Los relámpagos de Bolaño
El gran (y ‘missing’) Emilio JB los bautizó en su dÃa como relámpagos e inclusó se atrevió a hacer un escaparate con algunos de ellos, con esos escalofrÃos que de vez en cuando recorren la página y reclaman tu atención como una piruleta de neón en un mar de asfalto. Son esas frases que el autor quizá tardó una tarde en pergeñar y que tú despachas en apenas cinco segundos. Llevas media hora leyendo el libro, paseando la mirada por unas lÃneas preñadas de historias y de personajes que te hacen más amena la tarde, más hipnótica la madrugada, más cómodo el sofá. Paseas tu mirada por unas páginas que de repente se vuelven densas como el alquitrán o ligeras como un batido de melón. Te sumerges en unas páginas que alternan lo soporÃfero con lo sublime, el pestiño con la maravilla, el diálogo perfecto con la descripción inútil. La lÃnea eficaz con el párrafo coñazo. En fin. Estás leyendo y, de súbito, una frase salta de la página para darte un bofetón, para lanzar un relámpago que se te mete por los ojos y crea un delicioso escalofrÃo en el cuerpo. Son los pequeños tesoros que hay en todos los libros. Incluso en los que creÃas más aburridos. Toda novela guarda en algún momento una frase, una sola frase que hace que todo lo demás palidezca, que creas que ha merecido la pena atravesar el resto del libro porque por fin has encontrado el premio, el tesoro, la razón que justifica todo lo demás.
Hace unos años compré una libreta en la papelerÃa de El Corte Inglés (las papelerÃas de El Corte Inglés piden a gritos grupo en facebook) en la que iba apuntando estas frases. Una libreta de color verde, con las tapas blandas y las hojas cuadriculadas que se convirtió en mi pequeño escaparate de relámpagos. Apuntaba en este cuaderno las frases que me gustaban de los libros que leÃa. Lo estoy hojeando ahora y me encuentro con fantásticas sentencias de Eduardo Mendoza, Almudena Grandes, Javier MarÃas, Antonio Muñoz Molina o Paul Auster que todavÃa hoy me siguen pareciendo estupendas.
Sin embargo, hacÃa como dos años que no habÃa vuelto a dejarme caer por esta libreta. Como dos años que leÃa los libros sin un boli al lado con el que apuntar esos relámpagos fugaces que de vez en cuando le dan luz a un libro que parecÃa insulso o que sirven para subrayar la maravilla del conjunto. En fin. Pero hoy, hoy han vuelto los escalofrÃos y el gozo de la frase inesperada. Hoy, leyendo ‘La pista de hielo’ de Roberto Bolaño he sentido el impulso de volver a abrir esta libreta verde para volver a escribir en ella un relámpago.
Es una delicia. Una frase que en realidad es cuento. O novela. Una gozosa sentencia que me ha recordado que no hay nada mejor que una buena tormenta cuando de literatura se trata.
Habla Roberto Bolaño: ‎”El asesino duerme mientras la vÃctima le toma fotografÃas”.
Guau.
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