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Ser padre

Escrito por santiagoriesco el 18 Enero 2010 – 21:21Sin comentarios

Ser padre

La paternidad está infravalorada.
Mucho se habla y se escribe sobre lo hermosa y maravillosa que es la maternidad. Y claro, luego pasa lo que pasa. Que la mayoría de las mujeres que traen una vida al mundo se dan de bruces con la realidad. El bebé no es como el de las fotos de los libros, ni está continuamente sonriendo como en los 20 segundos del anuncio de la tele. Dar a luz resulta un auténtico suplicio en el que, si entra el padre al paritorio, tiene que aguantar lindezas de su pareja tales como: “Esto es por tu culpa”, “no me vuelves a tocar”… y demás salvajadas que, por pudor, prefiero omitir.
En el caso de que sea una cesárea, los puntos tiran cuando se secan, la cicatriz tarda en cerrarse y el tajo que le dejan en el vientre a la parienta hace que desaparezca la magia esa de la maternidad con la que la habían estado camelando durante los nueve meses de gestación.
Supongo que una parte viene motivada por la propia naturaleza, por el hecho de multiplicarse, de llegar a ser inmortal en tu descendencia, por el milagro en crudo de la vida. Pero en este sentimiento de la naturaleza humana, las grandes empresas han visto un filón y se han lanzado a dulcificar aún más el asunto. Es increíble la cantidad de productos y servicios, de marcas, series y modelos que puede haber en torno a los bebés. Uno, que es primerizo, se enfrenta ahora a la difícil tarea de discernir qué es y qué no es necesario para el desarrollo y la salud de su hija. ¿Calientabiberones? ¿Esterilizador? ¿Humidificador? ¿Saco térmico con burbuja de lluvia? ¿Intercomunicadores con cámara de vídeo y alta resolución? Alucinante, de verdad.
Decía al principio que la paternidad está infravalorada. Lo reafirmo. Los padres somos meros comparsas en esta fiesta de la vida. A pesar de la tan cacareada igualdad de oportunidades, de las cuotas de género y todo el rollo políticamente correcto, los padres vivimos el nacimiento de nuestros hijos como sufridores pasivos. Nos limitamos a disfrutar viendo a la madre amamantando el fruto de sus entrañas en el que nosotros hemos sido participes ocasionales. Gozamos cambiando un pañal y hablándole a la pequeña mientras le damos aceite para evitar las irritaciones. Alucinamos bañando a nuestra niña grabando cada uno de sus gestos con cada movimiento de esponja. Flotamos paseando al bebé en el carricoche por el barrio y se nos hincha el corazón cuando la primogénita se nos duerme en el brazo después de ayudarle a expulsar los gases naturales, los aires difíciles. Todo esto, claro está, si la madre nos deja. Porque digan lo que digan, la madre es ella. El padre, vaya usted a saber. Y sin embargo, queremos a nuestros hijos como si fueran nuestros. Y lo son.

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