en la red hay mucha más información de la que se  publica a diario, y es una fuente instantánea y universal de fácil acceso. Pero  donde, probablemente, más puede incidir es en el uso de la<strong> </strong>televisión (),  porque la conexión a Internet -desde el televisor, el teléfono o el ordenador-  crea un nuevo espacio público en el que los espectadores no son pasivos, sino  que pueden intervenir, opinar o entrar en contacto directo con lo que están  viendo en cada momento ().</span></p>
<p><span>Lo indiscutible es que el periodismo sigue siendo el mismo en  un paisaje diferente y lo difícil, como hasta ahora, es hacerlo bien. La  verdadera batalla está en los contenidos y en la fiabilidad que pueda ofrecer un  medio y los mejores <em>web</em> -como los mejores periódicos o los mejores  informativos- serán los más visitados y los que atraerán más publicidad. Una  cabecera de prestigio, con periodistas expertos, especializados y bien  documentados sigue siendo la clave del éxito, también en la era  cibernética.</span></p>
<p><span>Hay otra cuestión importante al llegar a este punto: saber si  las difusiones de los medios de comunicación bajan o van a bajar a causa de la  red. En Estados Unidos se ha pasado de un 80 por cien de adultos lectores de  diarios a un 58 por cien en 1999, y han desaparecido diez cabeceras cada año en  la última década, sobre todo en el ámbito local. Se vuelve a la búsqueda de  suscriptores con ofertas a precios muy bajos porque la publicidad representa el  75 por cien de los ingresos y aumenta con las difusiones () y en los últimos  años suben las cifras de lectura en Internet (). Pero, junto a eso, la realidad  es que los grandes periódicos no pierden sus elevados niveles de ventas  (). </span></p>
<p><span>En el conjunto de las distintas zonas del mundo las cifras no  son tan dramáticas: en el informe <em>Tendencias mundiales de la prensa</em>,  presentado en la pasada edición del congreso anual de la Asociación Mundial de  Periódicos () se concluye que la difusión de los diarios se ha estabilizado o  aumentado en 19 de los 45 países estudiados, y que en el resto siguen perdiendo  lectores pero lentamente: un 1 por cien en Estados Unidos y el 0,5 por cien de  media en la Unión Europea (), aunque con un aumento generalizado en los ingresos  por publicidad. En Alemania la caída es del 0,7 por cien y la misma cifra se da  en Francia, pero en este último país, aunque bajan las cantidades de periódicos  que se venden a diario en los quioscos, la prensa sigue estando muy bien  valorada frente a otros medios (). En nuestro país apenas se han producido  cambios desde la aparición de los primeros diarios digitales de información  general, en 1995: el papel pierde lectores pero aún pocos (), y las cantidades  de estos últimos años ofrecen pocas variaciones ().</span></p>
<p><span>Cuadro nº 1</span><br />
<img src="6-3-05-1.jpg" alt="" width="446" height="219" /><br />
<span><span style="color: #800000;">Difusiones de la prensa  diaria </span>()</span></p>
<p><span>Si se comparan estas cifras con las de los mismos diarios en  las décadas anteriores () se observa que las subidas y bajadas han sido más  fuertes en otras circunstancias unidas, generalmente, a las incidencias de la  política española (). Y al mismo tiempo se comprueba un crecimiento continuado  tanto de las ediciones en papel como -con pequeños altibajos- de las visitas a  los periódicos que tienen edición en Internet () que, sin embargo, mantienen  unas cifras de lectura que todavía están lejos de las que ofrecen las versiones  convencionales del cuadro anterior.</span></p>
<p><span>Cuadro nº 2 </span> (ver cuadro en enlace original)</p>
<p><span style="color: #800000;"><span> </span></span></p>
<p><span>La conclusión es que, tal como están las cosas y con el  crecimiento constante del número de españoles que tienen acceso a Internet (),  resulta todavía muy limitado uso que se hace de las versiones <em>on line</em> de  los periódicos y parece que queda tiempo por delante para que se consolide el  proceso de adaptación de la prensa escrita, audiovisual y digital. No se puede  decir con exactitud cuantos años van a pasar hasta que se estabilice la oferta  periodística en el horizonte que ahora se vislumbra pero, aunque llegara a  hacerlo y sin ir más allá de esta realidad, conviene recordar que la tecnología  avanza a tanta velocidad que es probable que podamos tener antes de lo  teóricamente previsto un sistema más rápido, más fácil de manejar y más completo  para acceder a la información y a todos los servicios que puedan requerir los  internautas. El panorama puede volver a cambiar sin previo aviso y lo único  seguro es que navegar con soltura por la red va a ser tan usual como poner la  radio al sentarse en el coche. </span></p>
<p><span>En este contexto mediático tiene especial interés entrar en los  contenidos presentes y futuros del mensaje periodístico de los medios <em>on  line</em> que, probablemente, estarán dominados por grandes portales con  información de consumo fácil y rápido () pero también deberán ofrecer periodismo  de calidad y profesionalizado que suponga una garantía de veracidad para las  audiencias. La oportunidad que brinda este número monográfico sobre el  columnismo y el menor volumen espacial que ofrece en su totalidad la opinión  respecto a la información y los servicios, son la causa de que el último  epígrafe de este trabajo se centre en los columnistas habituales de los  distintos periódicos y en el espacio que ocupan hoy en la red.</span></p>
<p><strong><span>LOS COLUMNISTAS SON TODAVÍA POCO DIGITALES</span></strong></p>
<p><span>El ingenio de los creadores de opinión de los medios  audiovisuales puede manifestarse desde distintos matices relacionados con la  imagen, la voz, el talento, la rápida agudeza o el <em>glamour</em> personal, pero  la única arma de los columnistas en la prensa escrita es el texto. Palabra a  palabra, línea a línea, nos atraen o nos disgustan, nos convencen o nos ponen en  guardia, nos divierten o nos irritan. La perfección, la belleza, la ironía o la  claridad en el encadenamiento de las frases es el único camino para entender su  mensaje, y cuando sus firmas se publican <em>on line</em> juegan con desventaja  porque leer en la pantalla resulta bastante más incomodo que hacerlo sobre el  papel.</span></p>
<p><span>En estos primeros años del periodismo digital los lectores  buscan, sobre todo, información rápida, opinar y participar en debates,  tertulias y <em>chats </em>y sacar el mayor partido posible a los servicios que  cada diario, portal, revista o página <em>web</em> les ofrece para facilitarles la  vida. Y parece que los mismos periodistas y escritores que en la prensa  tradicional tienen lectores fijos y abundantes pierden gran parte de su  atractivo en la red. En un recorrido por los periódicos españoles de mayor  difusión puede comprobarse esta realidad y se pueden prever, también, algunas  tendencias para el futuro. </span></p>
<p><span>Los puntos de referencia son los diarios que aparecen en el  Cuadro nº1 y superan los 200.000 ejemplares -<em>El País, ABC, El Mundo, La  Vanguardia</em> y <em>El Periódico</em> <em>de Cataluña</em>- y, además, se tienen en  cuenta también los que son exclusivamente digitales pero de información general  -<em>La Estrella Digital, Vilaweb</em> y <em>Libertad Digital</em>- para ver como  tratan este género de opinión en sus diferentes ediciones.</span></p>
<p><span><strong><em>El País</em></strong> (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.elpais.es)</span></span> mantiene en la red la misma sección de  Opinión que publica en el periódico -a la que se accede a través de uno de los  iconos situados debajo de la cabecera, después de Internacional y España-, y en  ella reproduce exactamente las columnas sin añadir ni quitar nada a unos textos  escritos por un buen número de firmas -Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Montero,  Félix de Azúa, Maruja Torres, Juan José Millás, Vicente Verdú, Manuel Vicent,  Eduardo Haro, Tecglen, Vicente Molina Foix&#8230;- que no ocupan, en ningún caso,  las páginas más leídas que son, por este orden, Portada, Buscador, Tentaciones,  Cultura, Inter game, Siete Días, Encuestas, Debates y Ciber test, según los  recuentos publicados por la OJD en los primeros meses de este año 2000.</span></p>
<p><span><strong><em>ABC</em></strong> (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.abc.es)</span></span> también incluye el enlace a la sección  Opinión junto a la cabecera y reproduce del papel los artículos de algunos de  sus columnistas -Darío Valcárcel, Luis Ignacio Parada, Jaime Capmany, Manuel  Martín Ferrand, Ramón Pí, Juan Manuel de Prada&#8230;- cambiando el orden de los  textos y eliminando los sumarios, con lo que aún empeora la situación. Y las  visitas más frecuentes son para Índice, Nacional, Índice Última Hora, Deportes,  Sociedad, Economía, Internacional, Madrid y Cultura, sin ninguna referencia  significativa a la opinión.</span></p>
<p><span><strong><em>El Mundo</em></strong> (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.el-mundo.es)</span></span> muestra a la izquierda de la pantalla  la sección Opinión, en la que aparecen sólo parte de sus firmas -Antonio Gala,  Gabriel Albiac, Erasmo, Federico Jiménez Losantos, Antonio Burgos, Raúl del  Pozo, Martín Prieto, Javier Ortiz, Raúl Heras, Eduardo Mendicutti o, los  domingos, Pedro J. Ramírez- en una selección cuyo criterio no es el mismo cada  día pero siempre es restrictivo. Este periódico no incluye en el resumen los  datos de la OJD la relación de las páginas más visitadas, pero se diferencia de  los anteriores en un detalle importante: algunos de los columnistas -Antonio  Burgos (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.antonioburgos.com)</span></span>, que se  considera el primer columnista digital español, el director (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.pedroj.ramirez</span></span> y <span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">pedroj.ramirez@elmundo.es)</span></span> o Javier Ortiz (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">javier.ortiz@elmundo.es)</span></span>- incluyen su página <em>web</em> o la dirección de correo electrónico para facilitar la relación interactiva con  los lectores. <strong><em>La</em><span style="color: #800000;"> </span>Vanguardia</strong> (<span style="text-decoration: underline;"><span style="color: #0000ff;">www.lavanguardia.es)</span></span> es el único con un índice de  lectura alto para la sección Opinión, en la que se facilita a unos lectores a  los que se supone interesados el acceso rápido a las columnas de ediciones  anteriores. La frecuencia de accesos es la que sigue: Chat, Home page, Vivir en,  Economía, Sociedad, Cultura, Política, Opinión y Deportes.</span></p>
<p><span>Dispone de un número elevado de firmas -Quim Monzó, José Martí  Gómez, José Luis de Vilallonga, Carlos Nadal, Gregorio Morán, Roger Jiménez,  Fabián Estapé, Joaquim Muns, Enrique Badía, Lluis Permanyer, Juan Perucho,  Miquel Roca i Junyent, Luis Bassat y Ricard M. Carles con día fijo, y otros  muchos como Baltasar Porcel, Ernest Lluch, Oriol Pi de Cabanyes o Márius Carol,  entre otros- cuyos artículos se reproducen como en el papel incluyendo los  elemento gráficos, pero sin diseño específico y sin dirección electrónica, con  la excepción del defensor del lector que facilita, además, un número de  teléfono. Si que se ofrece el correo en las columnas de Tecnología.</span></p>
<p><span><strong><em>El Periódico de Cataluña</em></strong> <span style="text-decoration: underline;">(<span style="color: #0000ff;">www.elperiodico.es)</span></span> tiene una página de portada muy  breve en comparación con la de los demás y que no llega a completar un folio al  imprimirla y Opinión tampoco está entre las páginas más visitadas -que son Home  page, Última Hora, Portada en castellano, Portada en catalán, Última hora  (catalán), Portada Aragón, Portada Asturias, Portada Extremadura y Grupo Zeta-,  pero al reproducir los textos, que suelen ser breves, hay fotos o algún  complementos gráfico.</span></p>
<p><span>En los periódicos exclusivamente digitales se siguen prácticas  distintas. <strong><em>La Estrella Digital</em></strong> <span style="text-decoration: underline;">(<span style="color: #0000ff;">www.estrelladigital.es)</span></span> publica una carta del director,  Pablo Sebastián, que escribe de lunes a sábado bajo el epígrafe &#8220;El manantial de  las estrellas&#8221;, y cuatro o cinco de sus firmas -Ramón Tamames, Lorenzo  Contreras, Cristina Narbona, César Alonso de los Ríos, Luis de Velasco, Javier  Sádaba, José Luis Balbín, José Luis Gutiérrez, Joaquín Navarro, José María  García, Ramón Irigoyen, Jaime Peñafiel, Alberto Piris, Luis Racionero, Inocencio  Arias&#8230;-, cuidando más que otros medios una presentación en la que aparecen  fotos o caricaturas de los autores, letras capitulares al comenzar los párrafos  o un tipo de letra más grande de lo habitual que recuerdan que se trata de un  diario exclusivamente digital que no tiene otro punto de referencia y quiere  facilitar la lectura de los textos (). </span></p>
<p><strong><span><em>Vilaweb</em><span style="color: #800000;"> </span>Diari</span></strong><span> <span style="text-decoration: underline;">(<span style="color: #0000ff;">www.vilaweb.com)</span></span> no dedica espacio propio a la opinión:  remite desde L’opiniò -el periódico está escrito íntegramente en catalán- a  otras páginas de la red en castellano y recomienda columnas firmadas de otros  medios que no pueden considerarse textos del periódico.</span></p>
<p><span><strong><em>Libertad Digital</em></strong> <span style="text-decoration: underline;">(<span style="color: #0000ff;">www.libertaddigital.com)</span></span>, rompiendo la tónica habitual,  da mucha más importancia a la opinión que otros diarios e incluye<span style="color: #0000ff;"> </span>artículos firmados, con frecuencia muy breves, acompañando  a la mayor parte de los textos informativos. Pero tiene un diseño verdaderamente  escaso, sin imágenes ni fotos y en el que lo más destacable es que los textos no  cansan porque sólo tienen unas pocas unas líneas. No facilitan dirección alguna  de correo ni la interactividad entre los columnistas y los lectores que, para  opinar, tienen Cartas o Debates como en otros periódicos.</span></p>
<p><span>Las conclusiones que se pueden sacar de todos estos datos  sirven exclusivamente para esta primera etapa, porque todos los medios han  cambiado desde su primer número <em>on line y</em> está claro que van a seguir  evolucionando en función de los gustos de las audiencias, de las experiencias  que surgen al trabajar en la red y de las novedades tecnológicas disponibles. En  cualquier caso se pueden establecer algunas pautas comunes y es posible hacer  alguna previsión de futuro:</span></p>
<ul>
<li><span>las columnas de opinión no se publican teniendo en cuenta la  tecnología disponible en la red, ni alcanzan la importancia que tienen en la  prensa diaria convencional</span></li>
</ul>
<ul>
<li><span>no existe un criterio específico ni en cuanto a los temas  -hasta ahora todos se han limitado a reproducir los textos de la edición en  papel o a publicar otros semejantes en los diarios exclusivamente digitales-, ni  en cuanto al diseño adecuado</span></li>
<li><span>en casi todos los medios estudiados se comprueba que estos  artículos no son los más valorados en cuanto a número de visitas</span></li>
<li><span>como no se aprovechan las posibilidades gráficas ni las que  ofrece el uso del hipertexto y leer en la pantalla es incómodo -hay que buscar  cada artículo y recorrer con el cursor un bloque uniforme que sólo en casos  contados incorpora una foto del autor o alguna letra capital en negrita- estos  textos están en clara desventaja frente a los convencionales y sólo aumentará el  interés por los contenidos si se presentan de una forma más atractiva e  interactiva</span></li>
<li><span>se puede contar con una facilidad adicional que es el acceso a  los artículos atrasados</span></li>
<li><span>es previsible el aumento del interés de los lectores cuando  puedan hablar más fácilmente y en tiempo real con los columnistas y manifestar  su opinión respecto a lo que dicen: hasta ahora sólo una mínima parte de los que  escriben en los medios ofrecen su correo electrónico</span></li>
</ul>
<ul>
<li><span>en éste, como en otros aspectos del periodismo <em>on line</em>,  se están dando los primeros pasos y queda mucho camino por recorrer hasta llegar  al completo aprovechamiento de la interactividad y a la relación directa e  instantánea de los usuarios de Internet con el periodismo y los periodistas a  través de textos, sonido e imágenes en movimiento, cuando la tecnología lo  permita.</span></li>
</ul>
<p><strong><span>BIBLIOGRAFÍA</span></strong></p>
<p><span>ARMAÑANZAS, Emy y otros (1996): <em>El periodismo  electrónico.</em> Barcelona, Ariel.</span></p>
<p><span>ECHEVERRÍA, Javier (1996): &#8220;Internet y el periodismo  electrónico&#8221;, en <em>Colegio de Periodistas. </em>Barcelona.</span></p>
<p><span>ECHEVERRÍA, Javier (1994): <em>Telépolis</em>. Barcelona,  Destino.</span></p>
<p><span>EDO, Concha (2000): &#8220;Los periódicos se instalan en  definitivamente en la red&#8221;, en <em>Derecho y Opinión</em>, Universidad de  Córdoba.</span></p>
<p><span>EDO, Concha (1994): <em>La crisis de la prensa diaria. La línea  editorial y la trayectoria de los diarios de Madrid</em>. Barcelona, Ariel</span></p>
<p><span>FUENTES I PUJOL, María Eulalia (1997): <em>La información en  Internet.</em> Barcelona, CIMS.</span></p>
<p><span>GOMIS, Lorenzo (1991): <em>Teoría del periodismo. Cómo se forma  el presente. </em>Barcelona. Paidós</span></p>
<p><span>JIJENA LEIVA, Renato Javier (2000): &#8220;La improcedencia de  censurar legalmente los contenidos de Internet&#8221;, en <em>Boletín Jurídico Jurisweb </em>nº 20</span></p>
<p><span>LAIME, Marc (1999): &#8220;Nouveaux barbares de l’information en  ligne&#8221; en <em>Le Monde Diplomatique</em>, julio.</span></p>
<p><span>MARTÍNEZ ALBERTOS, José Luis (1999): &#8220;El periodismo en el siglo  XXI: más allá del rumor y por encima del caos&#8221;, en <em>Estudios sobre el mensaje  periodístico</em> nº 5. Madrid Universidad Complutense </span></p>
<p><span>MARTÍNEZ ALBERTOS, José Luis (1997): <em>El ocaso del  periodismo. </em>Barcelona, CIMS.</span></p>
<p><span>PÉREZ LUQUE, María José y PEREA FORONDA, Maider (1998): &#8220;El  actual periodismo <em>on line</em>&#8220;, en <em>Centro de Extensión Universitaria</em>,  Sao Paulo.</span></p>
<p><span>RAMONET, Ignacio (1998): <em>Internet, el mundo que llega. Los  nuevos caminos de la comunicación </em>(editor) Madrid, Alianza</span></p>
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		</item>
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		<title>El periodismo de opinión de Gómez Palacio</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 15:14:31 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[Gómez Palacio]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Gómez Palacio ha escrito el libro Periodismo de opinión, publicado en el año 1984 y en el que ofrece algunas definiciones sobre este género periodístico. Aquí puedes leer algunas de ellas:
Martínez Albertos y Bartolomé  ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Gómez Palacio ha escrito el libro Periodismo de opinión, publicado en el año 1984 y en el que ofrece algunas definiciones sobre este género periodístico. Aquí puedes leer algunas de ellas:</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Martínez Albertos y Bartolomé  Mostaza</strong></span><br />
Martínez Albertos nos sitúa el &#8220;comentario&#8221; o &#8220;columna&#8221;.  El comentario (o columna) es un artículo razonador, orientador, analítico,  enjuiciativo, valorativo -según los casos- con una finalidad idéntica a la del  editorial. Se diferencia básicamente en que el comentario es un artículo firmado  y su responsabilidad se liga tan sólo al autor del trabajo.</p>
<p>&#8220;Lo que  escribe el columnista -dice <strong>Bartolomé Mostaza</strong>- vale por lo que valga su  firma: es una opinión individual que usa el periódico para expresarse. Además,  no siempre la columna tiene finalidad orientadora; el columnismo se caracteriza  por la variedad de contenidos: hay columnas de humo, como las hay culturales y  políticas y financieras y deportivas y religiosas y técnicas. El editorial es  siempre de trascendencia política, en el más amplio sentido de lo político (…)&#8221;</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>El enfoque de Gutiérrez  Palacio</strong></span><br />
Puede decirse, sin embargo, que <strong>en el periódico moderno  existe un desplazamiento de temas del editorial a las columnas de los  comentaristas</strong>, sobre todo aquellos comentaristas que tratan de temas  políticos en los diferentes niveles: local, nacional, internacional, educación,  cultura… Esta tendencia es de clara influencia norteamericana y se introduce en  el periodismo español a través de las diferentes modalidades de crónicas (…)</p>
<p>Al lado de estas secciones de opinión que se especializan en  determinados campos de notable interés público -la política internacional, la  nacional, las finanzas…- hay otras columnas de menor trascendencia social:  deportes, toros, espectáculos, modas (…) En realidad puede haber columnismo -es  decir, <strong>actividad editorializante realizada de modo regular por una firma  constante</strong>- en relación con cualquier actividad humana que se presente con  una cierta continuidad en el tiempo y sea capaz de atraer la atención de un  número importante de lectores (…)</p>
<p><strong>El columnista no es necesario que  adopte siempre una posición ante los hechos: puede, sin más, tratar de  explicarlos</strong>. (…) Diríamos que el editorialista adopta posiciones ideológicas  con vigencia actual, mientras que el comentarista emite juicios para entender el  curso futuro de los hechos. Desde un punto de vista literario, el columnista  tiene mayor margen para expresarse sin la ampulosidad y nobleza del editorial,  utilizando giros y expresiones de tipo coloquial o incluso desgarradas, pero  siempre en un tono decoroso.</p>
<p><strong>TIPOS DE COLUMNA</strong></p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Columna editorial firmada</strong></span><br />
Aquí encontramos lo que  parece, por su forma, un editorial, pero que palpita con el elemento personal,  pues expresa las opiniones e ideas que sostiene a la sazón el propio columnista.  Estos párrafos doctorales tienen a menudo un aire profético. En muchos casos  están bien escritos y muestran sanos razonamientos. Miles de lectores acuden a  la columna editorial firmada en busca de estímulo y orientación. La columna  mejor conocida de este tipo aparece firmada por <strong>Walter  Lippmann</strong>.</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Columna estándar </strong></span><br />
Este tipo de columna se ocupa de temas editoriales de menos  importancia y los trata en uno o dos párrafos. Característico en su estilo  ameno. Un temprano compilador de este tipo de columna &#8220;<em>Gleanings</em>&#8221;  (espigaduras) en el <em>Republican</em> de Springfield llamaba a este tratamiento  &#8220;rastrillar la carreta&#8221;. La columna normal frecuentemente no va firmada y puede  ser obra de un solo individuo o el trabajo de un equipo. En esta categoría, las  columnas más destacadas son &#8216;<em>Topics of the Times</em>&#8216;, en el <em>Times</em> de  Nueva York y &#8216;<em>The talk of the town</em>&#8216;, en<em> The New  Yorker</em>.</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Columna revoltillo </strong></span><br />
Aquí el columnista presenta a sus lectores un poco de todo. Se  guía por el principio de variedad y trata de que el contenido de su columna  ilustre este motivo. Por tanto, en la columna de revoltillo pueden ponerse  versos después de un párrafo picante, o insertar un anuncio de teatro frívolo y  un proverbio actualizado, o una parodia. El encargado de la columna busca  también la variedad en la tipografía que emplea, y recurre a tipos y formatos  llamativos para presentar sus materiales. Muchas de las primeras columnas caben  en esta categoría.</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong><img src="../images_columnas/flecha_links.gif" alt="" width="17" height="11" />Columna de los  colaboradores</strong></span><br />
Aquí, los aficionados a la poesía y a la sátira y  los inventores de chascarrillos son quienes trabajan, y el encargado de la  columna se relega a segundo término y cobra el sueldo. Por supuesto, el  encargado también escoge el material, a menudo lo publica, y casi con igual  frecuencia se convierte en contribuyente. Todos parecen estar felices con este  arreglo. El aficionado se siente recompensado con la aparición de su material y  con la publicidad que le acarrea. El encargado tiene la sensación de fomentar a  los nuevos escritores. Algunos autores bien conocidos tuvieron su punto de  partida en las columnas de colaboración. La más famosa fue <strong>Edna St. Vicent  Millay</strong>, que hizo su aparición como poetisa en la columna &#8216;<em>La timonera  Blindada</em>&#8216; de F. P. A.<span style="color: #cc0000;"><strong></p>
<p>Columna de  ensayos</strong></span><br />
Este tipo de columna es raro en la actualidad porque  también escasean los escritores de ensayos. Cuando <strong>Christopher Morley</strong> escribió &#8216;<em>The bowling green</em>&#8216; (La bolera) para el viejo <em>Evening Post </em>de Nueva York, dio pruebas a diario de la fascinación de la columna de  ensayos. El ensayo ligero familiar, la prosa equivalente al viejo vers de  societé, tiene exponentes distinguidos en escritores tales como <strong>Joseph  Addison</strong>, <strong>Charles Lamb</strong>, <strong>Oliver Goldsmith</strong>, y más recientemente,  <strong>Milne</strong> y <strong>Chesterton</strong>. Puede tratar de todo y para todos; puede  mofarse y charlar o seducir y encantar. Tiene una ilimitada variedad de temas,  pero también una regla estricta, no debe ser nunca didáctica ni aburrida. Por  cuanto a la forma, la columna puede consistir en varios ensayos muy breves sobre  otros tantos temas, o un solo ensayo sobre un tema. Cuando el capricho y la  gracia encuentran su mejor expresión, añade distinción al  periodismo.</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Columna de  chismografía</strong></span><br />
El interés por los seres humanos -en sus virtudes y  más a menudo en sus vicios- nos hace aguzar los oídos apenas se menciona el  chisme. Los directores de semanarios de provincia conocen de tiempo atrás la  fuerza de este atractivo y llenan sus periódicos con pequeñas notas relacionadas  con los ires y venires de los vecinos y sus amigos. Los diarios metropolitanos  ponen el sabor local a sus páginas sofisticadas al publicar las columnas de  chismorreo. Aquí el lector se entera de las flaquezas y desatinos de quienes  forman la crema y nata y de los que allí se encaminan -las llamadas  &#8220;celebridades&#8221; que conoce de nombre porque frecuentemente lee lo que de ellas se  dice, y ha visto sus fotografías en la prensa. <strong>Walter Winchell</strong>, un  excoceador, aportó tanto renombre como popularidad a la columna chismográfica al  especializarse en revelaciones íntimas. (…)<span style="color: #cc0000;"><strong></p>
<p>Columna de  versos</strong></span><br />
El periódico que usa la prosa como su principal medio de  expresión siempre cuenta por allí con algún espacio para la poesía.  (…)</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Columna de  orientación</strong></span><br />
Todos quisiéramos tener oportunidad de estar entre  bastidores, presenciando la escena desde un ángulo vedado al común de los  mortales. Esto es particularmente cierto tratándose de una representación  importante, como la política. A este respecto, la columna de orientación emplea  con mucho la misma técnica de la columna de chismes, y su atractivo es muy  parecido, pero la trasciende en significación. En la columna de orientación los  nombres triviales dejan su lugar al de los altos funcionarios de gobierno,  políticos, diputados y senadores, y el chismorreo atañe a los asuntos nacionales  e internacionales. Atrae al lector con la implícita promesa de una información  de adentro&#8221;. Cuando la columna de orientación la escriben quienes tienen acceso  a las fuentes de información fidedigna, frecuentemente asombra a los lectores  por la exactitud con la que predice las noticias de nombramientos que aún no se  han anunciado y otros bocadillos relativos a la actividad gubernamental (…).</p>
<p>Aun cuando hallamos que es bien fácil establecer los tipos de columnas,  encontramos dificultad si intentamos clasificar a los hombres y mujeres que las  escriben. Para la administración, el &#8220;mejor&#8221; columnista es el que atrae el mayor  número de lectores, pues incrementa así la circulación. El lector inteligente y  el estudiante de periodismo prefieren otra escala de valores. Afortunadamente,  hemos tenido y tenemos en la actualidad algunos columnistas que satisfacen tanto  al gerente de administración de un periódico como al lector que discierne.</p>
<p><strong>LA LIBERTAD DEL COLUMNISTA</strong></p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Ambiente de libertad</strong></span><br />
Hoy en día, el columnista  que firma sus escritos puede expresarse con la mayor libertad, siempre que evite  la difamación y la obscenidad. Puede, de hecho, sustentar un punto de vista  contrario al que tenazmente sostengan los editoriales del mismo periódico. Puede  inclusive zaherir impunemente los más preciados postulados de los editores.</p>
<p>En efecto, los periódicos de ahora se esfuerzan en escoger columnistas  que sostienen puntos de vista diametralmente opuestos a la política editorial.  Lo hacen porque piensan que el lector, al ver que se exponen los criterios  opuestos, juzgará sus periódicos como imparciales y de amplio criterio.</p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Pasado difícil</strong></span><br />
No siempre ha habido este feliz  ambiente, que tomó cuerpo en los años subsiguientes a 1920, debido  principalmente a los esfuerzos de <strong>Heywood Broun</strong>. Broun consideraba la  actividad periodística, según sus críticos, con ingenuo idealismo. Creía que el  periódico es una institución dedicada al servicio público y un instrumento  concebido para combatir la injusticia y conservar las libertades civiles.</p>
<p>Consideró que las opiniones expresadas en su columna &#8216;Me parece&#8217; (&#8216;It  seems to me&#8217;) debían reflejar con toda naturalidad su propio criterio. Por  tanto, en ocasiones oportunas y frecuentemente en las que no lo eran, se  permitió diferir en su columna de los puntos de vista sustentados por la sección  editorial de su periódico, el World. (…) <strong></p>
<p><span style="color: #cc0000;"><strong>Libertad reconocida </strong></span><br />
Hoy se reconoce la libertad  del columnista para escribir lo que quiera</strong>, bajo su nombre, pero también la  del director para suprimir, censurar o quitar, cuando estima que es el caso de  hacerlo.</p>
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		<title>José María Izquierdo: &#8216;El columnismo de Manuel Vázquez Montalbán&#8217;</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 15:08:49 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[José María Izquierdo]]></category>
		<category><![CDATA[Manuel Vázquez Montalbán]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[José María Izquierdo ha analizado las columnas y los artículos publicados por Manuel Vázquez Montalbán y el resultado es un artículo que puedes consultar en este pdf. 
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			<content:encoded><![CDATA[<p>José María Izquierdo ha analizado las columnas y los artículos publicados por Manuel Vázquez Montalbán y el resultado es un artículo que <a href="http://www.ub.uio.no/uhs/sok/fag/RomSpr/infovazquezmontalban/columnismoMVM.pdf" target="_blank">puedes consultar en este pdf. </a></p>
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		</item>
		<item>
		<title>María Eugenia González. &#8216;El periodismo de opinión en la prensa andaluza&#8217;</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 15:01:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[María Eugenia González]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Maria Eugenia González, de la Universidad de Málaga, propone un estudio sobre el periodismo de opinión en la prensa andaluza. 
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Maria Eugenia González, de la Universidad de Málaga, propone <a href="http://www.campusred.net/forouniversitario/pdfs/comunicaciones/opinion/eugenia_gonzalez_cortes.pdf" target="_blank">un estudio sobre el periodismo de opinión en la prensa andaluza. </a></p>
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		</item>
		<item>
		<title>Bernardo Gómez Calderón: &#8216;La columna personal, una propuesta de análisis inspirada en la retórica&#8217;</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:59:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[Bernardo Gómez Calderón]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[Con frecunecia, la columna personal o literaria ha sido minusvalorada por los teóricos de la periodística española debido a su condición textual heterodoxa, pues parece situarse a medio camino entre la literatura y el periodismo, ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con frecunecia, la columna personal o literaria ha sido minusvalorada por los teóricos de la periodística española debido a su condición textual heterodoxa, pues parece situarse a medio camino entre la literatura y el periodismo, y ello ha repercutido de manera negativa en los estudios que hasta el momento se han emprendido sobre el género en nuestro país (muy escasos por otra parte).</p>
<p><a href="http://www.campusred.net/forouniversitario/pdfs/Comunicaciones/contenidos/Bernardo_Gomez.pdf" target="_blank">En este artículo</a>, Bernardo Gómez Calderón, de la Universidad de Málaga se plantea un modelo de análisis para la columna personal, basado en el esquema de la retórica clásica.</p>
<!-- PHP 5.x --><img src="http://www.sincolumna.es/?ak_action=api_record_view&id=2236&type=feed" alt="" />]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Bernardo Gómez Calderón: &#8216;Modelo de análisis retórico para la columna&#8217;</title>
		<link>http://www.sincolumna.es/2010/01/bernardo-gomez-calderon-modelo-de-analisis-retorico-para-la-columna/</link>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:56:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[Bernardo Gómez Calderón]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[El profesor de la Universidad de Málaga ofrece un modelo para analizar retóricamente las columnas periodísticas. Puedes consultar el artículo original en esta dirección.
Introducción
Con toda probabilidad, ningún género periodístico  atraviesa hoy en día un ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El profesor de la Universidad de Málaga ofrece un modelo para analizar retóricamente las columnas periodísticas. Puedes consultar<a href="http://www.ull.es/publicaciones/latina/20040257gomez.htm" target="_blank"> el artículo original en esta dirección.</a></p>
<p>Introducción</p>
<p>Con toda probabilidad, ningún género periodístico  atraviesa hoy en día un momento más feliz desde el punto de vista cuantitativo  que la columna de opinión. Servida en abundancia por los medios impresos; rica y  variada en cuanto a contenidos, enfoques y estilos; y vehículo de toda la gama  de planteamientos sociales, políticos y culturales que conforman la opinión  pública (o al menos, de aquéllos que el establishment puede aceptar), la columna  se ha convertido en una pieza insustituible del actual mosaico periodístico, que  queda cojo y pierde atractivo para los lectores sin la aportación personal de  sus firmas. Se trata de un elemento identificativo y uniformador del discurso de  la prensa, ya que encuentra acomodo en cualquier medio impreso (diarios,  suplementos dominicales, revistas&#8230;), y desde hace algunos años incluso en los  medios audiovisuales.</p>
<p>La columna fascina por su diagnóstico urgente de  la realidad, servido al calor de los acontecimientos en apenas 60 líneas; por su  valor literario y expresivo, indudable en algunos casos, menos obvio en otras,  pero siempre presente siquiera como aspiración; por el influjo que ejerce –o  puede ejercer– sobre la audiencia, merced a su cualidad persuasiva; por el  interés intrínseco de los juicios que transmite, expresados sin ambigüedad  aunque pequen de leves o arbitrarios; en definitiva, por la personalidad de los  propios columnistas, que a fuerza de trabajo diario se transforman en  interlocutores familiares para sus lectores. Con la columna se accede a una  forma distinta de interpretar el presente, más creativa, más cercana y menos  urgente que la que procuran otros medios de comunicación.</p>
<p>Existen, de acuerdo con la taxonomía clásica, dos  modelos de columna<a href="#_edn1"> [1] </a>: la de análisis,  propia del periodismo interpretativo, y la de opinión, netamente subjetiva;  dentro de ésta queda enmarcada, como género algo marginal, la columna literaria  o personal, cultivada de ordinario por periodistas de prestigio o “escritores en  prensa”. De esta última vamos a ocuparnos aquí. Vaya por delante que buena parte  de los estudiosos ponen en duda el estatuto periodístico del género: por lo  general, la columna literaria queda englobada en el ámbito del feature, y se la  supone un mero entretenimiento, inserto en los diarios por razones  extraperiodísticas. Para Martínez Albertos, sus manifestaciones representan, sin  más, “unos guetos privilegiados del periodismo impreso delimitados por los  siguientes rasgos: 1) espacios de tema absolutamente libre, como cheques en  blanco, 2) para escritores famosos, 3) con la única condición de que firmen sus  trabajos”<a href="#_edn2"> [2] </a>. De modo similar  definen la columna personal Morán Torres, Martín Vivaldi, Concha Fagoaga y Luisa  Santamaría (en sus primeros trabajos<a href="#_edn3"> [3] </a>), negando la  matriz periodística del género, cuando no menospreciándolo abiertamente.</p>
<p>Ello ha repercutido de manera negativa, como es  natural, en los intentos de análisis que desde la Periodística se han emprendido  hasta el momento sobre la columna personal (muy escasos, por otra parte),  aunque, justo es decirlo, su acusada heterodoxia textual no contribuye a  facilitar la tarea del estudioso. Los abundantes procedimientos literarios  presentes en su codificación, ajenos al estilo estrictamente periodístico; la  desconexión de la actualidad más inmediata que ocasionalmente presenta, así como  la exacerbada manifestación del “yo” del autor que suele encontrarse en ella,  han hecho de la columna personal un producto de difícil catalogación. Sin  embargo, es posible abordar el columnismo literario desde la perspectiva de la  Nueva Retórica, conceptuada como Teoría de la Argumentación por Cha&#8217;m Perelman y  Loucie Olbretchs-Tyteca<a href="#_edn4"> [4] </a>, y hacer de esta  modalidad opinativa un género netamente periodístico. La propia orientación de  los estudios más recientes sobre la opinión en prensa avala este enfoque, puesto  que, desde hace aproximadamente dos décadas, proliferan los autores que llaman  la atención sobre el carácter retórico de la comunicación periodística. Así,  Francisco Ayala apuntaba ya en 1985:</p>
<p>Será más  que probable que la retórica del periodismo [...] siga las líneas de la antigua  e ilustre retórica oratoria [...] Si un artículo periodístico puede equivaler  con sus efectos a un discurso devastador ante la cámara, seguramente los  artificios empleados por su autor no serán demasiado distintos de los que hacen  eficaces las palabras del orador<a href="#_edn5"> [5] </a>.</p>
<p>Desde parámetros distintos, el profesor Martínez  Albertos identifica en el periodismo de opinión al legítimo heredero de la  retórica clásica, en su ‘Curso general de Redacción Periodística’<a href="#_edn6"> [6] </a>; y Josep M.ª Casasús considera que “no está exento de razones  estimables el criterio de aquellos que han observado la presencia de perfectas  analogías [...] entre algunos aspectos de las preceptivas retóricas [...] y  determinadas reglas que conforman muchas de las normas del periodismo  contemporáneo”<a href="#_edn7"> [7] </a>. El mismo autor  señala con convicción que “la Retórica, a pesar de las reticencias que existen  para admitirlo, está absolutamente viva en los procesos que alimentan la  comunicación social contemporánea”<a href="#_edn8"> [8] </a>. Aunque desde  principios de los años 90 existe ya un corpus teórico en torno al carácter  retórico-argumentativo de los textos englobados en el estilo de solicitación de  opinión, del que merecen destacarse las aportaciones de González Reyna y J. F.  Sánchez<a href="#_edn9"> [9] </a>, no abundan,  empero, las propuestas analíticas en este terreno: cabe citar sólo la monografía  de Santamaría y Casals en torno a la argumentación periodística; el trabajo de  Morales Castillo sobre el humor en el articulismo; dos estudios de casos algo  más extensos, el de López Pan sobre Pilar Urbano, y el de León Gross sobre  Manuel Alcántara; y algunos ensayos publicados en revistas y obras colectivas<a href="#_edn10"> [10] </a>. Con sana diversidad de enfoques, todos estos trabajos  aplican los postulados de la Nueva Retórica al análisis de los artículos de  opinión, aunque rara vez lo hacen de modo omnicomprensivo o sistemático: en unos  casos, el repertorio de procedimientos analizados es reducido (López Pan, por  ejemplo, centra su atención únicamente en el ethos), mientras que en otros,  algunas parcelas de la retórica quedan completamente oscurecidas. El resultado  es, a nuestro entender, un bosquejo valioso pero parcial de los mecanismos  argumentativos que se encuentran en la base de la columna literaria,  insuficiente para explicar a fondo el proceso de codificación al que ésta se  encuentra sometida.</p>
<p>Nuestra propuesta afronta el análisis retórico desde una  perspectiva distinta, teniendo en cuenta todas y cada una de las etapas que la  Rethorica recepta establece para la elaboración del discurso (intellectio,  inventio, dispositio y elocutio<a href="#_edn11"> [11] </a>), y deteniéndose en los diversos procedimientos que cada una de  ellas admite<a href="#_edn12"> [12] </a>.  Con ello se pretende ofrecer un modelo de análisis retórico global, que permita  sistematizar las características textuales de la columna personal más allá de  las propiedades deícticas que suelen ser  identificadas como únicas cualidades ineludibles del género (título estable,  ubicación y periodicidad fijas, relevancia tipográfica y prestigio de la  firma).</p>
<p>No obviamos, claro está, las limitaciones que la Nueva  Retórica encierra de cara al análisis textual, marcadas sobre todo por la  heterogeneidad de las propuestas de la doctrina clásica, y por su relativa  inoperancia para el tratamiento de ciertos fenómenos que, en la actualidad, han  pasado al primer plano del análisis del discurso, caso de las actividades de  lectura y recepción<a href="#_edn13"> [13] </a>.  Pero en lo que al estudio de las propiedades de los textos de opinión se  refiere, consideramos pertinente nuestro enfoque.</p>
<p><strong>Modelo de análisis retórico </strong>Una vez consignados  los datos hemerográficos de un texto dado (autor, medio, fecha de aparición y  página –en el caso de publicaciones impresas– o dirección URL –en el caso de  publicaciones electrónicas–), se trataría de abordar sucesivamente los  siguientes campos:</p>
<p>1. Intellectio   La intellectio se refiere al tema o asunto  sobre el que versa un texto, en este caso periodístico. Aunque el tema de la  columna literaria es absolutamente libre, lo más habitual es que se ciña a la  actualidad política, social o cultural (aunque los motivos económicos,  costumbristas o estrictamente personales no le son ajenos). Con frecuencia, el  tema de la columna condiciona la elección de argumentos y recursos elocutivos  con los que apuntalará sus tesis el autor. En este sentido, nos parece  particularmente acertado el comentario de Chico Rico, para quien “la intellectio  posibilita la mejor descripción y explicación de cuestiones relacionadas con la  producción textual, como el proceso de elección de un determinado modelo del  mundo y las estrategias operativas de la inventio, la dispositio y la  elocutio”<a href="#_edn14"> [14] </a>.     2. Inventio</p>
<p>La inventio engloba los argumentos a los que se recurre en un  texto para persuadir a la audiencia de lo acertado de los planteamientos del  emisor. Constituye una suerte de superestructura lógica, un entramado de razones  que deben quedar habilidosamente expuestas para propiciar la aceptación de la  tesis central del artículo por parte del auditorio.</p>
<p>El abanico de argumentos inventivos es amplio, y la mayor parte  de ellos encuentran acomodo en la columna personal. Figuran, en primer lugar,  las pruebas definidas por Aristóteles como “propias del arte”, concretamente las  que se apoyan en la competencia o la fiabilidad del orador (ethos), las que se  encuentran en el propio discurso (logos, de las que forman parte los entimemas,  silogismos cuyas premisas son verosímiles –aceptadas por el auditorio–, pero no  verdaderas, por oposición a los silogismos lógicos, que parten de premisas  necesarias), y las que tratan de mover las pasiones del auditorio (pathos); y en  segundo lugar, las falacias o refutaciones aparentes, argumentos que se  presentan como válidos pese a ser inadmisibles desde el punto de vista de la  lógica. Las falacias constituyen un nutrido grupo de argumentos recogidos ya por  Aristóteles en sus Refutaciones sofísticas bajo el membrete de “argumentos  erísticos”. Se dividen en dos grandes subgrupos: falacias de ambigÃ¼edad y  falacias materiales o de inferencia. En el primero se incluyen la tautología, el  equívoco, el eufemismo, la anfibología y la dicotomía. En cuanto a las falacias  de inferencia, pueden darse por datos insuficientes, en cuyo caso se subdividen  en inductivas (la más común es la falacia por generalización, basada en el paso  de la anécdota a la categoría) y deductivas (siendo la más destacada la falacia  por falsa causalidad); o por ignorancia del argumento, recibiendo en este caso  la denominación de “falacias de pertinencia”<a href="#_edn15"> [15] </a>.</p>
<p>De estas últimas forman parte la argumentación por el ridículo  (que se sirve, usualmente, de figuras como la ironía o la hipérbole), el  argumento de petición de principio o petitio principii (razonamiento en el que  se introducen proposiciones no verificadas o inverificables como si fueran  verdaderas para llegar a conclusiones aparentemente lógicas y razonadas), la  argumentación ad hominem (basada en la descalificación del oponente), la  argumentación por analogía, la argumentación por tropos (habitualmente, se trata  de metáforas o sinécdoques), el argumento de autoridad y la argumentación por  comparación. Todas ellas se detectan frecuentemente en los artículos de opinión.</p>
<p>3. Dispositio</p>
<p>La dispositio hace referencia al modo en que los argumentos  anteriormente descritos se ordenan a lo largo de un texto persuasivo. Aquí es  preciso tener en cuenta la distribución paragráfica del mismo, así como la  “macroestructura argumentativa”<a href="#_edn16"> [16] </a>adoptada, de entre tres posibles: deductiva, inductiva o  circular. La estructura deductiva es aquella que hace arrancar el texto de una  premisa ideológica general, abstracta, que se aplica a razonamientos de los que  emana un juicio concreto relativo a casos particulares; en sentido amplio,  podemos adscribir a este grupo los textos que presentan al comienzo la tesis  postulada por el autor. Por el contrario, la estructura inductiva parte de un  suceso aislado con objeto de alcanzar juicios de validez universal. Su arranque  puede constituirlo una anécdota, un ejemplo o analogía, un pensamiento o idea,  elementos que no están en la base del razonamiento posterior, sino que son  referidos a modo de ilustración o preludio del aserto conclusivo al que se  pretende llegar (la tesis sostenida por el autor)<a href="#_edn17"> [17] </a>.</p>
<p>En cuanto a la estructura circular, a la que también recurren  los cultivadores de la columna personal, se construye a partir de un dato menor,  ya sea anécdota, intertexto o estribillo, que se reitera al principio y al final  del texto y sirve de marco a la tesis del autor. Su utilización confiere a la  columna una apariencia de artilugio perfecto, de producto completo en sí mismo,  muy sugerente desde el punto de vista argumentativo. Supone, en cierta medida,  la acumulación de los procedimientos inductivo y deductivo, puesto que permite  pasar de lo particular a lo general y de nuevo a lo particular en una sola  pieza.</p>
<p>4. Elocutio</p>
<p>La elocutio es probablemente la parcela retórica más rica de  cuantas abarca la columna literaria, por cuanto en ella el ingenio, la  creatividad léxica y la “voluntad de estilo” se encuentran muy acentuados. En  este apartado, conviene detenerse en varios campos: figuras retóricas, léxico e  intertextualidad. La mayor parte de los recursos elocutivos que se detectan en  la columna personal entran dentro de alguna de estas categorías.</p>
<p>Para el estudio de las licencias retóricas, nos parece  particularmente útil la clasificación que aporta el grupo de Lieja<a href="#_edn18"> [18] </a>. Partiendo de la  noción de cart o desvío, la escuela estructuralista de Jacques Dubois organiza  las licencias del lenguaje o “metáboles” de acuerdo con dos parámetros: plano de  la expresión frente a plano del contenido; y ámbito de la palabra y unidades  menores frente a ámbito de la oración y unidades mayores. Del cruce de ambas  dicotomías surge una cuádruple clasificación de las figuras en metaplasmos (que  afectan al plano de la expresión y se producen en el ámbito de la palabra),  metataxis (plano de la expresión, ámbito de la oración y el texto), metasememas  (plano del contenido, ámbito de la palabra) y metalogismos (plano del contenido,  ámbito de la oración y el texto). Los metaplasmos operan sobre el significante  de los vocablos, modificando su continuidad fónica o gráfica; las metataxis  conciernen al significante de la oración y son metáboles de naturaleza  sintáctica; los metasememas actúan en el plano del contenido, y consisten en la  modificación de un significado debida a la sustitución de términos (se  corresponden con los tradicionales tropos). En cuanto a los metalogismos,  representan cambios lógico-semánticos en el marco de la oración, y son el  equivalente de las clásicas figuras de pensamiento<a href="#_edn19"> [19] </a>.</p>
<p>El listado de figuras que engloba cada una de estas categorías  resulta demasiado extenso para detallarlo aquí; señalaremos tan sólo las más  frecuentes en el articulismo literario: aliteración, homeóptoton y paromeon  (metaplasmos); acumulación, anáfora, bimembración, derivación, enumeración,  paralelismo, pleonasmo, políptoton y trimembración (figuras sintácticas o  metataxis); alegoría, metáfora, metonimia, oxímoron y sinécdoque (metasememas);  amplificación, analogía, antítesis, antropomorfización, apóstrofe, comparación  denotativa, écfrasis o descripción, ejemplo, equívoco, hipérbole, ironía,  lítote, paradoja y remotivación (correspondientes al grupo de los  metalogismos)<a href="#_edn20"> [20] </a>.</p>
<p>En cuanto al léxico, son marcas elocutivas de interés, en el  ámbito del columnismo, el argot, los cultismos, los modismos y muletillas, los  neologismos, los antropónimos, los apócopes, los aumentativos, los barbarismos,  los diminutivos y las palabras comodín.</p>
<p>Por último, es frecuente entre los cultivadores de la columna  personal el recurso a la intertextualidad, que dota a los textos de un barniz  culturalista notablemente eficaz en términos persuasivos. En la intertextualidad coexisten múltiples  niveles, que van desde la alusión más sutil hasta la reproducción literal de  algo ya enunciado, y esta abundancia de manifestaciones dificulta su  sistematización teórica; la modalidad intertextual más frecuente en el terreno  de la columna personal es la citación. Las citas o intertextos pueden  clasificarse, de acuerdo con su explicitud, en: citas directas, citas  indirectas, citas sin atribución de autoría y citas encubiertas. Las citas  directas presentan marcas tipográficas que las diferencian del resto del texto,  y van acompañadas del nombre de su autor; las indirectas carecen de marcas,  aunque especifican al agente original de la enunciación; las citas sin atribuir  presentan signos tipográficos pero no incluyen referencia alguna al autor; por  último, las citas encubiertas son aquéllas que no se destacan tipográficamente  ni van acompañadas de datos sobre su procedencia. Por otro lado, de acuerdo con  su fidelidad al enunciado original, las citas pueden ser literales o  parafraseadas<a href="#_edn21"> [21] </a>.</p>
<p>Al margen de lo anterior, cabe consignar como apartado final  del análisis retórico aquellos elementos de las series visuales paralingüística  y extralingüística (sumarios, fotografías…) que acompañen al texto y se  consideren de relevancia desde un punto de vista persuasivo.</p>
<p>Conclusión</p>
<p>Con esta propuesta, fruto a la vez de la inducción y la  deducción, no aspiramos, claro está, a ofrecer un modelo de análisis exhaustivo  para todos los apartados que en ella se incluyen. La riqueza inherente a cada  uno de ellos hace de cualquier intento totalizador una empresa vana. Además, el  estilo personal de cada columnista representa un condicionante de peso para el  estudioso, que deberá hacer hincapié en unos campos o en otros, en unos u otros  recursos, de acuerdo con el papel que éstos desempeñen en la prosa del  autor.</p>
<p>Pese a ello, creemos que por medio de nuestro modelo de  análisis quedan debidamente atendidos los aspectos temáticos, estructurales,  argumentativos y estilísticos más sobresalientes de la columna personal, y que  su aplicación puede constituir una técnica de notable validez heurística para  los trabajos circunscritos al ámbito de la opinión periodística.</p>
<p><a href="#_ednref1"></a><strong>Notas </strong></p>
<p><a href="#_ednref1">[1]</a> Véase MARTÍNEZ ALBERTOS, J. L. (2001): ‘Curso general de Redacción  Periodística’. Madrid,  Paraninfo-Thomson Learning, 5ª edic., ISBN: 84-283-1928-6, págs. 372 y  ss. A propósito de la taxonomía de la columna, las propuestas son variadas, y  con frecuencia discordantes en materia terminológica, aunque todas responden a  este mismo esquema básico. En este sentido, véanse ABRIL VARGAS, N. (1999):  ‘Periodismo de opinión’. Síntesis, Madrid, ISBN: 84-7738-701-X, pág. 72;  ARMAÑANZAS, E. y DÍAZ NOCI, J. (1996): ‘Periodismo y argumentación. Géneros de  opinión’. Bilbao, Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco, ISBN:  84-7585-780-9, pág. 105; GOMIS, L. (1989): ‘Teoría del gèneres periodístics’.  Barcelona, Generalitat de Catalunya, Centre d´Investigació de la Comunicació,  ISBN: 84-393-1135-4, págs. 167-168; GONZÁLEZ REYNA, S. (1991): ‘Géneros  periodísticos I. Periodismo de opinión y discurso’. México, Trillas; LÓPEZ  HIDALGO, A. (1996): ‘Las columnas del  periódico’. Madrid, Ediciones Libertarias/Prodhufi, ISBN: 84-7954-318-3,  págs. 182-183; MARTÍN VIVALDI, G. (1986): ‘Curso de redacción’. Madrid,  Paraninfo, ISBN: 84-283-0382-7, pág. 141; MORÁN TORRES, E. (1988): ‘Géneros del  periodismo de opinión’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1040-5, págs. 163-164;  MUÑOZ, J. J. (1994): ‘Redacción periodística. Teoría y práctica’. Salamanca,  Librería Cervantes, ISBN: 84-85664-59-0, pág. 150; SANTAMARÍA, L. (1990): ‘El comentario periodístico’. Madrid,  Paraninfo, ISBN: 84-283-1788-7, págs. 122-123; y VILARNOVO, A. y SÁNCHEZ, J. F.  (1992): ‘Discurso, tipos de texto y comunicación’. Pamplona, Eunsa, ISBN:  84-313-1219-X, pág. 164.</p>
<p><a href="#_ednref2">[2] </a>MARTÍNEZ  ALBERTOS, J. L. (2001): ob. cit., pág. 363.</p>
<p><a href="#_ednref3">[3] </a>La definición de la  columna personal que ofrece Santamaría en su primer trabajo sobre los géneros de  opinión es aún más virulenta que la de Martínez Albertos: “Espacios concedidos  al modo de cheques en blanco a escritores de indudable nombradía para que  escriban de lo que quieran y como quieran, con la condición de que no se  extralimiten del número de palabras previamente acordado y de que respalden las  genialidades o las tonterías que decidan exponer en cada uno de sus artículos”  (en SANTAMARÍA, L. [1990]: ob. cit., págs. 122-123).</p>
<p><a href="#_ednref4">[4] </a>PERELMAN, C. y  OLBRETCHS-TYTECA, L. (1989): ‘Tratado de la argumentación’. Madrid, Gredos,  ISBN: 84-249-1286-5.</p>
<p><a href="#_ednref5">[5] </a>AYALA, F. (1985): ‘La retórica del periodismo y otras  retóricas’. Madrid, Espasa-Calpe, ISBN: 84-239-1654-5, pág. 50.</p>
<p><a href="#_ednref6">[6] </a>Ob. cit., pág. 212.</p>
<p><a href="#_ednref7">[7] </a>Citado en AGUILERA, O.  (1992): ‘La literatura en el periodismo y otros estudios’. Madrid, Paraninfo,  ISBN: 84-283-1938-3, pág. 62.</p>
<p><a href="#_ednref8">[8] </a>CASASÚS, J. M.ª y NÚÑEZ  LADEVÈZE, L. (1991): ‘Estilo y géneros  periodísticos’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-244-1258-6, pág. 43.</p>
<p><a href="#_ednref9">[9] </a>Véase nota 1.</p>
<p><a href="#_ednref10">[10] </a>SANTAMARÍA, L. y CASALS  CARRO, Mª. J. (2000): ‘La opinión periodística. Argumentos y géneros para la  persuasión’. Fragua, Madrid, ISBN: 84-7074-116-0; MORALES CASTILLO, F. (1991):  ‘Recursos de humor en el periodismo de opinión. Análisis de las columnas  periodísticas “Escenas políticas”. Madrid, Editorial de la Universidad  Complutense, Colección Tesis Doctorales; LÓPEZ PAN, F. (1996): ‘La columna periodística. Teoría y  práctica’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1447-8; LEÓN GROSS, T. (1996):  ‘El artículo de opinión’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-244-1273-X; ASMAR, P.  (1992): “Irak-Kuwait. Brutal invasión. Análisis del primer editorial del diario  ABC sobre la Guerra del Golfo”,  en AA. VV.: ‘Estudios en honor de Luka  Brajnovic’. Pamplona, Eunsa, ISBN: 84-313-1215-7, págs. 45-55; y CASALS,  M.ª J. (1998): “El argumento petitio  principii. Una falacia para dogmáticos”, en ‘Estudios sobre el mensaje  periodístico’, núm. 4, ISSN: 1134-1629, págs. 203-228.</p>
<p><a href="#_ednref11">[11] </a>Se prescinde, claro  está, de la <em>actio</em>, por estar ésta  relacionada con la declamación del discurso, algo ajeno a la práctica del  columnismo. Para una completa exposición de la doctrina retórica clásica,  remitimos a ARISTÓTELES (1998): ‘Retórica’. Edición de Alberto Bernabé. Madrid,  Alianza Editorial, ISBN: 84-206-3642-8; y QUINTILIANO (1942): ‘De Institutione  Oratoria’. Edición a cargo de Ignacio Rodríguez y Pedro Sandier. Madrid,  Editorial Hernando; así como a las modernas complicaciones recogidas en  ALBALADEJO MAYORDOMO, T. (1989): ‘Retórica’. Síntesis, Madrid, ISBN:  84-7738-037-6; y MORTARA GARAVELLI, B. (1991): ‘Manual de Retórica. Madrid,  Cátedra, ISBN: 84-376-1015-X.</p>
<p><a href="#_ednref12">[12] </a>Una aplicación  pormenorizada del modelo expuesto a continuación puede encontrarse en GÓMEZ  CALDERÓN, B. (2002): ‘La evolución del columnismo de Francisco Umbral  (1961-1997). Aspectos retórico-argumentativos’. Málaga, Servicio de  Publicaciones de la Universidad, ISBN: 84-688-0103-8.</p>
<p><a href="#_ednref13">[13] </a>A propósito de estas  objeciones, véase BERNÁRDEZ, A. (2001): “Neorretórica, ¿una estrategia para la  salvación?”, en ‘Cuadernos de  Información y Comunicación’, Departamento de Periodismo III, Universidad  Complutense de Madrid, núm. 4, ISSN: 1135-7991, págs. 21-31.</p>
<p><a href="#_ednref14">[14] </a>CHICO RICO, F. (1988):  <em>Pragmática y construcción literaria.  Discurso retórico y discurso narrativo</em>. Alicante: Universidad de Alicante,  ISBN: 84-600-5149-8, pág. 55.</p>
<p><a href="#_ednref15">[15] </a>El cuadro completo de  falacias, según la doctrina aristotélica, puede consultarse en SANTAMARÍA, L. y  CASALS, M.ª J. (2000): ob. cit., pág. 171.</p>
<p><a href="#_ednref16">[16] </a>De acuerdo con la  terminología expuesta en VAN DIJK, T. (1997): ‘La ciencia del texto: un enfoque  interdisciplinario’. Barcelona, Paidós, ISBN: 84-7509-227-6, pág. 161.</p>
<p><a href="#_ednref17">[17] </a>Véase SANTAMARÍA, L. y  CASALS, M.ª J. (2000): ob. cit., pág. 150.</p>
<p><a href="#_ednref18">[18] </a>Véase GRUPO “M” (1987):  ‘Retórica general’. Barcelona,  Paidós, ISBN: 84-7509-415-5. En esto coincidimos con el criterio de Tomás  Albaladejo, uno de los primeros y más asiduos cultivadores de los estudios  retóricos en nuestro país; y con Helena Beristáin, autora del completísimo  ‘Diccionario de Retórica y  Poética’ (México, Editorial Porrúa, 1995).</p>
<p><a href="#_ednref19">[19] </a>GRUPO “M” (1987): ob.  cit., págs. 71 y ss.</p>
<p><a href="#_ednref20">[20] </a>Para una descripción  detallada de las diversas figuras aquí recogidas, remitimos a MARCHESE, A. y  FORRADELLAS, J. (1988): ‘Diccionario de retórica, crítica y terminología  literaria’. Barcelona, Ariel, ISBN: 84-344-8386-6; MARCOS ÁLVAREZ, F. (1993):  ‘Diccionario básico de recursos expresivos’. Badajoz, Universitas Editorial,  ISBN: 84-85583-88-4; MAYORAL, J. A. (1994): ‘Figuras retóricas’. Madrid, Síntesis,  ISBN: 84-7738-218-2; y BERISTÁIN, H. (1995): ob. cit..</p>
<p><a href="#_ednref21">[21] </a>Sobre  las diversas modalidades de citación, véanse REIS, C. (1989): ‘Fundamentos y  técnicas de análisis literario’. Madrid, Gredos, ISBN: 84-249-0147-9; GARRIDO  MORAGA, A. (1993): “Cuestiones de intertextualidad”, en ‘Canente’, núm. 10,  ISSN: 0213-7895, págs. 87-93; y MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, J. E. (2001): ‘La intertextualidad literaria’.  Madrid, Cátedra, ISBN: 84-376-1901-7.</p>
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		<title>Miguel Ángel Garrido: &#8216;A propósito de las columnas de Francisco Umbral&#8217;</title>
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		<description><![CDATA[Te invitamos a leer este estudio de Miguel Ángel Garrido acerca de las columnas de Umbral. 
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Te invitamos a leer este estudio de Miguel Ángel Garrido acerca de <a href="http://cvc.cervantes.es/obref/aih/pdf/07/aih_07_1_054.pdf" target="_blank">las columnas de Umbral. </a></p>
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		<title>Javier Díaz Noci: La redacción periodística como retórica</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:44:18 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Artículo extraído de www.ehu.es
La producción de artículos y libros sobre Periodismo y Ciencias de la  Información, en general, y sobre Redacción periodística, en particular, ha  conocido en los últimos años un auge espectacular, ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.ehu.es/zer/zer2/resenas2/lopez2r.html" target="_blank">Artículo extraído de www.ehu.es</a></p>
<p>La producción de artículos y libros sobre Periodismo y Ciencias de la  Información, en general, y sobre Redacción periodística, en particular, ha  conocido en los últimos años un auge espectacular, especialmente en España. Es  obvio que una de las razones de este crecimiento -al que esperemos no suceda una  sequía editorial por saturación- es el acceso definitivo a la carrera académica  de muchos profesores de esta todavía joven disciplina académica. Joven, al  menos, en su instauración en la Universidad, porque jóvenes son también -apenas  alcanzada la mayoría de edad- las facultades de Ciencias de la Información en  nuestro país. Cada vez son más, afortunadamente, los doctores que leen sus tesis  sobre asuntos relacionados con la Redacción periodística, y también quienes,  superada esa primera prueba de fuego académica, acceden después a la categoría  de profesor titular. Fruto de las tesis doctorales y de las memorias de  titularidad -e, incluso, de alguna que otra memoria de cátedra- son la mayoría  de los volúmenes que en los últimos años se han publicado, manuales y estudios  especializados sobre los diferentes géneros periodísticos.</p>
<p>Si jóvenes son  las facultades españolas de Ciencias de la Información, ello no empece para que,  en lo referente a la Redacción periodística, se hayan definido ya varias  escuelas. Al menos dos, no necesariamente, dejémoslo desde ya claro,  contrapuestas: una, la primera en el tiempo, que podemos denominar, a falta de  un término mejor, de raíz americana, y otra, la que muchos de los profesores  jóvenes están empezando a adoptar, de corte europeo y abiertamente retórico. Una  Retórica que recurre a la tradición aristotélica -definición por esencia de las  virtudes de la misma como auxiliar de la Filosofía, es decir, del conocimiento  universal- y a la recuperación y renovación que de la misma han hecho las  escuelas de Lieja (el Grupo m) y, sobre todo, de Bruselas, encabezada por Chaïm  Perelman.</p>
<p>Por un lado, la producción de profesores como José Luis  Martínez Albertos, Gonzalo Martín Vivaldi y otros pioneros de la Redacción  periodística española se dedica, al menos en un primer momento, a la recepción  de la escuela americana -la tradición de las escuelas de Periodismo de Columbia  y Missouri, con Melvin Mencher y Curtis McDougall como nombres señeros-, y  entronca así con una corriente muy extendida en la enseñanza del periodismo  español; ya en los años 30, la pionera escuela de El Debate se nutrió de  profesores formados en el centro creado por Pulitzer, especialmente Manuel  Graña. Se trata de una escuela que, muy en la tradición estadounidense, incide  en la importancia -innegable, por otra parte- de la práctica como manera  fundamental de aprendizaje de las técnicas de redacción (lo que podríamos  denominar, recuperando un término inventado en Harvard para el estudio del  Derecho, pero perfectamente aplicable al del Periodismo, el case study o estudio  a partir de supuestos reales). Por otro lado, en los últimos años, tras las  primeras picas en Flandes -recordemos algunos artículos de Josep María Casasús  al respecto en la revista Periodística- varios profesores jóvenes de diversas  facultades españolas han vuelto los ojos hacia la Retórica. No una Retórica  decimonónica, compendio de figuras y recursos estilísticos, agotada en meros  presupuestos formales, sino una ciencia o, si se quiere, arte o técnica  renovada. Al fin y al cabo, también se ha acusado a la escuela de corte  americano de convertir la Redacción en un simple repertorio de consejos  extraidos de la previa experiencia profesional, sin construir una teoría previa,  mientras que se acusa a la corriente europea de lo contrario, es decir, de ser  excesivamente teórica y alejada de la preceptiva de posterior aplicación  práctica y profesional que demandan los futuros periodistas. En definitiva, se  trata de ver la Redacción periodística (sea éste u otro el nombre que adopte  esta disciplina) como una Retórica especial, una técnica auxiliar del  conocimiento humano, una manera de transmitir eficazmente lo que determinadas  personas, profesionales de la información en este caso, aciertan a conocer y la  sociedad desea saber.</p>
<p>Valga toda esta introducción para situar el libro  cuya reseña hacemos hoy, fruto precisamente de una tesis doctoral leida en la  Universidad de Navarra, y de la que ya existía un adelanto en el prólogo que el  autor hizo a una recopilación de columnas españolas de prensa. Explícitamente,  Fernando López Pan se adscribe a esta corriente retórica, y, citando a Casasús y  Martínez Albertos, que en varias ocasiones han señalado la vinculación entre  Retórica y Redacción periodística, pone de manifiesto sin embargo que ello &#8220;no  supone necesariamente hablar de persuasión ni subrayar la dimensión  argumentativa de esas narraciones&#8221;. Hasta hace poco -y es una dirección en la  que esperamos empiecen a cambiar las cosas- la mayoría de los autores no hizo  sino recordar, en el mejor de los casos, que existía una retórica &#8220;presente en  unos textos que hasta el momento se habían presentado como relatos objetivos y  neturos, sin matices persuasivos&#8221;. Esto es así, en buena medida, por la tácita  identificación de texto periodístico y texto informativo, o, todo lo más,  interpretativo (el reportaje) que han hecho desde los años 20-30 hasta nuestros  días sobre todo los epígonos de las corrientes estadounidenses, como si los  textos solicitadores de opinión fuesen no solamente una parte muy importante de  la historia del periodismo, sino una buena porción de los textos que cada día  difunden los medos de comunicación. Prueba de ello es el desequilibrio que  existe entre la abundancia de manuales e investigaciones dedicadas a los géneros  informativos y la escasez, que sólo en estos últimos años se ha paliado en  cierta medida, de textos dedicados a los géneros de opinión. Tal vez sea también  reflejo de una especie extendida entre cierto sector de periodistas en ejercicio  y, por ende, de profesores aún en activo en la profesión o con un reciente  pasado de reporteros, para quienes los textos de opinión no los escriben, o al  menos hasta ahora no los han escrito (¿y, por lo tanto, no deben escribirlos?),  periodistas, sino &#8220;otros especialistas&#8221;, géneros que no son objeto de su  atención académica, o lo son menos que los géneros informativos.</p>
<p>Estos  mitos, como todos los mitos útiles en su momento, pero cuando menos parcialmente  falsos, deben ser rotos en nuestras facultades. Por eso es motivo de alegría la  publicación de un libro como el de Fernando López Pan, riguroso en sus  planteamientos, basado en el análisis de una columna de personalidad, &#8220;Hilo  Directo&#8221;, que Pilar Urbano publica en El Mundo. El autor elige esta columna, y  no las de otros autores como Francisco Umbral, Jaime Campmany y Manuel Vicent,  que fueron desechadas, por dos razones: porque ésta de Urbano se basa, sobre  todo en sus primeros tiempos, en la información -y se rompe así el mito que  separa tajantemente, muy en la línea anglosajona, a ésta de la opinión-, y  porque le permite exponer la importancia del ethos, de la personalidad y la  autoridad del rétor, del periodista en este caso, en la persuasión. Y así,  asegura el propio autor que &#8220;me parecía que daba un gran paso a la hora de  definir la naturaleza retórica de la propia columna y, por ende, de la columna  como tipo de texto periodístico&#8221;.</p>
<p>Como expone López Pan en su  introducción, es muy de agradecer que la primera parte de sus tesis, y de este  libro, esté dedicada a &#8220;elaborar una noción de ethos sólida desde una  perspectiva teórica -es decir, unívoca y bien fundada- y operativa&#8221;, lo que ya  de por sí habla a las claras del cientifismo de su trabajo, por supuesto  discutible como cualquier otra obra del espíritu humano, actitud científica que  no siempre es habitual en los trabajos sobre Redacción, donde la ambigüedad y la  -ahora sí- vana y vaga retórica, en su sentido más decadente y formalista, son  habituales. Partiendo de la obra de Aristóteles, molde en que se fija la  Retórica clásica, y usando varias ediciones (lo que es también loable desde el  necesario espíritu crítico que debe rodear a la ciencia), López Pan hace un  repaso por los modernos compendios retóricos, en especial el de Heinrich  Lausberg y, por supuesto, la Nouvelle rhétorique de Chaïm Perelman y Lucie  Olbrechts-Tyteca y las obras del Grupo m. Fernando López Pan, que confiesa  haberse fijado en la importancia de la audiencia, y que maneja bibliografía  abundante sobre el tema, desecha luego por poco operativo al efecto de su  estudio -aunque sin rechazar su aplicación al periodismo- este concepto, para  centrarse en el de ethos. Es significativo que, a pesar de la escasez de textos  que citan este concepto que ya recogía Aristóteles, López Pan haya encontrado  algunos autores norteamericanos como T. Enos que sí fijan su atención en  él.</p>
<p>Sería prolijo detenernos aquí en exceso en la descripción de este  concepto, más científico y depurado que el de &#8220;importancia de la personalidad  del periodista&#8221; que citan los manuales más clásicos, y que no por obvia dejaba  de merecer un estudio como éste. Noción que López Pan relaciona también con la  de &#8220;autor implícito&#8221;. Ciertamente, creemos que merece la pena aproximarse a este  volumen del profesor López Pan, sobre todo a la primera y cuarta partes del  mismo, en la que se dejan sentados los conceptos sobre los que el autor trabaja.  Las otras dos partes, el estudio pormenorizado de la obra de Pilar Urbano,  sirven para demostrar la aplicabilidad de los métodos de Fernando López Pan, y  la posibilidad de que hasta los textos más supuestamente basados en pautas  intuitivas esconden todo un entramado, una estrategia retórica que la  investigación puede desentrañar y la docencia enseñar. Y ello a pesar de que la  propia Pilar Urbano -y ello demuestra una vez más que debemos huir de posturas  irreconciliables, y que las cosas nunca son blancas o negras-, en una entrega  precisamente de su columna que se reproduce al comienzo del libro, sea de  aquellas periodistas de raza que siguen &#8220;pensando que la mejor escuela de un  periodista es la calle, es la Redacción, es el teléfono, y es una casa atestada  de libros leídos y releídos&#8221;.</p>
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		<title>María Jesús Casals: La columna periodística: de esos embusteros días del ego inmarchitable</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:42:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[María Jesús Casals]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[La columna es el género periodístico de opinión en el que más claramente se  manifiesta el Yo del que escribe por varias razones: por su asiduidad en su cita  con los lectores, por ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La columna es el género periodístico de opinión en el que más claramente se  manifiesta el Yo del que escribe por varias razones: por su asiduidad en su cita  con los lectores, por sus raíces históricas y literarias y por las funciones que  cumple en sus dos formas conocidas, el análisis y la revelación. En todo caso,  la columna periodística es el continente de muchos y variados egos cuya misión  es tan agotadora como el querer ser joven eternamente: informar, orientar,  entretener, deleitar, convencer, persuadir y estar en posesión de la verdad. El  columnista no es un embustero por definición. Pero sí le han hecho creer que es  inmarchitable, que su opinión es la mejor de todas las opiniones. Jóvenes sin  edad, escritores del Yo, malabaristas con las ideas y las palabras. Ayer y hoy.  Para mañana, tan sólo algunos avisos destinados a los futuros columnistas porque  deben preparar su ego y cultivar la excelencia. Es un trabajo difícil pero de  indiscutible utilidad social. De todo ello trata <a href="http://www.ucm.es/info/emp/Numer_06/6-3-Estu/6-3-03.htm#articulo" target="_blank">el siguiente artículo</a> de María Jesús Casals, profesora de Periodismo.</p>
<p><em>&#8220;Pienso que ahora, cuando escribo, habrá otras muchas personas en España  haciendo lo mismo: la columna. No sé cuántas. Es una forma de comunión curiosa,  en una liturgia rara, rarísima. Una profesión poco defendible: escribir algo más  de treinta líneas cada día sobre lo que todo el mundo sabe, y meter en medio  nuestras cosas: a veces un ramalazo de amor, otras de desidia y de su soplo de  abandono, o el dolor del puntapié que nos da el oficiante de al lado. Hacemos  una cacería continua de algo que no existe: la realidad. Tratamos de buscar  antecedentes, leyes generales: de fingir que hubo un pasado, cuando hubo tantos,  y que hay un futuro, cuando eso es lo que menos existe de todo. Intentamos  comunicarnos: dar palabras a quienes piensan lo mismo que nosotros, pero no las  tienen dispuestas; o producir ira a quienes están en las antípodas&#8221; </em> <em><span> Eduardo Haro Tecglen:  &#8220;Columnas&#8221; </span></em><br />
<em><span>(Artículo de su columna diaria  Visto/Oído de El País, 5 de diciembre de 1998)</span></em> <span>Definir la columna puede hacerse  desde diferentes ángulos. Depende del criterio que prevalezca: su relación  espacial con el periódico, su contexto histórico o su sentido normativo. En  realidad, la palabra &#8220;columna&#8221; es un neologismo resultado de una metonimia  (tomar la parte -el espacio que ocupa- por el todo: la repartición en columnas  de los textos periodísticos, práctica que se impuso desde el siglo XVIII). Con  ese neologismo se designa a un artículo firmado que se publica con regularidad y  que ocupa un espacio predeterminado en el periódico. Esta definición sería de  las de tipo práctico-descriptivo teniendo en cuenta al periódico como factor de  referencia. Pero si intentamos una definición de tipo normativo se complica más  el asunto porque, precisamente, algo que caracteriza a la columna periodística  es su variedad en todos los sentidos. En cualquier caso, la columna vale lo que  valga su firma y se expresará según el talante de esa individualidad. La columna  es un artículo de opinión que puede ser razonador o lo contrario, falaz;  orientador o enigmático; analítico o pasional; enjuiciativo o narrativo; y  siempre valorativo, subjetivo, porque no puede ser de otro modo.</span><br />
<strong><span>EL COLUMNISMO: LA LITERATURA DE AYER</span></strong></p>
<p><em>&#8220;Y no se nos diga que el sublime ingenio no hubiera nunca descendido a  semejantes pequeñeces, porque esas pequeñeces forman parte de nuestra existencia  de ahora, como constituían la de entonces las comedias de capa y espada; y  porque Cervantes, que escribía, para vivir, cuando no se escribían sino comedias  de capa y espada, escribiría, para vivir también, artículos de periódico&#8221; </em> <em><span> Mariano José de Larra:  &#8220;Literatura&#8221;, </span></em><br />
<em><span>artículo publicado en El Español  el 18 de enero de 1836</span></em><span>Una de las  características de la columna es que importa tanto la expresión como su  contenido. La forma y el fondo. Y que es un producto literario para el consumo  de masas, es decir, de un público muy amplio y que lee con prisas. De ahí su  casi obligada brevedad: en poco espacio ha de presentarse el tema o asunto del  que se va a hablar, desarrollar los argumentos con gran creatividad retórica y  formular un párrafo final que, más que sentenciar, cierra el círculo abierto  desde el principio; un párrafo que quiere dejar huella. Por eso, la columna  puede combinar como ningún otro género periodístico de opinión la calidad  literaria con la rotundidad de las opiniones, la imaginación artística engarzada  con esa realidad ideológica o sentimental que quiere el escritor compartir. La  columna no vive sujeta a la más inmediata actualidad. Muchas veces se preocupa  por aquellos hechos o asuntos que no han podido ser noticia porque quedaron  fuera de los filtros de selección; otras veces extrae datos que han pasado  inadvertidos en las informaciones apresuradas y los valora en su individualizada  medida; también puede ser un análisis personal –ideológico, emocional- sobre  hechos acaecidos. O una simple reflexión íntima. O un entretenimiento literario.  O un ejercicio doctrinario y sectario. O nada. En realidad, al columnista no se  le contrata para escribir sobre algo concreto&#8230; sino para escribir, sin más.  Importa su firma y la manera en que ésta represente al periódico.</span></p>
<p><span>Los periódicos pagan bien a sus columnistas. Escribir en España  ya no es llorar como se quejaba Larra: ahora los diarios pujan por plumas  sobresalientes. Hay quien afirma que los columnistas están de moda pero, en todo  caso, es una moda recuperada después del franquismo. La democracia ha permitido  que las diferentes opiniones puedan ser representadas por múltiples opinantes  que más que orientarnos, como debe hacer el genuino artículo editorial, piensen  y sientan un poco por nosotros y nos reconforten por la expresión de la idea que  tenemos pero que nunca hemos podido formular con esa precisión, o con ese  sentimiento. De tal modo esto es así, que los editores de los periódicos saben  lo que vende un buen columnista, una inversión que logra no clientes, sino  adeptos. A veces importa poco a algunos lectores la línea editorial; no así la  lectura de esos columnistas cuyo éxito reside en el poder de convocatoria. Ante  este constatado hecho, ocurre que ya no es tan evidente que los columnistas  comulguen con la ideología del periódico que los contrata. Existen diarios muy  ideologizados en los que sería impensable que una determinada firma de ideología  no ya contraria, sino simplemente no concordante, escribiera en él. Una anécdota  curiosa y real puede servir de ilustración: el escritor, académico y periodista  Luis Mª Ansón, director por entonces del diario <em>ABC</em>, intentó que  Francisco Umbral fuese columnista de su periódico. No pudo ser. Desde el primer  día de la columna umbraliana cientos de cartas de lectores indignados  disuadieron a ambos de semejante empresa. Umbral volvió al periódico de Pedro J.  Ramírez, <em>El Mundo</em>, y relató él mismo la experiencia en una entrevista  publicada por la revista <em>Tribuna</em> (7.3.1994):</span></p>
<p><em>&#8220;Aguanté un mes. Al cabo de ese tiempo recogí todas las cartas y le dije  a Ansón que no podía seguir porque estaba perdiendo a mi público joven de El  Mundo, gente más abierta, moderna y democrática. Aquél no era mi público y  amistosamente volví a El Mundo. Pedro J. me llamaba todos los días para  preguntarme que cuándo volvía&#8221;</em><span>Desde luego, el periódico  <em>El Mundo</em> también es un periódico ideologizado pero de un modo menos claro  y transparente que lo es <em>ABC. </em>Los artículos editoriales de este último  diario, ahora y muy especialmente en la era ansónica, y su tratamiento de la  información, no deja espacio a las dudas para poder situarlo ideológicamente.  Sin embargo, en esa otra esfera de la opinión que representan los columnistas,  <em>El Mundo </em>ofrece un amplio catálogo de estos escritores con muy diversos  tintes ideológicos. Tintes que no concuerdan en todos los casos con la línea  editorial del periódico. Es una medida que da réditos por una sencilla razón:  amplía el mercado. Y supone, además, una estrategia de aparente pluralismo  ideológicamente eficaz.</span></p>
<p><span>El diario <em>El País</em> proporciona un buen abanico de  posibilidades ideológicas con sus columnistas, pero con el cuidado no disimulado  de alejarse de las posturas más radicales. Así, nos encontramos en este  periódico con firmas como la de Pedro Shwartz, representante de un liberalismo  duro, de religión &#8220;el mercado&#8221;. O la de Eduardo Haro Tecglen, un desengañado de  las ideologías dominantes que permanece en la atalaya de la utopía libertaria  del anarquismo, agudo, crítico, rastreador de fondos, denunciante sin desmayo de  las imposturas y engaños del poder, de todos los poderes y de todas las guerras:  <em>&#8220;Montescos contra otros Capuletos, mientras Julieta se acuesta con su novio.  Hasta que cante la alondra&#8221; (El País, &#8220;Enemigos públicos&#8221;, </em>8.5.00). O Manuel  Vázquez Montalbán, quien no ha aceptado, como tantos otros, que el haber sido y  ser marxista obligue a pedir perdón; y Félix de Azúa, agudo desmitificador de  las mentiras y mitos mediáticos, sociales y políticos. De este modo <em>El  País</em> también cumple con su obligación pluralista y se asegura un mercado no  tan homogéneo ideológicamente como el de <em>ABC;</em> aunque, a decir verdad,  <em>ABC</em> está ahora realizando un sano esfuerzo por renovar y ampliar –no en  número, sino en estilos ideológicos- su nómina de columnistas. Lo mismo puede  decirse de periódicos como <em>Diario-16</em> -con sus limitaciones  presupuestarias- y <em>La Vanguardia</em> y algunos diarios más que tratan de  enriquecer sus páginas con reconocidas firmas de diversos colores ideológicos.  Esos son los vientos que corren respecto a los columnistas en nuestra  prensa.</span></p>
<p><span>Pero ante el argumento de la moda, es necesario recordar que la  columna es, como dice Paul Johnson, <em>mucho más vieja de lo que se cree</em>.  Este periodista e historiador inglés la sitúa en el siglo XVI, con Michel Eyquem  de Montaigne (Francia, 1533-1592) como columnista fundador, y con Francis Bacon  (Londres, 1561-1626) como su sucesor. Por supuesto los escritos de estos dos  pensadores eran ensayos y no se ceñían a una periodicidad ni a un espacio fijo  en un medio impreso ni a un número limitado de palabras. Tampoco estaban  destinados a su publicación inmediata. Montaigne comenzó sus <em>Essais  -</em>evoca Johnson- como una compilación de reflexiones personales, y sólo años  más tarde, en 1580, los mandó imprimir. Los <em>Essays </em>y <em>Apothegmes</em> de  Bacon tuvieron un origen similar. Pero ambos aportaron una forma de pensar  escribiendo o de escribir e</span>l pensamiento de imprescindible actualidad y  referencia. Así lo explica Paul Johnson (1997:14):<em> Montaigne y Bacon  &#8220;redactaban columnas en el sentido de que sus reflexiones eran breves y  regulares, versaban sobre ciertos temas, estaban presentadas con pulcritud y  eran muy legibles, y constituían una satisfactoria mezcla de conocimiento,  argumentación, opinión personal y revelación de carácter. Los temas de ambos  autores -las calamidades, la educación, el arrepentimiento, la conversación, los  pensamientos sobre la muerte (Montaigne); y las riquezas, la juventud y la  vejez, la amistad, la ambición, el matrimonio y la soltería (Bacon)- aparecen  continuamente en las columnas escritas a finales del siglo XX. Estos dos hombres  experimentados e inteligentes abordaron muchos de los principales problemas que  preocupaban a la gente del siglo XVI, y que también hoy provocan nuestro interés  y desconcierto, y que todavía serán piezas del mobiliario intelectual humano  mientras dure nuestra raza. Si hoy pensamos escribir una columna sobre la  muerte, desde luego echaría un vistazo a lo que dijo Montaigne en su ensayo  &#8220;Pensamientos sobre la muerte&#8221; y Bacon en &#8220;Acerca de la muerte&#8221;. Y si estuviera  escribiendo sobre jardinería releería el breve y maravilloso de Bacon &#8220;Acerca de  los jardines&#8221;. En esos temas fundamentales nada cambia demasiado en cuatro  siglos o, sospecho, en cuatro milenios. Y me gusta pensar que Montaigne y Bacon  miran por encima de mi hombro -aunque con expresión desconcertada, irónica e  incluso levemente desdeñosa- mientras redacto mi columna ante mi  escritorio&#8221;.</em></p>
<p>Si nos atenemos al sentido estricto de columna periodística en cuanto a sus  e<span>xigencias de periodicidad, espacio y características literarias,  podría situarse su nacimiento durante el siglo XVIII en toda Europa en general  coincidiendo con la difusión de los primeros periódicos. Después, durante el  XIX, los columnistas se multiplicaron y fueron verdaderos protagonistas de ese  periodismo opinativo que convivía con el incipiente periodismo  informativo.</span></p>
<p><span>Aparte de la brevedad necesaria, la característica exigible a  las columnas periodísticas es y ha sido desde siempre su calidad literaria. Los  recursos retóricos son variados, desde el humor al intimismo, desde la  solemnidad al guiño fabulístico. En España ha habido siempre magníficos  columnistas, escritores con cita fija para sus lectores. Mariano José de Larra  (1809-1837) es quizá uno de nuestros más brillantes antecesores en esta tarea  del columnismo. El mundo que le tocó vivir fue decisivo para su desarrollo  literario en la prensa. Como revela Leonardo Romero Tobar en su estudio  preliminar a la obra periodística de Mariano José de Larra (<em>Fígaro </em>1997:xvi), la escuela de periodismo en la que Larra cursó su aprendizaje fue  <em>&#8220;el proceso de cambio experimentado por el mundo editorial español en la  transición política y social que se inicia a la muerte de Fernando VII. De un  régimen de feroz limitación del moderno derecho a la expresión escrita se  accedió en pocos años a un marco de libertad bajo fianza que tutelaban  disposiciones legales de urgencia y correosas prácticas administrativas.  Aproximadamente en el mismo espacio cronológico, las empresas periodísticas  experimentaron un cambio radical en la idea de lo que fuera su función social y,  especialmente, en la concepción y diseño de las publicaciones periódicas. De un  periodismo de corte dieciochesco, atenido a polémicas y divagaciones  ensayísticas impresas en hojas o folletos que reproducían la composición  tipográfica de la página de un libro, se pasó a la edición de periódicos y  revistas de formato actual y a varias columnas, en las que la información y el  análisis de la actualidad más acuciante prevalecían sobre otras formas de  discurso. Y todo ello en poco más de media docena de años, el tiempo que corre  entre las publicaciones autónomas de Larra -</em>El Duende Satírico del Día y El  Pobrecito Hablador- <em>y su vinculación a </em>El Español<em>, el periódico  innovador que Andrés Borrego comenzó a publicar en Madrid el 1 de noviembre de  1836&#8243;</em></span></p>
<p><span>Además de la oportunidad política de mayor espacio de libertad  en aquella España, Larra fue también testigo del desarrollo rapidísimo de la  tecnología que hacía posible la impresión acelerada de los periódicos y su  distribución en las grandes ciudades de un día para otro. La prensa de masas  había nacido en España al amparo del impresionante desarrollo tecnológico del  siglo XIX, junto a la febril actividad ideológica y, como condición  indispensable, bajo la atmósfera de una libertad de conciencia y de expresión  que muy poco tiempo antes era impensable en la triste España del funesto  Fernando VII. Mariano José de Larra manifestó con audacia, originalidad y genio  su convencimiento de las grandes ventajas del periodismo que se iniciaba como  actividad verdaderamente profesional -entre 1833 y 1834 sólo en Madrid hubo un  incremento de quince a treinta y seis publicaciones periódicas-. Larra vio en el  periódico un prometedor medio de comunicación y vehículo expresivo de la  escritura personal: dejó en diversos artículos su testimonio acerca del  periodismo, el periódico y el periodista.</span></p>
<p><span>En su etapa de<em> El Pobrecito Hablador</em>, Larra manifestó  con claridad sus opiniones liberales, su defensa de la libertad de expresión y  su crítica contra la censura absolutista, todo ello aderezado con la excepción  de su talento literario. La plena profesionalización de Larra como periodista  culminó entre diciembre y marzo de 1833 con su ingreso en la redacción de <em>La  Revista Española. </em>Es en esta publicación donde Larra se da a conocer como  articulista de costumbres, clasificación dada por los teóricos de la literatura,  quienes catalogan por contenidos aparentes </span>antes que por los propósitos  de esos contenidos. Allí Larra se dio a conocer por su seudónimo de  <em>Fígaro.</em></p>
<p>De la aportación de Larra al periodismo como realidad social, Alejandro Pérez  Vidal (<em>Fígaro </em>1997: LI) concluye: &#8220;<em>En su obra periodística Larra se  propuso claramente exponer reflexiones y juicios sobre problemas esenciales del  intelectual crítico, del ciudadano y de la persona ante el profundo cambio  cultural, político y social que se estaba produciendo en su tiempo, tanto en  España como en Europa. Lo hizo en formas distintas: el relato o la sátira  costumbristas, la sátira y el ensayo políticos, el ensayo de crítica teatral o  literaria. En todas esas formas de expresión hay un trasfondo común, que  responde entre otras cosas a la voluntad de Larra de elaborar una imagen pública  coherente de la figura del escritor&#8221;</em>.</p>
<p>Y Leonardo Romero Tobar (<em>Fígaro</em> 1997: xix-xx), analiza la trayectoria  del escritor y periodista sobresaliente que sembró tan decisivas semillas en el  periodismo español: <em>La experiencia que acumula en los diez años escasos que  dura su trayectoria profesional le muestra todas las caras de la profesión. Por  un lado, la vertiente ejemplar del periodista que fundamenta su labor en la  independencia de todo poder y en la imparcialidad de sus juicios, en la  capacidad para decir lo que no se puede decir, en el complejo amasijo de  virtudes y limitaciones de que hace cumplida relación en &#8220;El hombre propone y  Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista&#8221;. Por otro lado, la terrible  servidumbre de la comunicación permanente que obliga a la cautela y la  anfibología, cuando no está expuesta al estrangulamiento circulatorio o al  expolio de la mala interpretación. El difícil equilibrio entre la fidelidad a  los propios propósitos y las violencias con que el poder político y los lectores  mediatizan su trabajo conduce a un punto de resignación melancólica que concluye  en el desafiante desplante dirigido a los poderes represivos que formula en  &#8220;Fígaro a los redactores del Mundo&#8221; o en la imagen macabra que representa las  incursiones de la censura en su intimidad: &#8220;</em>Vagaba mi vista sobre la  multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de  seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos  preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación  exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión&#8221; (&#8220;La noche  buena de 1836&#8243;, <em>El Redactor General</em>, 26 de diciembre de 1836).<em> Claro  está que entre la reacción de 1834 y la de 1836 se interponen los más  restellantes acontecimientos de la vida española que él vivió como actor y como  cronista, coyuntura en la que confluyen de forma conflictiva las circunstancias  públicas y las peculiaridades de su temperamento&#8221;</em></p>
<p>Mariano José de Larra y otros escritores como Wenceslao Fernández Flórez  (Santamaría, 1997) enseñaron a medir el éxito de un columnista no sólo por  escribir ideas propias y originales, sino por ampliar las perspectivas sobre los  hechos y realidades, por suscitar el interés intelectual y el debate, por  mejorar las actitudes humanas y por alentar el pensamiento no conformista que se  rebela contra los abusos y las manipulaciones del poder. El humor es un recurso  retórico de singular eficacia. Aunque sumamente difícil. Es necesario tener  mucho talento, como talento único tuvieron Larra y Fernández Flórez, para que el  humor no degenere en tópica parodia, en grotesco lugar común, en simple grosería  o, en el peor de los casos, en vil infamia.</p>
<p><strong>LA COLUMNA, HOY:  DOS FORMAS DE SER Y DE NO SER</strong></p>
<p><strong>1    La cordura del conocimiento</strong></p>
<ol><span>La clasificación más inmediata que puede hacerse de la columna  como género de opinión es aquella que la divide en dos grandes grupos: las  columnas analíticas y las columnas personales. El profesor Martínez Albertos  (1991:375) comienza por distinguir, para evitar indeseables confusiones, entre  los significados de analista y comentarista:</span><em>Analista: en el trabajo periodístico, persona que escribe el análisis o  explicación objetiva de los hechos noticiados y que aporta los datos precisos  para interpretarlos correctamente.</em></p>
<p><em>Comentarista: en el trabajo periodístico, persona que enjuicia  subjetivamente los acontecimientos y que manifiesta de manera explícita su  opinión</em></p>
<p><em>En la más elemental lectura de estas dos definiciones, vemos ya la  distribución de campos y de tareas de las labores específicas de la redacción en  los medios periodísticos. El análisis corresponde a las funciones propias de la  interpretación periodística (o dicho de otra forma, al segundo nivel de  profundidad de la información periodística), mientras que el comentario debe  quedar reservado meticulosamente a la reducida parcela de opinión.</em></p>
<p>Estas dos maneras de actuar profesionalmente que distingue el profesor  Martínez Albertos corresponden a<span> las dos formas que adoptan las  columnas en los periódicos. Las columnas analíticas son propias de periodistas  especializados en determinadas áreas que explican datos que la noticia como  género informativo no puede hacer porque la apartaría de su función de relato  urgente de hechos. Las columnas analíticas, además, interrelacionan hechos,  ofrecen prospectivas históricas para la debida contextualización del asunto  tratado y sitúan con perspectiva las posturas que el hecho en cuestión ha  provocado. No suelen juzgar de un modo contundente, es decir, utilizando juicios  de valor o de intenciones o categóricos. Dejan esa tarea a un lector que con la  aportación sintética y analítica del columnista tiene mayores y mejores  posibilidades de hacerlo. Esa es su contribución. Estos columnistas tienen un  tono frío, apropiado para esa labor informativa-interpretativa que desarrollan.  Por lo tanto, su personalidad como escritores no se basa en el ingenio  brillante, sino en la exposición clara e inteligente de las cuestiones tratadas.  Es una tarea sumamente intelectual y de gran responsabilidad pública para la que  se necesitan conocimientos, contactos, acceso a documentación y fuentes  diversas, y especialización. Pero los nombres que presiden este tipo de columnas  no son tan conocidos ni apreciados popularmente como los que firman las llamadas  columnas personales.</span></p>
<p><span>En el mundo anglosajón este tipo de columnas analíticas es más  frecuente que en España y, en general, que en el mundo latino, más dado a la  subjetividad creativa. Pero, no obstante, periódicos más &#8220;intelectualizados&#8221;,  como <em>El País </em>o <em>La Vanguardia,</em> tienen algunas firmas en secciones  como <em>Internacional</em>, <em>Nacional</em> y <em>Economía</em> que interpretan la  información de esas páginas, contextualizándola, en un afán de que no se pierda  el lector en el parcelamiento de la realidad que supone la actualidad de cada  día. Lo que distingue a la columna analítica es el estilo y el tono empleado en  los razonamientos que son desapasionados, abiertos en muchas ocasiones a varias  interpretaciones posibles. Pero no hay que perder de vista que esta cuestión de  formas, importante por supuesto, no niega en absoluto su condición de columnas  de opinión y, por tanto, su pertenencia al macrogénero del articulismo, siempre  expresivo, opinativo; y su inducción ideológica, lo cual es positivo en una  sociedad democrática. Aunque no ha de confundirse el subjetivismo implícito en  todo análisis y en todo juicio con la arbitrariedad y la ideología de campaña.  El subjetivismo no es por sí mismo negativo. Sí lo es la parcialidad deshonesta  y la ideofobia hacia las ideologías no coincidentes (el huevo de esa serpiente  llamada pensamiento único)</span></p>
<p><span>Los temas que suelen abordar estas columnas analíticas ofrecen  un foco de interés en lo social, lo político y lo económico; pero el asunto no  es determinante para clasificar una columna como analítica o personal. Así, por  ejemplo, un columnista muy conocido como es Federico Jiménez Losantos  representa, a pesar de las apariencias que sus temas intentan cubrir, el opuesto  al concepto de analista. Jiménez Losantos ha alternado como columnista los  periódicos <em>ABC </em>y <em>El Mundo (</em>según sus relaciones con los  directores, pareciera que algo complicadas por motivos ideológicos). También ha  sido comentarista de una cadena privada de televisión. Jiménez Losantos escribe  sus artículos sobre el mismo asunto: política nacional; pero no se le puede  considerar un analista, un representante de este tipo de columnistas, porque sus  argumentaciones, la clase de sus juicios, su tono y su estilo recrean ante todo  su postura ideológica con la que quiere convencer al lector para que piense lo  mismo. Es decir, lo suyo es más que inducción; es convicción de la razón que él  cree que le asiste sin asomo de duda alguna. Aunque aparentemente analice hechos  políticos, se trata de un comentarista, un columnista personal: utiliza sus  análisis de hechos como argumentos de autoridad para que su opinión aparezca  como la única posible. Lo mismo puede afirmarse de columnistas como Carlos  Dávila, Pilar Urbano, M. Martín Ferrand, o –entre otros muchos sin nombrar- el  astuto César Alonso de los Ríos, quien sabe cubrir hábilmente las apariencias de  la racionalidad discursiva, pero ¡ay! de aquel que discrepe o que refute su  pulida argumentación: no hará más que confirmar sus &#8220;hipótesis&#8221; –auténticos  axiomas-. La verdad es que pocos hay en España que puedan catalogarse como  columnistas analistas –a pesar de las apariencias- , tan frecuentes, sin  embargo, en países anglosajones, sobre todo en Estados Unidos donde son  sumamente valorados. Una vez más no son los temas ni los asuntos tratados los  que definen unas categorías sino las formas humanas de actuación. No es posible,  pues, clasificar cuestiones intelectuales por objetos; sí por los modos y formas  que utilizan los sujetos.</span></p>
<p><span>A la columna analítica no hay que presuponerle una especie de  asepsia ideológica ni mucho menos neutralidad. Es el tono y la información  aportada lo que la distingue de la otra clase de columnas. Ya el hecho de que  alguien dirija nuestra atención hacia unos datos y con el enfoque de la relación  de sucesos, con la predigestión que todo ello supone, implica cierta toma de  postura por parte del columnista analítico que influirá sin duda en sus  lectores. Pero deja una mayor sensación de libertad de pensamiento. El lector es  inducido, pero la conclusión final le pertenece y la posible discrepancia es  mucho menos airada.</span></p>
<p><span>Este estilo, si se quiere elegante y alejado de toda postura  narcisista o dogmática, lo requieren lectores que aprecian ciertas formas en la  opinión. Pero no puede decirse que gocen de éxito mayoritario. Los dos  periódicos españoles que más cultivan este tipo de columnas son <em>El País </em>y<em> La Vanguardia. </em>Las reparten en sus secciones informativas y ambos  periódicos han aumentado la presencia de estos articulistas-analistas. Miguel  Ángel Bastenier es en <em>Internacional</em> de <em>El País</em> un ejemplo de  mezcla entre análisis, opinión e información muy poco frecuente en otros  periódicos españoles<em>.</em> Otro, José María Brunet de <em>La Vanguardia</em>. Se  trata de un analista desapasionado -como mandan los cánones de la mejor  tradición anglosajona- que escribe sobre cuestiones de política nacional, tema  proclive siempre a posturas muy radicales, ya sea en el sentido de una total  defensa de unos o de un total ataque hacia los otros. Brunet aborda con cierta  mesura las cuestiones espinosas de la política de partidos, y sus análisis crean  un clima de pragmatismo muy poco frecuente en las páginas de los periódicos  madrileños. José María Brunet escribe bien y su capacidad de síntesis es  llamativa. Los análisis, claros. Ambos columnistas –hay más, por supuesto-  representan a esta clase de analistas que se buscan para la orientación, no para  el esparcimiento ni para el reforzamiento de opiniones particulares. Su tono  relajado, a veces didáctico, implica al lector en esa reflexión a la que le  induce. Pero, precisamente por ello, no serán nunca la clase de columnistas que  despierten esas emociones intensas que sí pueden lograr aquellos otros  escritores que en seiscientas palabras recrean un mundo de complicidades – o de  desasosiego- con el lector. Indudablemente, cuando el destacado representante  histórico del columnismo norteamericano, Walter Lippman, afirmó que un  columnista es <em>ante todo un escritor de editoriales firmados</em> y que  columnismo y editorialismo son dos actividades<em> que si no son idénticas poco  les falta para serlo</em>, estaba concibiendo a un determinado prototipo de  columnista anglosajón que vende ante todo independencia y conocimiento, que  escribe y analiza la realidad con un tono reflexivo y con una argumentación que  busca la lógica, aunque yerre o no alcance la verdad.</span></p>
<p><span>A la vista de lo que ocurre en nuestra prensa, la afirmación de  Walter Lippman no es muy aclaratoria respecto de la actual prensa española. Por  varias cuestiones: los editoriales de esa prensa referencial norteamericana, y  especialmente <em>The Washington Post</em>, periódico para el que escribió como  columnista Walter Lippman durante muchos años -su columna, &#8220;<em>Today and  Tomorrow&#8221; </em>se hizo famosa en todo el ámbito periodístico no sólo de Estados  Unidos sino también en Europa-, y al que confirió un sello y un estilo muy  característico, son artículos cuidados en el sentido de no ser extremistas sino  prudentes a la hora de juzgar hechos y personas. Ese estilo ya lo cultivó  Lippman durante sus 50 años como escritor de artículos editoriales y como  director de la página editorial del periódico <em>The New York World</em>. Según  cuenta el periodista estadounidense Philip Geyelin en <em>La página editorial</em> (1989:18), este trabajo de Lippman fue un modelo en su género. La propietaria  del <em>The Post</em>, Katharine Graham, así lo hace constar también en un  artículo sobre la página editorial de su periódico (<em>La página editorial, </em>1989: 7-15)</span></p>
<p><span>En las memorias del periodista Benjamin Bradlee (1996),  director que fue del <em>Post</em> durante un largo tiempo plagado de hechos  históricos -entre 1968 y 1991-, y que forma ya parte de la historia del  periodismo entre otras cosas por haber dirigido a los reporteros del caso  Watergate, se manifiesta claramente esa preocupación por mantenerse a una  distancia de los hechos y de sus protagonistas que les garantice cierta  independencia de criterios. <em>The Washington Post</em> no es un diario neutral  -no los hay- pero cultiva un estilo analítico alejado de posturas doctrinarias  en el ámbito de lo político -no así en temas considerados como menores: en su  sección &#8220;Estilo&#8221; escriben columnistas muy polémicos por sus juicios hacia  personas famosas, pero se halla dentro de unas páginas de &#8220;cotilleo social&#8221;-.  Esta especie de mesura -que no ausencia- ideológica constituye una de sus señas  de identidad. De modo que el concepto de columna que Walter Lippman teorizó  corresponde a la escrita por el analista especializado, estudioso y responsable,  que se debe a sus lectores porque de él esperan explicaciones, y no sentencias  ni argumentos modelados por pasiones sino por razones capaces de alejarse un  poco del bosque ideológico. Un concepto muy anglosajón que en España -ni en  Europa- no cuaja como sí lo ha hecho en Estados Unidos, país de tradición más  pragmática. Un columnista analítico especializado en política nacional del  <em>Washington Post</em>, George F. Will, <em>(La página editorial</em>, 1989:  115-117) reflexionó sobre su trabajo y acerca lo de que significa socialmente  ser escritor de columnas con esta declara</span>ción:</p>
<p><em>&#8220;Las organizaciones noticiosas, en especial las de Washington, tienden a  definir la &#8220;noticia&#8221; en forma muy estrecha. Esto es comprensible debido al  intenso torrente de hechos, especialmente en Washington. Pero una estrecha  definición de la &#8220;noticia&#8221; lleva a una estrecha noción de lo que es &#8220;informar&#8221;.  En una sociedad compleja, tal como la nuestra, un columnista especializado debe  tener mucho de qué informar, en vez de andar recopilando lo que piensan, o qué  se piensa, de los funcionarios públicos. La mayor parte del material informativo  lo proceso en la Biblioteca del Congreso, o en mi oficina, al leer decisiones de  la Corte, publicaciones especializadas y periódicos&#8221; (&#8230;) &#8220;Creo, y estoy  convencido de que muchos norteamericanos que piensan también lo creen, que la  calidad de vida depende de las maneras que prevalezcan y no de los políticos que  prevalezcan. Lo que llegue a las salas de los hogares norteamericanos a través  de la televisión, lo que reciban los niños en las escuelas, lo que se enriquezca  la cultura por la edición de nuestros libros, todo esto interesará más a los  lectores que la información de quién sube y quién baja en el ordenamiento  interno de la Casa Blanca&#8221; (&#8230;) &#8220;Lo que hizo de Van Gogh un genio fue su  particular forma de ver los girasoles. Lo que distingue a un valioso columnista  es su particular forma de ver el paisaje social. Es habilidoso ver aquello que  todos ven, pero no en la misma forma en que todos lo ven&#8221;.</em></p>
<p>Respecto a sus lectores, George Will concluye:</p>
<p><em>&#8220;Creo que lo que les brinda más placer como lectores es lo que me da más  placer como escritor: un trabajo ejecutado con precisión y con un toque de  estilo personal&#8221;</em></p>
<p>En España existen col<span>umnistas con las características señaladas  por George Will pero son muy escasos en comparación con aquellos columnistas que  cultivan la forma de lo personal y subjetivo como valor; y también menos  populares. Aunque sí respetados por su racionalidad. Pero describir como hace  Will el oficio de columnista como el de alguien que tiene mucho de lo que  informar más de lo que opinar y que su bagaje de conocimiento lo adquiere en la  Biblioteca del Congreso y en publicaciones especializadas pacientemente leídas y  analizadas es todavía en nuestro país como imaginar la nieve en el  trópico.</span></ol>
<p><strong>2    La euforia del ego después del  Dante</strong></p>
<blockquote><p><span>A veces para definir y explicar un concepto ouna  actividad se recurre a la redundancia porque no resulta posible evitarla: así,  hablar de columna personal es redundar porque el propio concepto de columna  lleva implícito la cualidad de lo personal. Ocurre lo mismo cuando hablamos de  periodismo de calidad; en realidad, si no es de calidad seguramente ya no es  periodismo sino espectáculo o sensacionalismo o cualquier otra cosa. También  cuando con un poco de hinchazón se habla del periodismo de investigación como si  el resto de la actividad periodística no precisara de la investigación constante  para existir (y resistir). Pero, en fin, hablamos -y sabemos por qué lo decimos-  del periodismo de calidad, del periodismo de investigación y ahora, porque nos  ocupa, de la columna personal para referirnos con este último sintagma a un  artículo de opinión firmado por un autor de presumible valía literaria -aunque a  veces irrite la presunción por fuera de lugar-, con seguidores ideológicos o  simplemente admiradores de su estilo, y que aparece publicado en el mismo diario  con periodicidad y en el mismo espacio reconocible.</span><span>El comentarista o columnista personal suele ser un escritor, o  actor social, de éxito. Por lo tanto, estos columnistas llegan a ser, junto a  los presentadores de televisión, los periodistas más conocidos y reconocidos. La  fórmula de dicho éxito no es teorizable: sólo se puede decir que los columnistas  personales son, en el mejor de los casos, buenos escritores de piezas cortas,  artículos que van desde la argumentación brillante hasta el recurso de la fábula  como método expresivo y persuasivo. Dominan la fuerza de la frase corta y  cargada de contenido y saben armar su discurso de principio a fin con un cosido  retórico primoroso. Esto es difícil de enseñar porque a la palabra oportuna hay  que añadirle la imaginación, don este que, como diría Azorín, es una resultante  fisiológica.</span></p>
<p><span>Francisco Umbral, quizá el columnista con mayor éxito dada su  popularidad y reconocimiento literario, definió la columna como <em>&#8220;el soneto  del periodismo&#8221;</em>. Claro está que se refería al tipo de columnas que él  escribe, es decir, las personales. Por ello, por su carácter creador e  imaginativo que puede rozar lo genial, se atrevió a añadir: <em>&#8220;el secreto de la  columna es como el secreto del soneto. O se tiene, o no se tiene&#8221;. </em>Y otro de  los columnistas más conocidos, y justamente reconocidos, Eduardo Haro Tecglen,  matizó: <em>&#8220;Lo breve necesita compás: no el soneto, que tiene sus reglas, sino  lo libre. El soneto requiere genio&#8221;</em></span></p>
<p><span>Aparte de esta aportación definitoria de Umbral, la verdad es  que los intentos por definir esta clase de columna periodística no aportan nada  para la comprensión de la misma. En la obra de Antonio López Hidalgo <em>Las  columnas del periódico</em> (1996) así se pone de manifiesto. El autor ha  recogido varias definiciones, unas pretendidamente académicas, otras  descriptivas pertenecientes a algunos columnistas, pero ninguna de ellas logra  captar y englobar todo el significado de un escrito, por lo general breve, que  supone para el periódico un alma o espíritu configurador de una inequívoca  personalidad. La columna es poco definible y, además, es lo que menos importa.  La columna es un artículo de opinión. El hecho de que ese artículo sea tan  popular entre los lectores de prensa se debe a cierta calidad literaria que la  mayoría de ellas posee y a un contenido sintético y nada ambiguo que logra  captar a los lectores por la muy psicológica razón de verse reflejados en ese  pensamiento; y también entre lectores muy dados al gusto de la polémica porque  les proporciona motivos para discutir o rebatir o comprender por dónde van los  tiros ideológicos. La asiduidad es también un factor que entroniza al  columnista. Es el factor que faltaba para captar al adepto.</span></p>
<p><span>Las conclusiones acerca de la significación e importancia del  columnismo personal en España las ha ofrecido muy claramente Antonio López  Hidalgo en su citada obra <em>Las columnas del periódico</em>. De los diez puntos  concluyentes que ofrece, tres son desde mi punto de vista los más  interesantes:</span></p>
<p><em>a) El columnista de nuestros días es, en múltiples ocasiones, el  protagonista de sus comentarios, y es consciente, asimismo, del poder de su  prosa. Él mismo es, alguna vez, la noticia. Y, aunque no sea intencionadamente,  influye en la opinión pública.</em><em>b) Cada día más el columnista ofrece menos información, a cambio de  confesarnos algunos pecados personales que poco o mucho nos pueden importar. No  ocurre así con los columnistas anglosajones, que manejan mucha más información  en sus textos. El columnista español tiende diariamente a analizar más la vida  cotidiana y la pequeña noticia, e incluso se sumerge en la ficción como mejor  fórmula para interpretar la realidad: su realidad.</em></p>
<p><em>c) El columnista, cuando recurre a la actualidad, sólo ofrece su punto de  vista personal. Es consecuencia del divorcio creciente entre éste y sus fuentes.  Cuando escribe desde su casa, en general no tiene acceso a fuentes propias, ni  asiste a actos oficiales ni a ruedas de prensa. Cuando redacta en la propia  redacción, interroga a los redactores directamente sobre sus impresiones en  torno a la información que han cubierto en esa jornada, a fin de conocer  detalles de primera mano. Consecuencia de la incomunicación entre columnistas y  fuentes es que los primeros puedan incurrir en el error de hacer uso del rumor  como fuente, produciéndose los desmentidos en las secciones de &#8220;Cartas al  director&#8221;</em></p>
<p><span>De estas conclusiones de López  Hidalgo podría deducirse que la columna personal vive enfrentada a la  racionalidad periodística, es decir, no cumple con la función de orientar al  lector respecto de la actualidad que los medios de comunicación le sirven cada  día. Esto es así si oponemos ambos estilos de columna: la analítica y la  personal. Pero no hay por qué oponerlas. En realidad el éxito creciente de la  columna personal se debe precisamente a la utilización de la máxima  subjetividad. En esta clase de columnismo personal ya no importa tanto como en  otros artículos de opinión – editoriales y ensayos- contar qué pasa en el mundo,  por qué pasa lo que pasa. Lo que le interesa al lector de estas columnas tan  subjetivas y con cita periódica son las vivencias y pensamientos de los  columnistas, buenas plumas –con excepciones, claro está, no conviene  generalizar- que proporcionan diariamente el esparcimiento literario, el adorno  metafórico de la realidad, el &#8220;yo&#8221; ideológico y sentimental del otro compartido.  Habrá que aceptar que el periódico no sólo es información; tampoco espectáculo.  La buena literatura, la urgente, la de cada día, puede que nos haga tanta falta  como el oxígeno para respirar: en realidad estas columnas personales funcionan  como ese oxígeno en medio de la densidad informativa. </span><span>Además, los vientos de esta popularidad de la columna personal  ya no son propios sólo de las sociedades latinas. Es sintomático que el premio  Pulitzer 1992, en la modalidad opinativa, se le concediera a la columnista  norteamericana Anna Quindlen, comentarista social del <em>New York Times</em>.  Desde enero de 1991, Quindlen publica tres veces por semana una columna en la  página opuesta a la de los editoriales de dicho periódico. Lleva por título  general <em>&#8220;Public and Private&#8221;</em> y en ella la columnista ha defendido el  derecho al aborto, ha llamado la atención sobre la violencia en el hogar y  reclamado mayor atención a la infancia y se ha opuesto a todo tipo de  desigualdades. A Anna Quindlen, con la concesión del Pulitzer, se la considera  una de las mejores retratistas de la ciudad de Nueva York. Define su columna  como <em>&#8220;un tipo de síntesis entre el reportaje y la opinión: con frescura y  para que todos la entiendan, siempre con un sentimiento personal&#8221; (El Mundo</em> 17 de julio de 1992).<em> </em>Esta explicación de la premiada periodista Anna  Quindlen nos indica que escribe sus columnas de modo inductivo, utilizando el  recurso de las fábulas o parábolas -narración- para establecer analogías  deductivas. Anna Quindlen nos habla del aspecto fundamental para comprender el  alcance de estas columnas: el sentimiento personal. Lo de síntesis entre  reportaje y opinión es mera justificación temática; esa síntesis realmente no  puede hacerse en el escaso espacio disponible para el artículo que escribe  cualquier columnista. Se trata de extraer datos de la realidad periodística, o  de sus vivencias, y pasar todo ello por el tamiz de la propia ideología vestida  con un lenguaje intimista, alejado de los otros lenguajes del periódico: ni la  interpretación de las crónicas y reportajes, ni el editorialismo ni la crítica  dan para tanta libertad expresiva. Ahí está el &#8220;yo&#8221; con toda su fuerza  persuasiva. Carmen Rigalt, Rosa Montero y Maruja Torres plantean como Anna  Quindlen sus columnas periodísticas. Podría apostar que si se hiciera un estudio  de las columnas de estas tres periodistas españolas podrían escribirse sus  biografías desde el lado que suele ser el más oculto: pensamientos, amores,  filias, fobias, depresiones y afirmaciones existenciales, errores y dudas. Entre  los columnistas de género masculino esta tendencia intimista ha estado en un  plano más alejado, en apariencia, aunque existen algunos muy especiales, como  Eduardo Haro Tecglen que combina con sabia maestría y sensibilidad las dosis de  intimismo, razón, erudición y sentimiento, características que pueden aplicarse  también –salvando todas las inmensas distancias entre los dos- a Francisco  Umbral. Esta fórmula de revelar con cierta elegancia o con total descaro el Yo  ha prendido entre los jóvenes o recién incorporados: ahí están Juan Manuel de  Prada <em>(ABC)</em>, empeñado en hablar de sí mismo antes que nada; o Luis  Ignacio Parada <em>(ABC)</em>, sorprendente columnista por su limpio estilo y  claro pensamiento rezumado de lecturas, depurado de viejas, vacuas y retorcidas  retóricas. </span></p>
<p><span>El gran escritor que es Umbral ha estudiado este fenómeno del  &#8220;yo&#8221;. Umbral lo utiliza sin pudor alguno, lo reivindica y lo introduce en medio  de sus bromas e ironías y su erudición histórica y literaria. Es posible que su  éxito pueda descifrarse en esta ecuación o receta: dominio de la estética  literaria + reivindicación de su &#8220;yo&#8221; protagonista + opinión provocativa +  erudición sobre lo que más le importa = el valor literario de la palabra. Umbral  no ha creado el género de la columna personalísima: él mismo se lo adjudica a  César González Ruano, aunque, como hemos visto, Larra es un antecedente  fundamental. Pero puede decirse que en nuestra época Francisco Umbral le ha dado  a la columna personal nuevas alas con las que vuelan decenas de columnistas por  la prensa española con mejor o peor fortuna. En su obra <em>Las palabras de la  Tribu</em> (1994: 245, 247 y 252) nos explica cómo nuestra cultura occidental  reclamó a través de la literatura la utilización del &#8220;yo&#8221; como necesidad de  libertad creadora; fue, según Umbral, el primer paso de la modernidad:</span></p>
<p><em>&#8220;La modernidad la introduce el Alighieri contando en primera persona su  &#8220;Comedia&#8221;, a la que luego llamaron divina. Convirtiéndose en personaje y  protagonista del libro. Hasta entonces, en la literatura occidental, no había  existido el Yo, ni siquiera vagamente alegorizado en algún personaje. A partir  de Dante, el Yo aparece, desaparece y reaparece según las épocas, las obras, los  estilos, los autores. Exigiría todo un libro seguirle la pista al Yo a través de  varios siglos de literatura&#8221;</em></p>
<p><em>&#8220;Lo que sí podemos decir es que el Yo supone la modernidad. Y toda la  literatura española del siglo XX se divide en literatura del Yo y literatura  donde el Yo no sólo no aparece, sino que resulta obsceno. Modernamente, la  literatura del Yo se llama Romanticismo, y en este sentido el siglo XX sigue  siendo romántico, o bien por la presencia obsesiva del Yo, presencia siempre  lírica, o bien por el huevo o el fuero del Yo, tan evidente en creadores como  Picasso, Proust o Cela, que no necesita citarse a sí mismo o hablar en primera  persona para estar presentísimo en su relato&#8221;</em></p>
<p><em>&#8220;La presencia del Yo en la obra, más que mediante lo fáctico, se da  mediante el estilo. Los autores de estilo propio son cantores del Yo, son  líricos, y de nada vale que se oculten al lector o espectador&#8221;</em></p>
<p><em>&#8220;Dos maneras tiene el Yo de hacerse evidente, o mejor tres: la narración  en primera persona (poesía lírica), la continua intervención de un autor  opinante (Baroja) y finalmente, la más sutil y legítima de todas: el estilo&#8221;</em></p>
<p><em>&#8220;La aparición del Yo se debe al renacimiento. El hombre queda atenido a sí  mismo, el universo es enigmático y ajeno, la Historia es arbitraria y  sangrienta. Después de Galileo, la humanidad entiende lo que ya habían entendido  los griegos, lo que un día expresó D&#8217;Ors: &#8220;Mis límites son mi riqueza&#8221;</em></p>
<p><em>&#8220;Al hombre desposeído sólo le queda el Yo. El siglo XVIII llama al hombre  de otra forma: Razón. Pero esto no es más que una perversión roussoniana. El  hombre es razón y testiculario. Así que en el XIX, con el Romanticismo, el Yo se  entroniza desesperadamente. Nuestro siglo, que sigue siendo romántico, añada un  matiz que le faltaba al Romanticismo: si efectivamente no nos tenemos más que a  nosotros mismos, la situación es irónica y el siglo XX aporta la ironía, contra  el dramatismo romántico. La ironía del Yo contra sí mismo (el exterior ha dejado  de contar)</em></p>
<p><em>&#8220;(&#8230;) González Ruano, romántico puro, escribe siempre desde el Yo y llega  a decir, parafraseando a D&#8217;Ors: &#8220;Lo que no es autobiografía es plagio&#8221;. De ahí  su éxito general, popular, absoluto: escribe desde el yo precario y lírico,  desde la calle, en unos tiempos de culto general a la Raza y cosas así. (&#8230;)  Hoy, con el actual auge del columnismo personalista, sabemos que César tenía  razón sobre los directores de periódico, que sólo quieren objetividad, dato y  aburrimiento. (&#8230;) Le leían en la calle mucho más que a todos sus compañeros de  grupo. Ellos querían ir a lo general por lo general, lo cual es una obviedad, y  él iba a lo general por lo personal y particular, que en último extremo es lo  que interesa a la gente. Como interesa el crimen del año, la boda del año, etc.  El canibalismo intelectual y sentimental de las masas es algo con lo que hay que  contar siempre, y por eso César les echaba piltrafas de su propia vida enferma,  usada y cotidiana&#8221;</em></p>
<p><span>A su manera erudita y original, alejada de toda pretensión  academicista, Umbral nos ha dado una lección de columnismo. Poco más se puede  decir de un género que vive con salud popular gracias a la entronización del  &#8220;yo&#8221; como divisa literaria. En el mejor de los casos, la columna personal es una  artística síntesis entre la racionalidad y la subjetividad, como si se tratara  del sincretismo más gratificante de todo lo que ha constituido nuestra historia  intelectual desde el siglo XVIII. Y en el peor de los casos, la excusa del &#8220;yo&#8221;  permite escribir artículos cargados de ideología doctrinaria utilizando datos y  hechos al antojo más sectario; o artículos vacíos de pseudoescritores que  obligan a formularse la pregunta ¿qué hace éste o ésta aquí?&#8230; se pasa página y  se olvida hasta el próximo encuentro que puede ya resultar cargante.</span></p>
<p><span>En realidad el lector busca un columnista determinado y se  identifica con él. César González Ruano, cuando explicaba su estrategia sobre el  articulismo, llegó a la conclusión de que su éxito se debió sin duda a haber  conseguido que la rigurosa intimidad tenga en el artículo una aceptación general  para los lectores. De jóvenes siempre se les había dicho lo contrario,  insistiendo en que lo que ellos pensaran no le interesaba a nadie. Ruano  reconoció que su experiencia personal le enseñó que es precisamente la  intimidad, la confidencia, la confesión de lo que individualmente ocurre, lo que  resulta más atrayente, más popular y lo que aboca en un éxito seguro.</span></p>
<p><span>En España existen magníficos, buenos y peores escritores de  columnas personales. Se han publicado en estos últimos años algunos libros que  estudian esta parcela importante del periodismo español de opinión con algunos  de sus protagonistas. Periodismo y literatura (de la buena y de la mala, claro)  se unen gracias a los muchos nombres que habitan en las páginas de nuestros  periódicos como columnistas personales. En sus artículos nos hablan de la  realidad tal y como ellos la perciben, ideológica y sentimentalmente. Una mezcla  que está dando excelentes resultados. Es el discurso retórico donde la sabia  combinación del <em>ethos, </em>del <em>pathos</em> y del <em>logos</em> -el Yo del  que habla, la apelación a las emociones del auditorio y el contenido reflexivo o  conocimiento comunicado- no pueden fallar en su eficacia persuasiva como ya lo  manifestó Aristóteles en su <em>Retórica.</em></span></p></blockquote>
<p><strong><span>PARA EL FUTURO DEL COLUMNISTA O PARA EL COLUMNISTA DEL  FUTURO </span></strong> <em><span>&#8220;Si las hojas son muchas, es una la raíz.</span></em></p>
<p><em><span>En esos embusteros días en que era joven,</span></em></p>
<p><em><span>yo mecía mis hojas y mis flores al sol:</span></em></p>
<p><em><span>hoy puedo marchitarme entrando en la verdad&#8221;</span></em></p>
<p><span>Thomas  Mann</span>Paul Johnson ha tratado de  revelar lo que define a un buen columnista. Y degusta sin tapujos este manjar  para el ego: &#8220;<em>escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos  ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida. Cuando en 1907 le pidieron  que redactara un artículo semanal sobre &#8220;literatura y vida&#8221; para el Evening  News, Arnold Bennett comentó que era &#8220;la realización de un sueño que he tenido  durante mucho tiempo&#8221;. Cuando a Georges Orwell le ofrecieron una columna similar  en el Tribune, en diciembre de 1943, celebró su deliciosa libertad titulándola  &#8220;A</em> mi gusto<em>&#8221; </em>(1997:13<em>) </em>A la hora de calibrar la utilidad de la  columna, en primer lugar, Johnson considera de gran necesidad social ahora y en  el futuro el hecho de emitir juicios sobre el mundo que nos rodea. De nada sirve  la información desnuda si no se utiliza para relacionar, explicar y juzgar  realidades. Y el columnista es un escritor que juzga. Pero, matiza, han de  existir cinco requisitos para que exista un buen columnista. El primero es el  conocimiento. Pero un conocimiento cribado y nunca atestado de datos como  enciclopedia ambulante, sino <em>desempolvados regularmente</em>, administrados en  pequeñas dosis, según las necesidades del artículo. <em>&#8220;Los conocimientos del  buen columnista deben ser como una vasta bodega de buen vino, fresca y aseada,  en constante maduración, reaprovisionada periódicamente con la aparición de  nuevas cosechas. Invitan al lector a sorber y paladear, en cantidad suficiente  para apreciar la calidad de los vinos disponibles. Pero nunca obligan al  invitado a beber más de una copa en cada ocasión, de modo que las visitas a la  bodega conservan su frescura y placer. Pero, asimismo, ningún lector debería  irse sin algún conocimiento hospitalario, por ínfimo que sea. Me siento estafado  si termino una columna sin haber adquirido algún tesoro útil, interesante o  inusitado, algo que no sabía y me satisface saber&#8221; (1997:17)</em></p>
<p><em>Johnson aclara que el conocimiento se compone de muchos ingredientes.  Entre ellos cabría destacar -por su apariencia antitética con el concepto de  conocimiento- al saber mundano, el viajar mucho y el conocer a mucha gente,  desde los humildes a los poderosos: &#8220;el buen periodismo siempre trata sobre la  gente. Un argumento o impresión es más eficaz si está apuntalado por hombres y  mujeres reales&#8221; (1997:18). Los idiomas, sin embargo -dice Johnson-, no importan  tanto para el buen columnista. Pero sí escribir y comprender la propia lengua a  la perfección. Y el conocimiento histórico, absolutamente esencial, según  Johnson. </em></p>
<p><em>Las lecturas son el segundo requisito. Imposible escribir bien y con un  contenido interesante si se carece de un amplísimo bagaje cultural. Lecturas que  no sólo atañen a lo estrictamente literario -poesía, novela, teatro- sino  también a aquellos otros temas de conocimiento que llenan nuestro mundo:  historia, filosofía, viajes, biografías, arte y literatura, cine, economía,  política y religión.</em></p>
<p><em>La tercera clave del arte del columnista es, según sigue explicando Paul  Johnson, el instinto para las noticias. El escritor de columnas no debe olvidar  que ante todo es periodista y se dirige a un lector que busca siempre la novedad  (1997:21): </em>&#8220;l<em>a mejor columna es la que responde a la novedad, la vincula  con el pasado, la proyecta al futuro y expone el tema con ingenio, sabiduría y  elegancia. La noticia puede ser sobre cualquier cosa: geopolítica, problemas  locales, ciencia, literatura, modas, arte, el drama, la sociedad, la religión.  Su gravedad no importa; pero debe ser algo nuevo, no un tema trillado sobre el  que han machacado durante semanas. Un buen columnista sabe detectar un tema de  interés que avanza hacia el frente y disparar sus cañones antes que el campo de  batalla esté pisoteado y cubierto de humo. En ocasiones es buena táctica tomar  el tema de la última semana y verlo de forma inversa, pero sólo si tenemos una  perspectiva válida y perspicaz que sea contraria a las opiniones  convencionales</em>&#8221;</p>
<p>El cuarto punto es la necesidad de variedad y de oportunidad. Johnson cuenta  que como columnista ha abordado infinidad de temas pero se piensa cuánto y  cuándo escribe sobre alguno determinado: &#8220;<em>trato de no escribir sobre religión  más de cuatro veces al año, y nunca en Navidad ni en Pascua, cuando lo hacen  todos los demás. Por otra parte, escribo por lo menos cuatro artículos al año  donde cito a Dios&#8221;.</em></p>
<p>El quinto y último criterio trata sobre la revelación del carácter del  columnista. La vanidad es el pecado capital de este tipo de periodista escritor,  pecado que le obliga a esa actitud del sabihondo, lo cual es insoportable como  reconoce Johnson. En raras ocasiones se puede usar la columna para promover una  causa personal, acudir al rescate de un amigo en apuros o evocar a alguien que  conocimos y de otra manera dejaría de ser mencionado. Estos supuestos apuntados  por Johnson podrían ampliarse dada la realidad de la columna personal en España.  Así, podríamos añadir que el columnista no debe utilizar ese espacio  privilegiado para hundir al enemigo, para vilipendiar, infamar o ampararse en la  libertad de expresión que la Constitución española le reconoce para acusar sin  pruebas, tratar de influir en causas judiciales o hacer política partidista  desde su tribuna. Paul Johnson lo define en una sola frase: <em>no explotar  nuestro poder de columnistas con fines personales</em>. Ello no está reñido con  la libertad de crítica ni con la libertad de expresión ni con ninguna otra  libertad individual. La templanza en los juicios y el respeto a los derechos y  libertades de los demás no cercena el ingenio ni tampoco impide buscar la  verdad.</p>
<p>Todas las observaciones anteriores son muy oportunas para el columnista  político –no sólo porque aborda la política nacional y sus personajes sino  también porque realiza su propia política: influyente, aunque tal vez mucho  menos de lo que él mismo se figura- y depositario de confidencias múltiples pues  se las arregla para situarse cercano a la cocina del poder –a veces, tan sólo  utilizado como pinche de esa cocina-. El columnista de esta naturaleza es fácil  que devenga en un ser vanidoso, algo déspota y curiosamente dogmático: la  mayoría de las veces se niega a reconocer el fracaso de sus pronósticos, y  utiliza los hechos con la única intención de confirmar sus argumentos  ideológicos. Suele caer en la tentación de excluir al que discrepa. Por eso creo  que los requisitos apuntados por Paul Johnson responden más a la necesidad de la  crítica –incluso autocrítica- de una actividad periodística que ha hecho del  &#8220;Yo&#8221; una selva tupida de retóricas que no deja vislumbrar horizonte alguno. Y lo  peor es que ese Yo es en muchas ocasiones terriblemente convencional. De todos  modos, los consejos del británico Johnson conciernen más a los columnistas  venideros. Los ya instalados no dejarán de asentir con cierta condescendencia.  Tal vez por eso, David Randall (1999: 209), también británico, en su reciente  libro sobre periodismo, sólo les dedica a los columnistas las siguientes tres  líneas:</p>
<p><em>&#8220;Quien haya llegado tan alto como para que se le encargue la redacción  de una columna fija, o bien no necesita ningún consejo, o bien tiene (o pronto  llegará a tener) un ego que le impide aceptar consejos&#8221; </em><strong><span>BIBLIOGRAFÍA</span></strong> <span>BRADLEE, Benjamin (1996): <em>La vida de un periodista.  Memorias del director de </em>The Washington Post. Madrid: El País-Aguilar</span></p>
<p><span>JOHNSON, Paul (1997): <em>Al diablo con Picasso y otros  ensayos</em>. Buenos Aires: Javier Vergara Editor</span></p>
<p><span>LARRA, Mariano José de (1981): <em>Fígaro (Colección de  artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres)</em>. Edición de  Alejandro Pérez Vidal y Estudio de Leonardo Romero Tobar. Madrid: Crítica</span></p>
<p><span>LÓPEZ HIDALGO, Antonio (1996): <em>Las columnas del  periódico</em>. Madrid: Libertarias/Prodhufi</span></p>
<p><span>MARTÍNEZ ALBERTOS, José Luis (1991): <em>Curso general de  Redacción Periodística</em>. Madrid: Mitre</span></p>
<p><span>RANDALL, David (1999): <em>El periodista universal</em>. Madrid:  Siglo XXI</span></p>
<p><span>SANTAMARÍA SUÁREZ, Luisa (1997): <em>Géneros para la persuasión  en Periodismo</em>. Madrid: Fragua</span></p>
<p><span>THE WASHINGTON POST (1989): <em>La página editorial</em>. México:  Guernica</span></p>
<p><span>UMBRAL, Francisco (1994): <em>Las palabras de la tribu</em>.  Barcelona: Planeta</span></p>
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		<title>Juan Cantavella: La columna informativa: un desafío de exigencia entre la omnipresente opinión</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 14:40:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sincolumna</dc:creator>
				<category><![CDATA[Columna Vertebral]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Cantavella]]></category>
		<category><![CDATA[teoría del columnismo]]></category>

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		<description><![CDATA[La columna periodística muestra un desarrollo espléndido en nuestros días, pero  aquella que ofrece informaciones propias, obtenidas por el periodista que la  firma, no es cultivada con el mismo empeño por los profesionales. ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La columna periodística muestra un desarrollo espléndido en nuestros días, pero  aquella que ofrece informaciones propias, obtenidas por el periodista que la  firma, no es cultivada con el mismo empeño por los profesionales. La dificultad  de lograr noticias singulares y que destaquen sobre el resto desanima a muchos:  la mayoría prefiere interpretar lo que sucede o, más abiertamente, opinar sobre  la actualidad desde su personal punto de vista.</p>
<p>Juan Cantavella es profesor de Periodismo en la Universidad Antonio de Nebrija y autor del<a href="http://www.ucm.es/info/emp/Numer_06/6-3-Estu/6-3-04.htm#articulo" target="_blank"> siguiente artículo</a>.</p>
<p><span>No hace falta ser un gran experto para percatarse de la  importancia y de la extensión que alcanza la columna periodística en nuestros  días. Algunos directores, que dotan a sus medios de excelentes informaciones y  cuidan cada centímetro del papel que ofrecen, ponen también todo su empeño en  captar a los mejores columnistas para sus páginas, convencidos de que el nombre  de éstos y la calidad de sus textos atraen lectores y aumentan la influencia que  irradian los contenidos. De ahí que los periódicos de prestigio se vean  sostenidos por columnas vigorosas, caracterizadas unas por su reciedumbre (el  rigor de sus planteamientos), otros por su entorno floreado (la belleza de la  exposición) o el carácter personal e innovador que aportan.</span></p>
<p><span>La columna se configura de esta manera como un género  periodístico (informativo, interpretativo u opinativo), cuya multiplicada  presencia y desarrollo esplendoroso permite que se aborde su estudio con  amplitud. Pero eso es algo de nuestro tiempo, porque a la columna propiamente  dicha le costó encontrar su lugar, de la misma manera que no es sino en fecha  reciente cuando comienza a ser tratada por los estudiosos de la redacción  periodística y de los géneros.</span></p>
<p><span>Nada se dice sobre ella en los manuales de Mainar (1906) o de  Graña (1930) y apenas una ligera indicación sobre esta tarea en el capítulo  sobre los editoriales que escribió Bartolomé Mostaza para la <em>Enciclopedia del  periodismo</em>, dirigida por González Ruiz (1953). En cambio, ya es tenida en  cuenta en los <em>Guiones de clase de redacción periodística</em> de José Luis  Martínez Albertos (1963) y en los <em>Apuntes de periodismo</em>, de Fell y Martín  Vivaldi (1967).</span></p>
<p><span>Desde estas primeras referencias podemos ensayar una  tipificación de las diferentes presentaciones con que acude a su cita con los  lectores. Quizá fue F. Fraser Bond el que expuso antes que nadie los distintos  tipos de columnas que se podían encontrar (1974: 273-282) y, aunque su  clasificación sea muy elemental, realizada al hilo de las muestras que se  exhibían en los periódicos de Estados Unidos, constituye un temprano intento de  establecer líneas de actuación en este terreno.</span></p>
<p><span>Desde entonces han proliferado los estudios donde se abordan  extensamente los géneros de la opinión y en ellos se intenta explicar y  delimitar las formas de que se reviste la columna. Los que han aparecido en  nuestro país quedan registrados en la bibliografía que figura al final de este  trabajo. Si quisiéramos resumir tales aportaciones, al tiempo que exponer  nuestra propia reflexión, tendríamos que referirnos a las siguientes clases de  columnas, como las más genéricas:</span></p>
<p><span>1. &#8211; Las que manifiestan las opiniones de su autor de forma  sosegada y desde la altura de los principios genéricos, en línea con el artículo  doctrinal.</span></p>
<p><span>2. &#8211; Las que descienden a la lucha política y social, porque  tratan de aplicar unos principios a la realidad de cada día, con una toma de  postura que se percibe como polémica y beligerante.</span></p>
<p><span>3. &#8211; Las que informan de hechos que el periodista ha llegado a  conocer y que aporta al conjunto del periódico desde este su espacio propio. Por  lo general no se trata específicamente de noticias, sino más bien de atisbos,  declaraciones, deducciones, impresiones y rumores, junto con interpretaciones y  comentarios: flecos de la actualidad que el redactor persigue.</span></p>
<p><span>4. &#8211; Una derivación de las anteriores son aquellas que están  relacionadas con la crónica de sociedad, porque informan de hechos mundanos.  Tampoco son auténticas noticias lo que, por lo general, allí aparecen, sino  hechos menores, revestidos de chascarrillos, detalles y hasta malignidades en  relación con los famosos.</span></p>
<p><span>Martínez Albertos (1997: 203-214) analiza en un trabajo  reciente las nuevas y prometedoras formas de la columna de análisis y de la  columna personal. A su juicio, esta última es <em>&#8220;una fuente inagotable de  textos periodístico-literarios de extraordinaria calidad&#8221;</em>, que congenia  perfectamente con <em>&#8220;el talante literario que todavía arrastra buena parte de  nuestro periodismo&#8221;</em>. En cuanto a las columnas de análisis, las encuentra  <em>&#8220;omnipresentes y a veces agobiantes&#8221;</em>, pues <em>&#8220;el periodismo español de  nuestros días está viviendo un esplendoroso sarampión&#8221;</em> de estas columnas  analíticas, tanto en la prensa como en la radio y la televisión, a pesar del  peligro que conlleva de que el análisis riguroso ceda ante el afán de  editorializar.</span></p>
<p><span>Hay que añadir a todo lo anterior que no siempre los tipos  reseñados aparecen con la nitidez con que los hemos descrito, sino que con  frecuencia nos encontramos con una presentación revuelta, tanto por la mezcla de  información con opinión como por el paso de un escalón a otro en la articulación  de lo expuesto. El mestizaje suele dar frutos excelentes en la conformación de  los géneros periodísticos, pero hay que poner atención por cuanto se puede  manipular al lector a través de prédicas encubiertas con un aparente  distanciamiento, teñido de objetividad profesional. </span></p>
<p><span>Se trata de un vicio en el que es fácil incurrir si no se pone  un cuidadoso empeño en preservar la pureza de la línea elegida. Contra este  defecto arremete Martínez Albertos (1997: 215) al señalar que <em>&#8220;desde un  planteamiento riguroso de lo que deben ser los textos de análisis  interpretativo</em>,<em> hay que reconocer que con bastante frecuencia estos  mismos periodistas dejan a un lado sus escrúpulos analistas serios y objetivos y  se dejan caer por el despeñadero de una predicación insultante para el lector,  precisamente porque está hecha por un periodista a quien no corresponde esta  tarea y en un momento no adecuado&#8221;</em></span></p>
<p><strong><span>BIEN CONSOLIDADA</span></strong></p>
<p><span>De lo que deseamos ocuparnos aquí es de la columna informativa,  que es señalada en manuales y estudios como una de las formas habituales y bien  consolidadas. Martín Vivaldi (1987:140) pone a la columna en relación con la  crónica y, como ésta, piensa que<em> &#8220;debe ser interpretativa y valorativa de  hechos noticiosos&#8221;: lo cual no significa que algunos no tiendan hacia el  reportaje, de la misma manera que otros se hallan más cerca del artículo  doctrinal</em>.</span></p>
<p><span>Martínez de Sousa sitúa su nacimiento en la prensa  norteamericana de finales del siglo pasado y, dado que se decantó hacia la  crónica mundana y el chismorreo, la relaciona con el sensacionalismo y con los  chismes. No es extraño que, al situarse casi exclusivamente en este terreno, los  únicos nombres que cite sean los de Elsa Maxwell y la señora Hopper (1981: 78)  Claro que podría añadir los de Walter Winchell, Dorothy Kilgallen y Ed  Sullivan. </span></p>
<p><span>Antes o después destacarían en diferente línea otros  columnistas, como Bierce, Buchwald, Reston, Alsop y Lippman, este último  ridiculizado por Wolfe en su presentación del <em>Nuevo Periodismo</em>. Después  de sentar el principio de que los periódicos norteamericanos regalan la columna  al periodista como recompensa por los servicios efectuados como reportero, cita  el caso de Lippman, porque durante treinta y cinco años no hizo otra cosa  <em>&#8220;que ingerir el Times todas las mañanas, fagocitarlo en su ponderativo  cacumen durante unos cuantos días, para luego eyectarlo metódicamente bajo la  forma de una gota de papilla sobre la frente de varios cientos de miles de  lectores&#8221;</em> (Wolfe, 1976: 22)</span></p>
<p><span>Frente a esta muestra de un columnismo, a su juicio  trasnochado, Wolfe ofrece el ejemplo de Jimmy Breslin, al que encargan una  columna local en el <em>Herald Tribune</em> y cambia el <em>&#8220;modus operandi&#8221;</em> de  sus antecesores: <em>&#8220;Hizo el descubrimiento de que era realmente factible que un  columnista abandonara el edificio, saliese al exterior y recogiera su material a  pie con su propio y genuino esfuerzo personal&#8221; (Ibídem). </em>Buscaba, pues, sus  propias informaciones como un reportero y las elaboraba de una manera personal  en el espacio físico que tenía asignado.</span></p>
<p><span>Sin embargo, lo que podemos constatar, al analizar los medios  españoles a nuestro alcance, es que la presencia de la columna informativa ha  decrecido alarmantemente, hasta el punto de que casi puede ser considerada como  una rareza, una especie en extinción allá donde todo lo ahoga la omnipresente  opinión.</span></p>
<p><span>En una conferencia, Manuel Hidalgo -quien desde hace años  practica la columna en <em>El Mundo</em>- lamentaba la desaparición del  <em>columnista de libretilla</em>, <em>&#8220;comentarista político con peso e influencia  que contaba cosas levantando los peroles de la vida política&#8221;</em>. A su juicio,  además de comentar noticias y dar su opinión, aportaba información, mientras que  ahora, en general, <em>estamos en el acertijo, en el columnismo de sorpresa y  especulación dirigido contra algo o alguien, para contribuir a la caída o  sostenimiento de los sucesivos gobiernos&#8217;. Según Hidalgo, los últimos  representantes del columnismo de libretilla fueron José Luis Gutiérrez y Pilar  Urbano&#8221;</em> (Abad, 1998)</span></p>
<p><span>En una mesa redonda celebrada con anterioridad, el mismo  Hidalgo ya se había lamentado de esa desaparición: <em>&#8220;Creo que se ha perdido el  columnista que contaba cosas; no el que opinaba de todo, sino el que contaba,  quizá porque la clase política en los últimos años se ha vuelto hermética,  acorazada, temerosa -con razón en parte- y ya no cuenta nada o cuenta muy pocas  cosas. Pero antes había un columnista que nos contaba lo que había averiguado en  ciertos círculos de su trabajo, y nos lo contaba bien, claramente. Esto se ha  perdido. Hay muy pocos columnistas que reporteen o que, en el sentido más noble  de la palabra, hagan gacetilla&#8221;</em> (Coloquios de Alcor X, 1993:134).</span></p>
<p><strong><span>TRES CASOS</span></strong></p>
<p><span>Pues bien, en otras épocas no ha sido así o, al menos, siempre  ha resplandecido a través de la pluma de algún periodista, capaz de mantener el  tipo de una oferta personal de carácter informativo con la periodicidad y la  constancia que la columna demanda. No es posible examinar aquí cada aportación  de este tipo, pero nos detendremos en el análisis de tres casos memorables, cada  uno de ellos de muy diferente signo.</span></p>
<p><span>En primer lugar, la columna amable y más valiosa de lo que  parecía que durante años escribió Josefina Carabias para el diario <em>Ya</em> y  otros periódicos (distribuida a través de la agencia Logos). Cada día  escudriñaba la actualidad, sobre todo en el campo cultural y femenino, para  exponer a los lectores lo que había tenido ocasión de conocer o de aprender. No  hace falta contar aquí la relevancia de Josefina Carabias, una de las primeras  mujeres que ejerció el periodismo informativo en nuestro país. A la columna  dedicó su diaria entrega en los doce años finales de su existencia (de 1968 a  1980).</span></p>
<p><span>Carabias atendía la conferencia o el acto cultural de relieve  que llamaba su atención; o se sentía motivada por un comentario que había  escuchado a sus amigas o a la portera de su casa; o se había encontrado con un  personaje ilustre del que recibía alguna observación pertinente. Cualquier  estímulo de esta naturaleza despertaba su capacidad de insuflar conocimientos,  recuerdos y sentido común a un texto que laboriosamente iba creciendo en su  máquina de escribir y que después trasladaba a los lectores con una sencillez  llamativa (con lo que lograba que éstos -pero especialmente ellas- se sintieran  identificados por esa familiar aproximación).</span></p>
<p><span>Ese <em>&#8220;Escribe Josefina Carabias&#8221;</em> que aparecía en el  centro de su columna, con un pequeño retrato a plumilla, era la marca de  fábrica, la seguridad de que se encontraría un contenido apacible, pero exigente  y sincero. <em>&#8220;La habilidad y el talento de Josefina</em> -ha escrito su hija, la  también periodista Carmen Rico-Godoy, en el prólogo de una obra de su madre-  <em>consistieron en colocar detrás de la aparente amenidad una carga crítica y un  afán denunciador de injusticias o torpezas. Nunca se callaba lo que pensaba que  tenía obligación de decir. Aunque tenía que devanarse los sesos para encontrar  la forma de hacerlo digestible y no agresivo&#8221;</em> (J. Carabias, 1989:  19).</span></p>
<p><span>Otro habitual de la columna con buena dosis de información fue  Pedro Rodríguez. La ejerció por los mismos años setenta en el diario  <em>Arriba</em> del Movimiento y en el sindicalista <em>Pueblo</em>, casi siempre a  la sombra de Emilio Romero. Su inclinación era política y el estilo tendía hacia  lo críptico. Para Morán (1988: 175), <em>&#8220;más que informar o interpretar,  difundía rumores que rara vez se confirmaban, pero que captaban inmediatamente  el interés del lector. Era el rey del chisme político, del rompecabezas, del  criptograma, de la charada&#8221;</em>. Puede que exagere un poco en su  descripción. </span></p>
<p><span>Si hacemos memoria sobre aquellos tiempos tan densos, por la  confluencia de un régimen que hacía agua por todas partes y el miedo y la  esperanza de un cambio que nadie se atrevía a imaginar por dónde y cómo se  materializaría, nos daremos cuenta de la necesidad que existía de descifrar los  textos de quienes escribían desde un presunto conocimiento de lo que se estaba  cociendo. Dos columnistas destacaban por entonces: el susodicho Pedro Rodríguez,  más bien oficialista, y el considerado demócrata cristiano Luis Apostua, desde  el buque insignia de la Editorial Católica. Los contenidos del primero se  inclinaban a la información, con buenas paletadas de insinuaciones, mientras que  el segundo analizaba la actualidad, con seriedad y palabras medidas, y daba  claves para comprenderla.</span></p>
<p><span>Muchos pensábamos que aquel gran entrevistador que fue Pedro  Rodríguez (por aquellos años ya había demostrado un dominio del género como  pocos) aparentaba saber más de lo que resplandecía en sus recuadros, pero es  posible que estuviéramos equivocados, porque del que no habla o lo hace en clave  es imposible conocer hasta dónde llega su información: en otras palabras, si  realmente sabe o solamente lo aparenta. A pesar de todo lo dicho hay que  reconocer que su colaboración era una de las más buscadas en la prensa  española.</span></p>
<p><span>La tercera persona cuya contribución al columnismo informativo  queremos resaltar es también mujer y se llama Pilar Urbano. Es una periodista  voluntariosa, trabajadora, tenaz, detallista, capaz de perseguir la noticia  hasta donde hace falta y de vencer las resistencias con las que algunas fuentes  se parapetan. Lo ha demostrado en los textos que está escribiendo desde hace  muchos años para la prensa, pero también en algunos de sus libros, como por  ejemplo la investigación que emprendió sobre un tema capital de la transición  española: el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.</span></p>
<p><span>Su columna <em>&#8220;Hilo directo&#8221;</em> la inicia en 1975 en el diario  <em>ABC,</em> para pasar al <em>Ya</em> y más tarde volcarla en <em>El Mundo</em> (durante mucho tiempo es distribuida a medios regionales y locales por medio de  las agencias OTR y Lid). El título insinúa la proximidad y la confianza con  quienes pueden transmitirle información de primera mano: no creemos que le  regalen demasiadas cosas, sino que probablemente sean su constancia y el estar  llamando permanentemente a ciertas puertas lo que puede dar la impresión de  facilidad en los contactos. </span></p>
<p><span>Lo que importa es que sabe examinar la actualidad con ojos de  periodista voraz y con un punto de desconfianza para no tragar todo lo que  quieren hacernos pasar como mercancía de calidad. Acude al Parlamento, a las  ruedas de prensa, se tropieza con quienes pueden darle pistas, llama, interroga,  no se conforma con lo primero que le dicen&#8230; éste parece ser el método de  llevar adelante su trabajo. Y los resultados -sin grandes revelaciones con que  asombrar- dan idea de la perspicacia con la que examina la actualidad.</span></p>
<p><span>Es una labor verdaderamente meticulosa y consistente, pero la  calificación que le dedica Morán (1988: 176) es casi hagiográfica: <em>&#8220;Las  columnas de Pilar Urbano son fruto de muchas horas de investigación, de estudio,  de consultas a personas diversas, de escrutinio de archivos, de repaso a  cantidades ingentes de material informativo&#8230; De ahí que sean tan sólidas como  las del Partenón&#8221; (&#8230;).&#8221; Se revela como una fiel defensora de las causas  nobles, de los valores que hasta ahora veníamos calificando de eternos. Suele  ponerse de parte del débil y no teme hostigar al poderoso. Denuncia sin pelos en  la lengua a los implicados en los escándalos políticos&#8230;&#8221;</em> etcétera</span></p>
<p><strong><span>DIFICULTADES</span></strong></p>
<p><span>Algunos compañeros merecerían también ser incluidos en esta  nómina de columnistas aguerridos en el campo de la información, pero por  desgracia no son muchos. Evidentemente puede haber muchas causas de la flojedad  que nos alcanza en este terreno. Nosotros destacaremos la dificultad inherente a  no salirse de la parcela asignada. Prácticamente no existe la columna que se  mantenga en el cultivo exclusivo de la información. De alguna manera, siempre se  deslizan comentarios, interpretaciones, análisis y hasta opiniones. Hemos  señalado algunos casos notables en la prensa española: lo que resulta  indefendible es la pureza de unos planteamientos noticiosos, porque  sencillamente no se dan.</span></p>
<p><span>Hay que señalar también el tremendo peso que supone la  continuidad de esta tarea: es que no basta con estar al tanto de la actualidad  para después comentarla desde su particular prisma, ni fijarse en algún  comportamiento para señalar su valor ejemplarizante o desmoralizador, sino que  es necesario aportar un contenido propio, obtenido de las fuentes que se manejan  o de los centros de interés público a los que el periodista concurre. En  resumidas cuentas, la columna informativa hay que trabajarla y comporta una  elevada dosis de exigencia.</span></p>
<p><span>Cuando se elabora con material antiguo, desechado o de segunda  mano; cuando uno se ha limitado a cumplir con el compromiso o el contrato que le  une al medio, el autor sabe muy bien que, por más que haya rellenado el espacio  asignado, no ha dado lo que se espera de él. Lo sabe él, como lo sabe la  dirección del periódico, pero sobre todo quien lo acusa es la sensibilidad de  los lectores que quedan defraudados. Un día se puede fallar, pero cuando son  muchos ya peligra la propia continuación del columnista. Lo peor de todo es que  su posición se sostiene en tanto en cuanto satisfaga la curiosidad de los  lectores y se viene al suelo cuando se demuestra con su pereza, incapacidad o  espíritu rutinario que es indigno de la confianza que todos han depositado en  él.</span></p>
<p><span>Como decíamos al principio, la contundencia y la superioridad  desde la que se sitúan para mostrar el camino a los demás, juntamente con el  prestigio de que está dotada y la comodidad de no tener que buscar información  nueva ha llevado a muchos a decantarse hacia un columnismo opinativo y en  nuestros días es lo que predomina. Esta situación nos hace acordarnos de unas  palabras de Rafael Mainar (1906) que, como siempre que un análisis está fundado  en la observación rigurosa de la realidad más profunda, y no la meramente  epidérmica, tiene una permanente actualidad. </span></p>
<p><span>Trataba este periodista de señalar las causas de que en nuestro  país no abundaran los reporteros ni tuvieran la consideración que merecen para  el buen fin de un periódico, cuando señalaba: <em>&#8220;En España, en cuanto un  reporter comienza a valer y a adiestrarse en su especialidad, pugna por ser  articulista y encerrarse en la redacción a decirle cosas al gobierno y a dirigir  la opinión, tarea mucho más cómoda que la de registrar los latidos de esa misma  opinión y recoger del natural los antecedentes que han de documentar la labor  del comento y la apreciación&#8221;</em> (Mainar, 1906: 97)</span></p>
<p><span>Lo mismo cabría decir de los columnistas. ¿Quién rechaza la  posibilidad de señalar a la clase dirigente las líneas maestras de su actuación?  ¿A quién no le gusta ser leído, ser seguido, ser halagado en su alto magisterio?  No es extraño, por tanto, que se relegue y se eluda la tarea difícil y  comprometida de la columna informativa. Pero esta parcela merece mayor atención  de la que está recibiendo en la actualidad. El que se entregue a ella con  denuedo y sea capaz de cultivarla con esmero es fácil que obtenga el  reconocimiento de los lectores y de la sociedad.</span></p>
<p><strong><span>BIBLIOGRAFIA</span></strong></p>
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<p><span>MAINAR, Rafael (1906): <em>El arte del periodista</em>.  Barcelona: Sucesores de Manuel Soler Editores.</span></p>
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<p><span>SANTAMARÍA, Luisa (1990): <em>El comentario periodístico. Los  géneros persuasivos</em>. Madrid: Paraninfo.</span></p>
<p><span>WOLFE, Tom (1976): <em>El nuevo periodismo</em>. Barcelona:  Anagrama.</span></p>
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