Juan Cueto, ‘Pasión catódica’
‘Pasión catódica’, Juan Cueto
El PaÃs Aguilar, 1995. 286 páginas
La solapa
“Si la televisión ha cumplido medio siglo, y lo ha cumplido aunque nadie haya celebrado ni siquiera recordado este otro aniversario de un invento que ha cambiado como ningún otro chisme la visión y la banda sonora del planeta, resulta que el autor de estas páginas ha tenido tratos Ãntimos y pasionales ocn el tubo catódico durante un cuarto de siglo. Veinte años escirbienod de sus imágenes y sonidos, y un lustro redondo trajinando al otro lado del cristal. Este libro, por lo tanto, es la historia personal de una pasión que levanta tantas y tan radicales pasiones. En realidad, todo es un pretexto, mera literatura. El autor, que nació con la infamia, utiliza los resplandores de la tele para hablar o reÃr de otros asuntos del presente, y casi nunca al revés. O sea, un libro escrito con mirada pop y sonido paradójico”.
Un texto
Prólogo
Con los libros ocurre lo mismo que con las pelÃculas, si no se estrenan no existen. O para decirlo de otra manera: la producción no basta y la historia, o el drama, empieza cuando los rollos de celuloide o los folios encuadernados entran con todas las consecuencias en el circuito de la distribución, donde ya no controlas nada. Es una pena, pero es asÃ. Hace aproximadamente un lustro este libro, o algo parecido a estas páginas, fue editado en Asturias por unos amigos tan entusiastas como marginales. Por razones que todos deconocemos, apenas salieron del almacén algunos ejemplares. Incluso liaron a mi amigo y maestro el profesor Gustavo Bueno para que lo presentara en Oviedo; aunque ese dÃa estaba yo muy lejos de todo aquello: de mi ciudad, de mi verdadera vocación y encima al otro lado de la pantalla infamante.
A mà me hubiera gustado que las cosas quedaran asÃ, tan codificadas en off, pero la insistencia de otros amigos, esta vez muy poco marginales, capitaneados por el irresistible Juan Cruz, han logrado condenar estas viejas galeradas a distribución. Aunque, también es cierto, hay tres diferencias significativas respecto a aquella primera edición clandestina y rebelde.
En primer lugar, hay más capÃtulos, algunas erratas menos, un orden distinto y, sobre todo, medio lustro de inolvidable y sudorosa experiencia madrileña dentro del tubo catódico. Si el primer ejemplar de aquel libro inexistente llegó a mi guarida nada marfileñá de Torre Picasso el mismo dÃa en que salÃan a la palestra las primeras imágenes de Canal + (Hitchcock explicaba el truco del McGuffin y luego llegaba Catherine Deneuve), justamente cuando habÃa cambiado el oficio de comentar por escrito lo que chorreaba la pantalla por el de saber qué rayos habÃa dentro de la pantalla, al otro lado del cristal y, sobre todo, cómo se hacÃa o debaja de hacer aquel circo; resulta que la versión realmente existente de este libro me llega cuando tamooco estoy allÃ. Esta vez, ni dentro ni fuera del invento; ni traficando con la teorÃa ni enredando con la práctica. Por lo tanto, menuda diferencia textual entre una y otra versión de lo mismo. Si en un principio se trataba de crÃtica (más o menos) resulta que estas páginas tan parecidas a las anteriores se han transformado en autocrÃtica. Toda una venganza. Por consiguiente, lo decente es no tocarlas ni maquillarlas. A ver si escarmiento de una vez por todas.
En segundo lugar, el tÃtulo es muy distinto. En el principio, era un plural, Pasiones catódicas. Ahora, ya ven. Este singular es la única corrección digna de tal nombre en tantos años de tratos bastante Ãntimos con un ivnentod que nadie sabe a ciencia cierta quién lo inventó, ni cuándo y por qué. Titulé en plural cuando no habÃa aquà más posibilidad de entretenimiento e información que la pantalla y el medio del Ente. Corrijo en singular luego del advenimiento de las privadas y el aterrizaje todavÃa muy forzoso de otras señales desfronterizadas o extraterritoriales. Y es que en todo este tiempo he aprendido una cosa: siempre se trata de la misma televisión con distintas cabezas, cabeceras y consejos de administración. Aquà o en PekÃn.
Releyendo estas páginas de cuando el tubo era monopolio me doy cuenta de que, sin haberlo pretendido en absoluto, también estoy hablando mejor o peor de las privadas,. No es que aquella TVE de raza inequÃvocamente franquista haya sido mejor que lo que vino después, como ahora se pretende con sospechosa insistncia. Es que, al cabo de la llamada normalización del paisaje audiovisual, ya todo es lo mismo o miy parecido. Los tÃtulos, los personajes, los mitos, las series, el ceremonial, los tics, las caras y las caretas, las formas y los formatos, los nombres y las manÃas, los estrenos y las reposiciones, qué sé yo, saltan de una cadena a otra, incesantemente, y sólo los programadores y los accionistas miran yv en las rejillas en vertical, cegados por las terribles tablas del audÃmetro. Para el resto, siempre es visión muy horizontal. Y encima, zapenado sin distinción de rejas, siglas o consejos de administración. O sea, la tele. Sólo de eso tratan estas viejas páginas nuevas.
Juan Cueto
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