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Baladas italianas

Escrito por gorkadiez el 26 Mayo 2010 – 07:59Sin comentarios

“¿Cómo ligáis los jóvenes de hoy en día? En mis tiempos bastaba con que sonara una balada italiana para poder sacar a bailar a la chica más guapa del local e iniciar el coqueteo. Pero, ahora… ¿Se puede ligar mientras de fondo suena ese chunda-chunda infernal que incita más a la violencia de género que a fundirse en la pasión sin fronteras de un abrazo?”. Algo así me dijo el otro día un señor ya mayor, de vuelta de todas las batallas del ligoteo con tan buen resultado que se le notaba disfrutar de la nostalgia. Yo me limité a encogerme de hombros levemente, bien sea porque no sabía qué decir o porque lo sabía pero no me apetecía entrar en detalles sobre las posibilidades de aproximación física que propician el alcohol, las drogas, la niebla de los cigarrillos, la oscuridad de la noche del siglo XXI. Y es que, para echar el ancla por un rato en la intimidad del cuerpo de otra persona con las mismas necesidades que las nuestras, hoy ya no se lleva eso de bailar pegados, sino ponerse hasta el culo de desfase y ebriedad. Es lo que hay. Yo no soy un aficionado a las baladas italianas, pero quizá sí que estaría bien que, de cuando en cuando, sonara en algún bar alguna de aquellas canciones de Domenico Monugno y se simplificaran esos trámites que llevan de una copa a la otra y que además de deteriorarnos la salud echan a volar nuestra cartera. Pero vivimos en una sociedad que nos ha enseñado que hacen falta alcohol, drogas, humo, oscuridad, para dar el atrevido golpe que se pase por el forro de los cojones las vergüenzas que cada uno lleva dentro, en parte por esa educación católica de la que no es tan fácil escapar aunque los crucifijos hayan emigrado de las escuelas, en parte por el miedo al qué dirán los demás en la oficina al día siguiente. “Era muy fea, vale, / pero me hubiera ido con ella / si no hubiera habido tanta gente alrededor”, dicen unos versos que guardo en el cajón de los desechos pero que resumen, creo, ciertas verdades de la condición humana. Hay urgencias a las que hay que darles de beber por más que, saciado el apetito, el día amanezca con resaca y haya que regresar al frío de la calle con la obligación de ponerlo todo a lavar, enrojecidos por la vergüenza de los palos que no tardarán en darnos los cohibidos y envidiosos de siempre.

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