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Lecturas intermitentes

Escrito por santiagoriesco el 26 Enero 2010 – 00:39Sin comentarios

Lecturas intermitentes

Cuando tu vida está jalonada por un biberón cada tres horas seguido indefectiblemente de la expulsión de gases, todo cambia. Cambian tus costumbres y hábitos, tu forma de afrontar el trabajo, tus prioridades, tu dieta y hasta el modo de leer.
Desde que preparo 90 centilitros de agua tibia con tres cucharaditas de leche en polvo para recién nacidos, mi concentración en la escritura ha caído vertiginosamente. Me cuesta un mundo encender el ordenador y casi dos abrir un documento para juntar tres palabras con sentido. Desde que esterilizo biberones y estoy pendiente de dónde he dejado el babero para la siguiente toma, apenas si puedo leer a trompicones. Aún así, y aprovechando la generosidad de los Magos de Oriente y las buenas recomendaciones de mis amigos, he podido devorar algunas páginas entre gas y gas de mi primogénita.
Empecé con la historia de una rata de biblioteca escrita por Sam Savage titulada “Firmin”. Y aunque no me entusiasmó, acabé con ella como si de una deuda se tratase. La novela me la prestó mi hermano Félix, el mismo que me pasó la obra de Clara Usón, el último Premio Biblioteca Breve: “Corazón de napalm” que, a pesar de ser previsible en su desenlace, me enganchó desde el principio con las historias anacrónicas de Fede y Marta que acaban por unirse, como se veía venir, pero con un final bien resuelto.
Mi amigo Amador, desde Valencia, me recomendó acertadamente que leyese a Hernán Casciari, un argentino de mi quinta afincado en Barcelona. Me hice con “El pibe que arruinaba las fotos” y disfruté casi tanto como me reí. El modo interactivo que tiene este argentino para elaborar sus novelas es todo un hallazgo, casi tanto como el elogio de la amistad que se contiene en una de las obras más originales y graciosas que haya leído desde los primeros tiempos de Eduardo Mendoza. Por cierto, los Reyes también me han traído su último trabajo: “Tres vidas de santos”. Espero que sea mejor que “El asombroso viaje de Pomponio Flato” y, sobre todo, que la soporífera “El último trayecto de Horacio Dos”. Esta aún está en el estante de libros por disfrutar. Será la siguiente, cuando acabe de digerir y saborear la última que he leído y la primera que publicó el gran maestro David Trueba: “Abierto toda la noche”. Aún estoy asimilando el final de Nacho, la historia rocambolesca de Basilio, el desenlace genial de Matías y el cambio de Felisín. Todo ello mientras dejo de pensar pecaminosamente en los ojos azules de Sara.
La niña está llorando. Voy a calentar otras tres medidas de agua.

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