Artista Cruz Novillo
Qué difícil de entender, pero qué fácil quedarse con la boca abierta ante las explicaciones, tan creíbles como inverosímiles, que el miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando José María Cruz Novillo (Cuenca,1936) ofrece sobre la complejidad intelectual, producto de una creatividad muy reflexionada, casi matemática, de su obra artística, esa faceta suya con conexiones pero también diferencias con respecto a ese campo del diseño por donde tantas veces ha asomado su inteligente y conceptual cabeza con creaciones tan populares como los logotipos de Renfe, El Mundo, la rosa con puño del PSOE o la bandera de la Comunidad de Madrid, sin olvidar su faceta ligada al séptimo arte con carteles de películas tan personales y ‘raras avis’ como El espíritu de la colmena, Pepperment Frappé, Barrio o Los lunes al sol.
Este pasado miércoles dio un repaso a su carrera artística en la inauguración del curso de la Real Academia de las Artes y las Letras Conquenses (Racal) y nos habló de su interés por las dispares combinaciones que pueden resultar de juntar unos mismos ingredientes de distinta manera, lo que permite la creación de decenas, cientos, miles, de obras de arte distintas y únicas y darle en las narices a la monotonía de la reproducción seriada de obra gráfica a lo Andy Warhol.
Su creación a mi entender más original es una especie de rostro humano al que se le pueden ir colocando distintos artilugios, muchos de ellos sacados de las típicas tiendas de carnaval: que si unos bigotes, unas gafas de pasta, una perilla, unas orejas de burro, unas orejas de ratón… Los resultados posibles son casi infinitos, y algunos de ellos de lo más cómico y desternillante.
Ese arte suyo en el que no hay dos obras iguales alcanza su máxima expresión en la obra Diafragma dodecafónico 8.916.100.448.256, opus 14, la cual, ya programada, está colgada en internet (www.cruznovilloopus14.com) y se mostrará al público, de hoy y de muchísimos mañanas, variando su contenido sin interrupción durante nada menos que 3.392 milenios, 732 años, 102 días, 4 horas, 48 minutos y 21 segundos. A su conclusión aparecerá en pantalla la palabra fin y tras ella los créditos de los artífices y colaboradores del proyecto, que para entonces todo indica que ya habrán más que finiquitado sus respectivas existencias. Da la impresión de que se cachondea de nosotros, este Cruz Novillo, pero lo que dice lo dice tan serio que uno no puede sino creerle y quitarse el sombrero de la incredulidad y aplaudir su empeño con resultados de derrumbar las barreras del tiempo para seguir creando más allá de la muerte.
Anímense a echarle un vistazo esta obra en la que, pese a su extensísima, casi eterna, duración, cada momento es irrepetible. Una prueba más del talento de este hombre que aboga por la no especialización para evitar que su creatividad pueda morir de aburrimiento y que tiene bien claro que “querer ser artista es tener vocación de serlo a todas las horas, todos los días, toda la vida”, unas palabras que se quedan cortas tras haber dado con la fórmula para que su arte se sigua haciendo, como quien dice, eternamente.
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