Ni frÃo ni calor en San Sebastián
El festival de San Sebastián ha inaugurado su 58 edición con una meteorologÃa de entretiempo, sin frÃo ni calor, tanto en las calles como en una Sección Oficial que levantó su telón con la proyección del filme mexicano Chicogrande, del veterano pero para muchos desconocido Felipe Cazals, una de esas pelÃculas que uno tiene la impresión de haber visto por lo menos una decena de veces, que si por algo no destaca es por su originalidad. El hecho de que su argumento se entienda de principio a fin es algo digno de halago en el marco de un festival de cine, pero sus 95 minutos a la búsqueda del revolucionario Pancho Villa aportan bien poco para ganar la batalla del séptimo arte a los bostezos de estos tiempos en crisis tan difÃciles de convencer.
La historia de este western narrado desde el otro lado de la frontera está situada en las montañas de Chihuahua, Nuevo México, año 1916, cuando el presidente Woodrow Wilson envió a 7.000 soldados de la caballerÃa estadounidense a capturar al lÃder de las revueltas antiamericanas, herido de gravedad tras una invasión frustrada. La sangre ronda por las escenas de esta pelÃcula de triunfos y fracasos a partes casi iguales, de ardor guerrero que descorcha su pasión por montañas, tabernas, camas y orillas de un riachuelo, de cabezas colgando del árbol de después de la batalla, de caballos que saben mirar por el retrovisor de su trote para no llegar donde no deben, de malos que son muy malos y de gente dispuesta a despedirse del mundo por confiar demasiado en el ser humano. Aunque, bajo la batuta de Cazals, el filme es sobre todo un canto de admiración y alabanza hacia la fidelidad y el compromiso que los campesinos villistas mostraron hacia ese jefe suyo que quiso repartir justamente las riquezas, sin miedo a dejarse torturar hasta la muerte más lenta y dolorosa a latigazos.
El filme tiene su intriga, se deja ver y a medida que van pasando cosas se hace más poderoso e inquietante. Lo mejor está en el lado humorÃstico de esa etÃlica noche por la que se deja llevar un desesperado general de nombre John J. Pershing al que no obstante los chistes de la embriaguez no sentarán nada bien en la resaca mañanera. Pero hay escenas que sobran, como una serie de flahsbacks que buscan contagiar la emoción del arrepentimiento de un modo tan ridÃculo que no contagian nada. Y si al salir de cine uno hace recuento de lo visto y escuchado es muy probable que llegue a la conclusión de que la cosa le ha aportado bien poco. Que cuánto más bonito y nutritivo es asomarse a una de esas barandillas de Donosti y dejar que sean las olas del mar las que nos salpiquen.
Leo en los periódicos que este festival está contra las cuerdas (algo que, no obstante, se lleva años diciendo), dando más de lo que puede por mantener esa categorÃa A que comparte con Cannes, BerlÃn y Venecia a pesar de que su presupuesto sea el más bajo de todos y que le hayan crecido competidores en Toronto, Roma, Sundance y hasta en la propia España. Supongo que algo debe haber de cierto cuando uno lee la programación del certamen y el único tÃtulo por el que se siente mÃnimamente atraÃdo es la nueva entrega del veterano director del ala comprometida que es John Sayles mientras en las salas comerciales se exhiben o están a punto de estrenarse las nuevas entregas de cineastas españoles que antaño pasaron por Donosti, en ocasiones con paso triunfante, como Fernando León, IcÃar BollaÃn o Achero Mañas. Pero no queda sino confiar en un certamen que ya lleva años dando muestras de que sabe capear el temporal. Encima a saber lo que le espera, que el cambio en la dirección anunciado para 2011 coincidirá con una nueva reducción de su presupuesto. Para que luego ese presidente nuestro nos siga vendiendo la moto de su optimismo asegurando (cada vez con la boca más pequeña, eso sÃ) que las cosas van a empezar a ir a mejor a finales de año. Menos mal que los ciudadanos de San Sebastián siguen haciendo cola estén los bolsillos como estén, se anuncie lo que se anuncie, esté el tiempo de chanclas o paraguas. Evidentemente, lo nuevo de Julia Roberts tiene más tirón, pero no se crean que es mucho más fácil conseguir una entrada para no sé qué pelÃcula china, la reposición de un filme de hace veinte años de Don Siegel o una española reciente como MarÃa y yo. Aquà el público, consciente del tesoro que tiene, se implica con todo lo que en estos dÃas huela a pantalla grande (prohibidas las palomitas). Y asà es como se construye la cultura.
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