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Olores

Escrito por victorvela el 9 Enero 2011 – 08:00Sin comentarios

“Hoy hay tortilla de patata”, digo en cuanto se abre la puerta y mi madre, al otro lado, sonríe para preguntar por enésima vez: “¿Cómo lo has sabido?” Por el olor, claro, por el olor. El otro día llamaba a la radio una mujer que sufría anosmia y explicaba en público su imposibilidad de distinguir los olores. Una ciega de narices. Era incapaz de descubrir cuándo la leche se había pasado y temía que cualquier día le tumbara y sin previo aviso una sobredosis de gas. Se lamentaba de que no distinguía el olor de su padre, de su madre o su hijo. Había días que se duchaba hasta dos veces porque no podía saber si olía mal o no. Le daba igual caminar al lado de una gasolinera, una panadería o un estercolero. Cuando su madre abría la peurta de casa, no podía predecir sin el plato le esperaba una tortilla de patata.

Me jodería mucho tener anosmia.

Me chiflan los olores. El de la goma de nata de la infancia y el del pegamento imedio de la clase de manualidades. El del aguarrás y el de los pasteles navideños de mi padre. El del suavizante blanco y el del gel de vainilla del mercadona. El de la fábrica de donuts por la que paso cada noche cuando vuelvo a casa del trabajo. El de mi amiga Pilar, que siempre huele a casa rural. El de los libros. El de la tinta. El del periódico, sobre todo en verano, cuando el sol casi cuartea sus páginas y las vuelve amarillas. El de la colonia que mi tía Tere me ha regalado estas Navidades. El del champú de mango del Carrefour. Mmm.

Me jodería mucho tener anosmia.

Pocas veces le damos al olfato la importancia que se merece. Creo. Tampoco estoy muy seguro. Pero me hace mucha gracia que el principal argumento que escucho estos días para defender la ley del tabaco es que, puf, menos mal, así al menos podremos volver a casa sin que la ropa (¡y el pelo!, añaden ellas) huela tanto a humo. De la que nos hemos librado, aseguran todos. Qué bien sin que no olamos tanto a tabacorro. Qué guay. Cómo mola. El argumento eterno. Parece que el Gobierno ha aprobado la ley del tabaco no solo por narices, sino también para nuestras narices. Para que nuestros abrigos y jerseys huelan chachi. Pero curiosamente, a nadie le he escuchado felicitarse porque ahora, con la prohibición de fumar en los bares, los fumadores pasivos dejarán de contaminarse el pulmón. Qué más da la salud si lo que importa es el corto plazo. Qué importa el estado de mis pulmones, cuando lo que de verdad preocupa es que mi ropa huela bien cuando vuelva a casa.

Pero ayer Raúl me dijo en el curro una verdad como un templo. “¡Cómo echo de menos que no se pueda fumar en los bares! Antes al menos olía a tabaco y camuflaba el resto de olores”. Ahora hay bares que son una asquerosa mezcla de alcohol, sudor y orín. “Huele a humanidad”, decían los profesores del instituto (sobre todo después de clase de gimnasia) mientras abrían las ventanas de par en par, incluso en febrero. Y ahora hay bares que me remiten, ay madre, y sin remedio, a aquellas clases de BUP y Secundaria. Qué difícil es salir de este bucle.

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