Malditos treintañeros
Ser treintañero hoy en dÃa equivale a tener todas las papeletas para que te dé el mundo por el culo. Quienes nos encontramos en esa franja de edad nacimos tarde para aprender a utilizar las nuevas tecnologÃas tanto en la escuela como en la Facultad (en mis primeros años de Periodismo me recuerdo yendo clase con una Olivetti a cuestas), para aprender otro idioma que no fuera el castellano, para disponer de un móvil antes de alcanzar la mayorÃa de edad, para vivir en primera persona la movida madrileña patrocinada por la oratoria con corbata de Tierno Galván, para leer la obra de Borges o de Gil de Biedma antes de sus respectivas muertes, para valorar la democracia como se merece. De Felipe González conocimos la versión más corrupta y decadente y en nuestro momento más botellón, ese que va de los 18 a los 25, o por ahÃ, padecimos la prepotencia de un Gobierno liderado por ese musculitos, mago de la peineta, en que se nos ha convertido el ex presidente Aznar. Y aunque con el luto reciente en la solapa asistimos esperanzados, sintiéndonos todavÃa jóvenes, a un cambio de rumbo liderado por las banderas igualitarias de ZP, aquellos sueños no tardaron en hacerse humo y para que nuestro futuro esté garantizado ahora nos dicen que nos hagamos un plan de pensiones. A los que somos, o nos creemos, periodistas, nos ha tocado para colmo vivir el momento más incierto en la historia de esta profesión, con una debacle de la prensa en papel que, hay que mirar pa‘lante, todo indica que se agudizará, devorada por un internet que en teorÃa está muy bien (es rápido, interactivo y todo eso) pero donde los ingresos son tan difÃciles de encontrar como un polÃtico que salga bien parado en las encuestas, y donde ya no se valora tanto la buena y trabajada escritura como el teletipo breve, impersonal, escrito a contrarreloj para aparecer en lÃnea cuanto antes. Lo importante ya no es saber, sino enterarse el primero. Por más que tuviéramos a Naranjito y a Espinete, aquellos personajes asexuados e ingenuos hasta el empacho de la hora de la merienda parecen formar parte ya de la prehistoria, superados por el descaro tocahuevos de John Cobra, el revanchismo en el escote de Belen Esteban o el atrevimiento sin lengua de Coto Matamoros. Es lo que se lleva ahora. Como no todo pueden ser palos, podemos agradecer, claro que sÃ, que nacer ya bien entrados los setenta nos libró del peligro de la heroÃna (aunque ahora hay otras drogas), de que al llegar el momento de poder casarnos pudiéramos elegir a alguien de nuestro mismo sexo (aunque los prejuicios siguen ahÃ), de que la mujer está más libre de ataduras para trabajar (aunque con menos oportunidades y salario), de que no tengamos que andar sacándonos el pasaporte para viajar por Europa (aunque el carné de inmigrante a ver quién nos lo quita), y otras cuantas cosas más, pero me da la impresión de lo que arrastramos pesa más que el progreso que ha hecho aligerar a nuestros pies. Que somos una generación perdida entre dos mundos que no tardará en cansarse de tener que reciclarse casi a diario que carga en el estómago con una úlcera de incertidumbre por no tener ni puta idea de lo que le deparará el futuro. Porque excepciones las habrá, pero no creo que abunden los treintañeros que puedan costearse un plan de pensiones.
Popularidad: 1%
No hay contenidos relacionados.
