Hacer mis necesidades
Supongo que es una necesidad. Puede que sea producto de la educación recibida, o simplemente que me obceco en cumplir las obligaciones que yo mismo me impongo. No lo sé. Lo cierto es que me gusta escribir todas las semanas. Cuando no me siento delante del ordenador a teclear unas lÃneas sobre mi estado de ánimo, mi visión de los acontecimientos, mis reflexiones sobre nimiedades y alguna pataleta pasajera, ya digo, cuando no me enfrento a la pantalla en blanco en mucho tiempo, me siento fatal.
Y claro, las consecuencias las pagan los que están más cerca. Se me pone un humor de perros, me entra una amargura inexplicable, una sensación de fracaso invisible y se me atascan las ideas y las palabras por las que me pagan a fin de mes. Un auténtico desastre.
Supongo que es una necesidad. Puede que sea producto de un hábito cultivado durante casi dos décadas, o simplemente que me he convertido en un calvinista adicto al trabajo no remunerado. No lo sé. Lo cierto es que me gusta que me lean todas las semanas. Y más ahora, con una herramienta como internet donde la comunicación entre el que escribe y el que lee se iguala, se revierte y se transforma en algo instantáneo y compartido. Ya no hay que contestar cartas que llegaban cuando otra columna se habÃa interpuesto en la que criticaba la epÃstola y cuya contestación le llegaba al lector tres columnas publicadas después. Ahora todo es ya.
Supongo que no es una necedad. Sigo creyendo en la palabra como un arma cargada de presente, confÃo en que mis textos se ajusten a mis ideas, creo que lo escrito permanece, estoy seguro de que si no tecleara cada semana mi vida tendrÃa menos alicientes. Es lo que tiene hacer tus necesidades. Siempre hay alguien que lo huele.
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