Grande Carles Boch, grande Pascual Maragall
En 2003, y en este mismo festival, Julio Medem quiso vendernos por documental una cinta en la que hacÃa justo lo contrario que se le exige a un buen documental: en vez de centrar su historia sobre el terrorismo de ETA en unos pocos personajes y profundizar en ellos, ofrecÃa sus micrófonos a una disparidad de ciudadanos, cada uno de su padre y de su madre, los cuales expresaban ligeramente su opinión sobre esa lacra que lleva más de treinta años lastrando el presente y el futuro de la sociedad vasca. Era un filme donde las opiniones iban y venÃan y volvÃan tanto a venir como a marcharse, expresadas tanto por unos como por otros (le faltó, eso sÃ, el asentimiento de la gente más próxima al PP y a la libertad sin siglas, como Fernando Savater) pero que apenas aportaba profundidad sobre el quid de la cuestión por muy innegable que fuera la buena voluntad del director.
Qué maravilla, en cambio, la sabidurÃa y el buen saber hacer que Carles Bosch demuestra en Bicicleta, cuchara, manzana, presentado este domingo en la 58 edición del festival donostiarra. Al contrario que el superdotado Medem, Bosch se marca objetivos mucho más modestos y factibles para hacer un documental sobre el Alzheimer, optando por centrase en un único y atractivo personaje, el ex alcalde de Barcelona y ex presidente de la Generalitat Pascual Maragall. Y el resultado es encomiable, conmovedor e incluso divertido. Porque el suyo es un filme donde uno se encariña fácilmente con la humanidad sobrada de humor irónico de este polÃtico que ya no lo es (quizá por eso mismo caiga ahora tan bien) y lleva más de tres años amenazado por esa pérdida irreversible de la memoria que probablemente sea la peor maldición que le pueda caer al ser humano.
A cualquier otro director este proyecto se le hubiera escapado por el terreno de la sensiblerÃa, pero el director de Balseros sabe abordar el tema de su filme con delicadeza, criterio, inteligencia, sensibilidad, apoyándose en la gracia y valentÃa con que este socialista catalán asume su destino, con ese empeño admirable por aprovechar el tiempo contado que le queda disfrutando de la familia, de los vecinos, de la calle, inaugurando un partido del Barça, visitando a sus recuerdos de estudiante en Nueva York o celebrando a lo loco la victoria de Obama. Y ni qué decir de ese deseo suyo de ser libre, de no tener que depender de un entorno que le quiere pero también le limita y le birla las llaves de su coche y le sobreprotege como si fuera de nuevo el niño que ya no recuerda haber sido.
Bicicleta, cuchara, manzana es una pelÃcula que te hace ser consciente de lo duro de padecer o de contar con algún familiar enfermo de Alzheimer, de sintonizar con los desmemoriados que asumen como pueden su discapacidad y de celebrar que haya afectados pudientes como el ex presidente que se vuelquen en darlo todo para investigar la causa de este mal través de la creación de una Fundación. Y, pese a tanta pena junta, como el igualmente prodigioso Las alas de la vida, lo que al final te provoca este documental es ganas de vivir, de seguir adelante, de ir confeccionando dÃa a dÃa nuevos recuerdos de cara a ese futuro por desgracia finito.
Dicen que el documental no es bien recibido en las salas comerciales pero, si esta cinta se estrena, que quien quiera saber sobre la vida y sus miserias y encontrar razones para tomarse con humor hasta las desgracias menos deseadas se anime a ver esta pelÃcula que enseña sin proponérselo y te hace llorar con risa, que es la manera más saludable de saber de dónde venimos y adónde vamos. Hasta la fecha es lo mejor que se ha visto en la Sección Oficial del festival donostiarra aunque, inteligentemente, no entra a concurso: supongo que no quiere dejar en ridÃculo al resto de cintas.
En cuanto a la británica Neds, que sà que aspira a llevarse algún galardón, para quien esto escribe no pasa de ser una historia insoportable sobre un chico del Reino Unido de los años sesenta que en sus años de Primaria es un portento en los estudios pero que al pasar a Secundaria se convierte en un ser insoportable que, primero por el deseo de ser admirado, después por un complejo de rechazo tipo Frankenstein y por último porque asà le sale de los cojones es capaz de ensañarse a golpes de cazuela con su padre y de rajar el futuro de la mitad y uno más de sus vecinos. Y el final que nos propone el director Peter Mullan, con una escena de intenciones metafóricas con unos leones de por medio, resulta tan pretendidamente didáctico como ininteligible para lo que hasta entonces ha sido la pelÃcula y, en todo caso, totalmente absurdo. De todas formas qué importa: salvo que se lleve algún premio es poco probable que sea estrenada en España. Aunque, cuidado, que su realizador logró el León de Oro en el Festival de Venecia de 2002.
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