El desprestigio de la política
Se siente dolido el diputado socialista por Cuenca Luis Carlos Sahuquillo por el desprestigio en que ha caído la política, y pide un poco de respeto para una profesión que acumula críticas un día sí y al otro más, en parte razonadas pero, probablemente, también generalizadoras en exceso, que eso de meter a todos los representantes del pueblo en el mismo saco (¡pero dónde vamos a encontrar un saco en el que quepan todos los políticos!) evidencia un claro síntoma de superficialidad, de no saber o no querer entrar más que de puntillas en los titulares del diario o en el slogan de veinte segundos que dura el total de Rajoy, Zapatero o Pepe Blanco en el telediario de las tres.
“Política igual a inoperancia, a corrupción, a intereses personales, a vivir del cuento del erario público”, leo escrito, no exento de faltas de ortografía, en las paredes de la indignación general. Y es que poner a parir a nuestros gobernantes, sean del color que sean, se ha convertido en deporte nacional, en frase hecha o lugar tan común que, por eso mismo, no sé hasta qué punto mantiene su significado original. Ya puestos a generalizar, podríamos deducir (basta con echar un vistazo a nuestro alrededor) que incompetentes, mentirosos y partidistas sin raciocinio los hay por todas partes, por supuesto que también en el periodismo, a lo mejor hasta en esta web. Y no pongo la mano en el fuego para intentar salvarme, que a lo mejor me quemo.
Aunque sea a regañadientes, voy a lanzar por esta vez, y sin que sirva de precedente, una lanza a favor de los políticos, o al menos de algunos de ellos, como ese Patxi López que ha demostrado que el PSOE y el PP pueden compartir, si no cama, al menos sí unas directrices que rijan el día a día en convivencia de toda una Comunidad donde hasta hace bien poco decir lo que se piensa era considerado una herejía. O ese Gallardón que, aun rodeado de algún que otro ‘hijoputa’ (ya será menos), ha modernizado ese espacio clave de Madrid que es la plaza de Sol. O ese Pulido que está dispuesto a llegar donde haga falta para conseguir para Cuenca ese boulevard que tanto nos merecemos, ahora y no dentro de medio siglo. O ese Barreda que por fin ha dicho ya está bien y se ha enfrentado a Zapatero para decirle que el cementerio ese se lo meta en la Comunidad donde le quepa (pero no en Castilla-La Mancha) y aconsejarle reducir el número de ministerios para sortear la crisis. Es probable que esto último no sirviera de nada (a la mayoría de los cargos no tardarían en recolocarlos) pero el hecho de salirse de la línea marcada por las siglas de su partido ya me parece un punto a su favor: hay ocasiones en las que hay que devolverle el puño al logotipo de la rosa.
Sentido común por encima del carné político de turno, mucho trabajo y colaboración entre las distintas corrientes. Es lo que pide el pueblo (o los pueblos, que somos tantos y tan distintos en este país que ya ni se sabe) a los políticos: que hagan las cosas lo mejor que puedan, con la misma profesionalidad con que el obrero se sube a un andamio para construir el piso de quién sabe quién, sin pensar en que lo mismo se trata de alguien con unas ideas en las antípodas de las suyas. Si ustedes no consiguen tender acuerdos entre partidos y rebelarse contra el suyo propio cuando las circunstancias de propiciar el bien común así lo exigen, es que no están haciendo bien su trabajo. Y entonces normal que les critiquemos. Máxime con la crisis que se sigue cebando con quienes no tenemos decisión alguna en lo que a todos nos afecta. Quizá, si empiezan a hacer las cosas guiados por un sentido más ciudadano y menos partidista nuestros aplausos no resulten tan sonoros como los reproches (lo fácil es criticar) pero por lo menos se pondrá fin a este clima de crispación en el que llevamos viviendo cosa de año y medio, si no más. La ciudadanía se merece una mejor gestión por su parte, y para eso es esencial que, lo primero de todo, se entiendan entre ustedes. Que hoy por hoy tampoco creo que la ideología de cada cual sea tan determinante para hacer política. Al menos en las cuestiones prácticas. Luego ya, cada uno, que en su ámbito privado se divierta como pueda o hasta donde le permita su moral.
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