Juan José Millás, premio Don Quijote de Periodismo
Leemos en El PaÃs que el periodista y novelista Juan José Millás ha sido galardonado con el Premio Don Quijote de Periodismo por un trabajo publicado en la revista Interviú. Un adverbio se le ocurre a cualquiera, es el tÃtulo del artÃculo que le mereció el premio, en su VI edición, del que el jurado reconoce “la originalidad, la inteligencia y el humor que el trabajo ganador conjuga, para hacer un homenaje a los hispanohablantes, a la escritura y a las palabras en su totalidad”. El Don Quijote, que distingue al trabajo mejor escrito, está patrocinado por el Gobierno de Castilla-La Mancha y se convoca anualmente conjuntamente con los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España por la agencia Efe y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).
En el artÃculo, informa Efe, narra cómo de niño imaginó una tienda de palabras, con la que ya aspiraba a vivir de ellas.
Si existiera en la actualidad una tienda de palabras, Juan José Millás considera que ese establecimiento ofertarÃa “palabras muy vulgares, porque el lenguaje se ha deteriorado enormemente, especialmente el cotidiano”. “El vocabulario es cada vez más pobre, y serÃa raro que los compradores pidieran palabras inéditas o fuera de los circuitos habituales”, aseguró el autor de “El mundo”, novela con la que ganó el Premio Nacional de Narrativa en 2008 y el Premio Planeta en 2007. Millás cree que esperar que los medios de comunicación defiendan en la actualidad el uso de un lenguaje más rico serÃa “pedir un milagro”, aunque al mismo tiempo entiende que esa defensa es algo esencial ya que, apuntó, “una sociedad que habla o escribe mal no puede pensar bien”.
Éste es el artÃculo premiado, publicado por Interviú.
Hemingway cobraba los artÃculos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones
que adverbios, conjunciones que artÃculos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabÃa quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio habÃa una tienda de ultramarinos, una mercerÃa, una droguerÃa, una panaderÃa, una lecherÃa… Pero no habÃa ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente habÃa que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario.
Imaginé entonces que ponÃa una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendÃa a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponÃa yo, venÃa de sustancia. Si la sustancia de una frase dependÃa de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venÃa el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahÃ, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasÃas, compraba tres sustantivos, le reglaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria habÃa también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja…
El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedÃa también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el dÃa construyendo oraciones. Las habÃa de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mà me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, habÃa mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas.
La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difÃcil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un dÃa que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mÃ, le dije que no se preocupara, pues habÃa decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debÃa poner mis energÃas en cuestiones prácticas. Ahà acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituÃan un capÃtulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable.
De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envÃo al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artÃculo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artÃculo estupendo. Me levanté, cogà un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolÃgrafo, pero la pieza habÃa desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artÃculos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio. Un adverbio se le ocurre a cualquiera.
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