Qué manera de joder
Miren que no me disgusta el diario El Mundo. Que cuando vivía Umbral y quien escribía sus críticas de cine era el rompedor Carlos Boyero lo compraba casi más que El País. Que los viernes no falto a la cita con El Cultural y ese Metrópolis venido a menos pero todavía Metrópolis (¡gran David Saavedra!). Que se trata de un diario que en mi opinión contribuyó a la democracia desnudando la bajeza de los GAL y que por supuesto que me chifla el descaro para entrometerse en intimidades ajenas y ofrecernos las suyas propias de Carmen Rigalt. Y de Pedro J. Ramírez admiro su dedicación plena al periodismo y esos peculiares tirantes filosóficos con los que sujeta sus interminables, y a menudo refutables, pero siempre muy bien escritas, cartas abiertas del domingo. Pero me quedo estupefacto con algunas de sus noticias, que hay que ver lo que se le ves el plumero de la manipulación, de la mediocridad, de un periodismo tan sin límites que deja de ser periodismo. Viene este a cuento porque el pasado viernes, y ya van muchas veces, me sentí muy indignado por una noticia de portada en la que se apuntaba que el anuncio realizado el 28 de diciembre por Alfredo Pérez Rubalcaba en el que se alertaba de que ETA podía estar ultimando el secuestro a una persona de relevancia no anulara las vacaciones ni de la Policía Nacional ni de la Guardia Civil, ni supongo que de la Ertzaintza. ¿Pero qué se han creído? ¿Acaso los redactores de la sección nacional de El Mundo suprimieron sus días libres de Navidad ante la posibilidad de que de un momento a otro ETA diera un nuevo golpe? Qué fácil meter la paja en el ojo del culo ajeno y cubrirse el propio. Qué fácil lanzar piedras contra los otros por más que nosotros, también humanos, lo hagamos igual de mal. Qué fácil pedir que el mundo funcione perfectamente cuando el ser humano es algo tan distante de la perfección. Publicar este tipo de noticias me parece algo en las antípodas del periodismo, un enfoque tan personal y subjetivo que nunca debería tener su entrada en las páginas de información de los diarios. Recuerdo que, en la desaparecida La Tribuna, mi por otra parte buen amigo Pablo Gutiérrez, era un gran experto en eso de sacarle cinco pies al gato que, por lo mucho que ladraba, ni siquiera estaba nada claro que fuese gato. De modo que en nuestros casi ocho años juntos le mostré por sus escritos tantas admiraciones como sinceros rechazos. Y es que una cosa es la amistad y otra la profesión. Y, como periodista que soy, considero que no se pueden sacar las castañas de un fuego que no arde. Ni hacer información por el mero capricho de arremeter contra el Gobierno que no nos cae nada bien si no hay un dato fiable que sustente nuestra animadversión. “La Guardia Civil tampoco suspendió descansos tras el aviso del ministro”, leo en un destacado. ¿Pero esto qué es? Y ese calificativo que en la columna de opinión adyacente un tal Santiago González hace del terrorismo etarra, llamándolo “autóctono”, ya se lo puede meter el susodicho por donde le quepa. Que autóctonas hay muchas cosas, y calificar así al terrorismo no dice nada, pero por su intencionalidad implícita sí que consigue indignar a los ciudadanos de ciertas partes de España. Qué manera de joder. Con artículos como éstos, desde luego que no debiera entristecerme la desaparición de los periódicos impresos. Pero sucede que, del mismo modo que los odio, no puedo vivir sin ellos. Así que ahí me estuve yo, el pasado y nevoso viernes, preguntando a los quiosqueros de Cuenca a ver si iba a llegar por fin la furgoneta de la información en papel a la ciudad. ¡Y menos mal que a eso de las cuatro de la tarde ya estaba repartida por los quioscos! Me dirán que podía haberme metido en internet y leerme entero El País, El Mundo, La Razón, o incluso Voces de Cuenca, pero lo malo de los periódicos de internet es que no huelen. Y a mí también me gusta oler. Aunque sea a chamusquina.
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