Un negro en el Athletic
Quién nos lo iba a decir, diez años atrás, que por el campo del San Mamés iba a correr un negro con la camiseta del Athletic.
El medio conquense y medio bilbaíno que es el andaluz Joaquín Caparrós, a quien los vizcaínos han hecho tan suyo que le llaman Jokin, puede pasar a la historia no ya por llegar a esa final de la Copa del Rey contra el Barça de la que salió noqueado 1-4, sino por abrir los prejuicios del equipo de los leones a un jugador de color y confirmarnos eso de que no somos tan diferentes como a menudo nos creemos, que la globalización es un hecho que no beneficia solo al capital, sino también a los seres humanos y sus relaciones, y que ya ha pasado a la historia el RH negativo que se sacó de la coronilla de cura aquel padre Arzallus afortunadamente desaparecido de la escena pública.
Qué gracia que me hace la extrañeza que en su primera novela, Bilbao-New York-Bilbao, el escritor Kirmen Uribe muestra ante el hecho de que el hijo de su novia, Unai, tenga fichado para el Athletic de su Play-Station a un jugador de color, en ese caso Drogba. “Está claro, no tengo nada que hacer con este chaval”, comenta incrédulo, frustrado en su intento de transmitirle su pasión por la política de fichajes de un club donde la ideología de la sangre pesa más que el talento. Pero visto está que realidad se ha puesto al nivel de la ficción con el debut en el equipo bilbaíno de ese tal Jonás Ramalho de madre vasca y padre angoleño. Es cierto que si no fuera por las raíces de su progenitora no tendría cabida en el equipo, pero por algún sitio hay que empezar a cambiar las cosas.
A mí personalmente no me gusta el fútbol, y menos el Athletic (y ni sé de qué juega Ramalho ni me importa), pero tengo cierta curiosidad por ver esa combinación de piel negra y colores rojiblancos de pura cepa que ya no son ni tan puros ni tan cepa sobre el terreno de juego de las tardes futboleras del domingo. Quizá en ese chico con el DNI del color del betún podamos ver representado un nuevo paso hacia la pluralidad en convivencia, la diversidad bien asimilada y mejor aceptada, la integración de la humanidad consigo misma.
A lo mejor, para lograr una reconciliación hoy por hoy imposible entre esas dos Españas con todos sus pies en guerra, lo que nos hace falta es que los negros lleguen también a las instituciones políticas y que, como Obama en EEUU, lideren la sociedad del siglo XXI en beneficio de valores como la tolerancia, la igualdad o una libertad no exenta de cierto intervencionismo keynesiano y propicien acuerdos entre diferentes que puedan contentar a todos. Con políticos negros en el poder, quién sabe si no dejaríamos de sentir tanta avergüenza ajena por el espectáculo de desunión a garrotazo limpio de nuestros actuales representantes. Aunque a saber. Porque es cierto que la cosa tendría otro color, pero en ocasiones los negros también se matan entre ellos. Debe ser cosa de los seres humanos en general, que somos como somos.
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