España sumergida
Lleva un par de semanas tan cargada de sinrazones la polÃtica nacional que uno podrÃa decir tantas cosas que no sabe por dónde empezar, agarrotado ante ese exceso de esperpento valle-inclanesco en que se ha convertido el Congreso de los Diputados, ya da igual las siglas a las que cada uno represente, que a nadie parece moverle otra cosa que la de sacar un rédito electoral de cara a esas elecciones que ahora sà que hay probabilidades de que, para gusto de quienes llevan legislatura y media zancadilleando cuanto propone Zapatero, acaben celebrándose más pronto de lo previsto. Aunque total para qué, pues mientras no vengan acompañadas con las caras de nuevos candidatos, la cosa, me temo, seguirá igual de mal o de peor.
La palma de la hipocresÃa, el cinismo, la demagogia, la falta de sentido de Estado y común, se la lleva, a mi entender, ese tal señor Rajoy que se ha pasado dos años pidiendo recortes al Gobierno y que cuando este último, muy a su pesar, los ha anunciado, nos viene con que hay que recortar pero por otras vÃas, como esa de reducir ministerios, una solución aplicada, por cierto, por José MarÃa Barreda en Castilla-La Mancha en las consejerÃas, aunque no sé yo si eso nos va a suponer un gran ahorro, pues pese al despido de unos pocos consejeros y delegados (supongo que con su correspondiente indemnización, o al menos con el derecho a cobrar el paro), el personal de cada una de ellas va a seguir en el tajo, como debe ser, que suprimir la Delegación de, por ejemplo, Industria y TecnologÃa, no puede ser sinónimo de que el Gobierno de la región no siga trabajando, preocupándose y dándolo todo por la industria y las nuevas tecnologÃas.
Volviendo a la polÃtica nacional, lo de congelar las pensiones no me parece tan grave como nos trata de vender ese polÃtico gallego que arrastra dos derrotas y si gana a la tercera no será, desde luego, por méritos propios. Reducir los sueldos de los funcionarios ya es otra cosa, porque es quitar algo que se tiene, pero no es menos cierto que, si nos dieran a elegir a los españoles, la gran mayorÃa elegirÃamos ser empleados públicos. ¿Qué eso es algo que ellos se han ganado y el resto no? Pues claro que sÃ. Pero a ver cómo, por ejemplo, un periodista puede sacarse una plaza de funcionario si quiere trabajar en su profesión. En la Televisión de Castilla-La Mancha o te señala con el dedo del jefe de turno o vas listo. Y esto casi diez años después de la puesta en marcha del ente regional. Para que luego se metan con la televisión municipal.Â
El principal problema de las medidas de Zapatero, reside, me parece, en que confirman la ineficacia de seis años de Gobierno socialista, un Ejecutivo que abogó, contra las advertencias de Solbes, por medidas populistas pero nada sociales como la del cheque-bebé, la cual premiaba por tener un hijo lo mismo a los PrÃncipes que al matrimonio más pobre de España. De ahà aquel chiste un tanto chabacano pero lúcido que censuró al Jueves. Mi colega Paco Mora lo ha dicho en un par de artÃculos de la última de El DÃa y un servidor lo suscribe: tenemos el peor presidente de la historia de la democracia española y el peor jefe de la oposición. Y, si a ello le sumamos la incongruencia de que Gaspar Llamazares siga sin ceder su escaño Cayo Lara, el hecho de que los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos sigan mirándose al ombligo de su Comunidad o que a Rosa DÃez no haya por donde cogerla, el caos es monumental.
No nos queda otra, me temo, que, ahora que se acerca el verano, visitar Grecia para hacernos una idea de la que nos espera. Ojalá me equivoque pero, qué quieren, uno ya no es optimista en casi nada. Y menos cuando observa a los parlamentarios haciendo el burro como hinchas fanáticos del equipo sin fútbol de Mourinho. Con ese ejemplo que nos dan, polÃticos mÃos, dejen de pedir la dimisión de Zapatero y dimitan todos al unÃsono, de su escaño y de las listas de la próxima cita electoral. AsÃ, al menos, podremos empezar a reconstruir España desde cero. Que en este paÃs con tantos millones de habitantes no es posible que no haya, también, gente válida para dirigir nuestro timón.
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