González visita Roma
Nunca agradeceré lo suficiente a Santi Riesco que se haya casado. Supongo que él tendrá un visión mucho más egoísta de su matrimonio, pero además del maravilloso festín y de todo lo vino después (María incluida), si hay algo que recuerdo infinito de aquel fin de semana, de aquella boda, fue que gracias a que yo estaba allí, pude descubrir un libro que está en el altarcillo de mi estantería. La boda era un sábado, lo normal, y en Bilbao (algo que ya no es tan habitual a no ser, como era el caso, que uno de los contrayentes fuera de por allí). Vale, la cosa es que basta que había que estar en Bilbao y yo no lo conocía, pues decidí acercarme un par de días antes, para darmen un voltio por la ciudad y todo eso. Acababa yo de salir de la pensión, paseaba por Bilbao con mi mp3 puesto y escuché entonces a Juan José Millás en La Ventana recomendando con pasión un libro llamado ‘Historias de Nueva York’. De Enric González. Fueron tantos los adjetivos gloriosos que, en fin, no pude evitarlo y me metí en una librería (no recuerdo el nombre, pero sí que también servían café) y compré el libro para el viaje de vuelta. Y creo que Millás se quedó corto en sus parabienes.
En fin, que gracias a la boda de Santi Riesco entré en el maravilloso mundo de las historias de Enric González. Primero vinieron las de Nueva York. Luego las de Londres. Están también las del Calcio, que no he leído en libro, aunque sí en papel prensa… y ahora acaba de publicarse ‘Historias de Roma’, un librito (apenas 123 páginas) que sigue la receta de los anteriores (aunque la editorial, pifia gigante, no haya conservado la encuadernación y estilo de los otros) y que te sumerge en un universo fantástico de anécdotas. Los libros de González son una unión gozosa de chascarrillos, de guías de viaje, de recorridos secretos por las ciudades y de intrahistorias periodísticas. Por sus páginas se pasean personajes históricos como Al Capone, Cesc Fábregas y Berlusconi, pero también compañeros de fatigas como Javier del Pino o Rubén Amón. Descubres los secretos de los puentes de Nueva York y de los equipos de fútbol de Londres. Sonríes con las historias de las mammas italianas y sus hijos caribinieri y te tiras de los pelos porque a ti también te gustaría tener ese espíritu de corresponsal de culo inquieto que, por ejemplo, se cuela para asistir a la capilla ardiente de Juan Pablo II.
Entre las maravillas de esta edición (como ocurría en sus añoradas columnas) destaca cuando habla de periodismo. Despierta una sonrisa (¿o es escalofrío?) ese pasaje en el que cuenta cómo en el periódico le sugerían utilizar The New York Times como base para sus crónicas desde Estados Unidos sobre la Guerra de Irak. Y me chifla un párrafo, casi al final del libro. “No crean que la vida de un corresponsal es como la pinto yo en estas historias. Eso es solamente una parte. La otra está hecha de inseguridades, de aprendizajes más o menos arduos, de cambios intempestivos, de urgencias, de renuncias, de distancias. Un corresponsal es un tipo que se despierta por las mañana con una náusea en el estómago y la convicción de que su despido es inminente. Un corresponsal es un tipo que chapotea permanentemente, con el agua al cuello, en un mar desconocido”.
En fin, que estoy leyendo ‘Historias de Roma’ a una velocidad de tortuga porque son tan pocas 123 páginas que no quiero que se me acaben nunca. Y a cada párrafo encuentro una esquina que visitar cuando vaya de nuevo a la capital de Italia. Utilicé el libro de Londres como una suerte de guía de viajes paralela que me llevó a la casa donde nació J&B, a la cervecería más antigua de Londres y al lugar donde hacen “las mejores hamburguesas a este lado del Atlántico”. La cerveza estaba buena, pero la hamburguesa, es cierto (y con despedida de soltero en la mesa de al lado) mucho mejor.
Gracias Enric González por tus libros. Y Santi, tío, gracias por haberte casado. Y dale un beso a Cris y a la niña de mi parrte.
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