Elvira Lindo: “Yo no soy Carlos Cay”
¿Quién ese esconde detrás de Carlos Cay, el ‘columnista adolescente’ de El PaÃs? Desde que hace dos veranos iniciara su serie agostà ‘Me cago en mis viejos’ no han parado las especulaciones sobre quién se esconde detrás de este seudónimo (porque se asume que es un seudónimo). Hay quien dice que es Ray Loriga, Juan José Millás y también hay voces que apuestan por Elvira Lindo. Esta última ha publicado hoy una columna en El PaÃs en la que, categóricamente, niega que Carlos Cay sea ella.
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Bórrame del mapa
Elvira Lindo, Domingo, El PaÃs, 7 de febrero de 2010
El mismo dÃa en que morÃa Salinger dos personas me escribieron para preguntarme si es verdad ese rumor que corre por ahà de que yo soy la autora del serial veraniego Me cago en mis viejos. No sé si es que la muerte del autor de El guardián en el centeno trajo consigo muchos coloquios del tipo “el autor del yo juvenil atormentado y sus secuelas”, pero me sorprendió la coincidencia. No, no fui yo. Conociéndome como me conozco es imposible que yo fuera la autora. No por el texto en sÃ, que no he leÃdo, sino por el mismo tÃtulo. Ese tÃtulo define un mundo hacia el que (es defecto mÃo) no siento desde hace ya tiempo mucho interés: los adolescentes incomprendidos. Sufrà como una pérdida que mi hijo abandonara la infancia y vivà como una gran alegrÃa que mi hijo y los de mi marido superaran la adolescencia. Por tanto, mi particular tÃtulo para una secuela de esta historia hubiera sido: “Se va a cagar en tus viejos tu puta madre”. Y perdonen el lenguaje, pero en las secuelas hay que ser fiel al original. La segunda razón por la que yo no he escrito esa historia es que, a pesar de que soy deslenguada y tengo amigos extremadamente ordinarios, jamás he usado esa expresión. A mi padre no le cuadró nunca ser “mi viejo” (¡ese pedazo de señor que lleva camino de no hacerse viejo en la vida!) y, salvo en la boca de conocidos del barrio que adoptaban ese habla cheli-yonqui (o en Argentina, donde es un término cariñoso), no la escuché demasiado a mi alrededor. Más bien se la he leÃdo a aquellos escritores que tratan de imitar el habla de la calle y que a veces lo hacen artificiosamente. Tampoco mi hijo me llamó “mi vieja” durante su ya superada (¡bien!) adolescencia. PodrÃa afrontar cualquier apelativo por su parte menos que me llamara “mi vieja”. Sabe que en cuestiones de coqueterÃa no me ando con bromas, es más, preferirÃa que se refiriera a mà como su tÃa, que me quita años. De cualquier manera, entiendo que haya gente a la que le divierta pensar que una escritora “popular” se esconda de pronto bajo un seudónimo, pero, ¿de verdad creen ustedes que si yo me tirara todo el verano padeciendo el trabajazo de escribir a diario no lo iba a proclamar a los cuatro vientos? Ya lo hice, y con mi nombre bien clarito, en unos textos mucho más atrevidos, por aquello de que hacÃan sorna de mi propia vida y la manoseaban y la transformaban con el único fin de que ustedes, los lectores, se me rieran un poco. La comedia, en fin. Esto no significa que yo viva orgullosa de mi nombre. En lo absoluto. De niña hubiera preferido llamarme Marisol (por razones obvias) y tener un apellido menos propicio a las bromas. Y ahora que me voy parte del año a otro paÃs para borrarme del mapa me encuentro con que en este otro mundo mi nombre suena tan desfasado como el de una señora del sur en Lo que el viento se llevó. La comedia me persigue. A mà lo que me hubiera gustado en más de una ocasión, como creo que les ocurre a bastantes personajes públicos, es cambiar de identidad. Empezar de nuevo a fin de borrar todas las ideas preconcebidas que gente que no te conoce, salvo por tu firma, tiene sobre ti. Es decir, que de vez en cuando me gustarÃa cortarme la cabeza, pero eso es imposible. Jugar a no ser lo que has sido es una tarea inútil. Pero la última razón, la más poderosa, aquella por la que no podrÃa ser la autora del serial del muchacho atormentado por sus “viejos” es que habiendo sido, como fui, adolescente “Salinger”, habiendo leÃdo El guardián en el centeno a la edad que tocaba, y Seymour después del Guardián y el resto del mundo salingeriano, me resultarÃa muy difÃcil escribir sin imitar torpemente al amado autor de juventud. Sé que hay crÃticos que valoran mucho más los cuentos que la célebre novela. No tengo un juicio literario comparativo. Si no he vuelto a leer desde aquellos años de instituto las desventuras de Holden Cauldfield ha sido para no estropear lo que es un recuerdo de identificación con un personaje tan poderoso. Es probable que si l o releyera empezara a empatizar con los adultos a los que el joven Holden considera “falsillos, hipócritas, interesados” y pensara, tal y como me dijo una amiga americana que también adoró el personaje: “Well, Holden Cauldfield is a jerk too” (“bueno, Holden Cauldfield también es un gilipollas”). Pero lo importante es el valor que tuvo y que sigue teniendo en ese preciso momento de la vida en que buscas, no otros mundos, sino un espejo que te devuelva clavada tu imagen. Me hace gracia toda la poética, a veces un poco manida, que se ha escrito en torno a su deseo enfermizo de ocultación. Como si se hubiera tratado de una obra de arte, de una performance que durara cincuenta años. Sinceramente, no creo que sea tan difÃcil llevar una vida discreta en Estados Unidos. Hay mucha gente dispuesta a ignorarte, y el dinero permite a los multimillonarios establecer barreras infranqueables. Leà que alguien, en una columna de un periódico neoyorquino, lo llamaba, de manera precisa, sin darle al asunto el más mÃnimo sentido simbólico, “un tÃpico excéntrico americano”. SÃ, eso es lo que creo que fue, un excéntrico, que compuso un mundo a su medida. Primero decidió conseguir la fama y luego borrarla. Borrarse del mundo. Cortarle la cabeza a los que le molestaban, prácticamente a toda la humanidad.
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Como la vida misma.
Depresivo, ¿y Georges Sand? Las máquinas aún no escriben improvisando relatos imaginativos, asà que el término “real” no es aplicable… real por supuesto que es.
Yo no soy
[...] a ser “Carlos Cay”, lo desmiente. Se puede leer “la noticia” en este link y en este otro. Se va confirmando que Carlos Cay es real, de carne y hueso. This entry was [...]
¿Carlos Cay es real?