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Javier Díaz Noci: La redacción periodística como retórica

Escrito por sincolumna el 30 Enero 2010 – 15:44Sin comentarios

Artículo extraído de www.ehu.es

La producción de artículos y libros sobre Periodismo y Ciencias de la Información, en general, y sobre Redacción periodística, en particular, ha conocido en los últimos años un auge espectacular, especialmente en España. Es obvio que una de las razones de este crecimiento -al que esperemos no suceda una sequía editorial por saturación- es el acceso definitivo a la carrera académica de muchos profesores de esta todavía joven disciplina académica. Joven, al menos, en su instauración en la Universidad, porque jóvenes son también -apenas alcanzada la mayoría de edad- las facultades de Ciencias de la Información en nuestro país. Cada vez son más, afortunadamente, los doctores que leen sus tesis sobre asuntos relacionados con la Redacción periodística, y también quienes, superada esa primera prueba de fuego académica, acceden después a la categoría de profesor titular. Fruto de las tesis doctorales y de las memorias de titularidad -e, incluso, de alguna que otra memoria de cátedra- son la mayoría de los volúmenes que en los últimos años se han publicado, manuales y estudios especializados sobre los diferentes géneros periodísticos.

Si jóvenes son las facultades españolas de Ciencias de la Información, ello no empece para que, en lo referente a la Redacción periodística, se hayan definido ya varias escuelas. Al menos dos, no necesariamente, dejémoslo desde ya claro, contrapuestas: una, la primera en el tiempo, que podemos denominar, a falta de un término mejor, de raíz americana, y otra, la que muchos de los profesores jóvenes están empezando a adoptar, de corte europeo y abiertamente retórico. Una Retórica que recurre a la tradición aristotélica -definición por esencia de las virtudes de la misma como auxiliar de la Filosofía, es decir, del conocimiento universal- y a la recuperación y renovación que de la misma han hecho las escuelas de Lieja (el Grupo m) y, sobre todo, de Bruselas, encabezada por Chaïm Perelman.

Por un lado, la producción de profesores como José Luis Martínez Albertos, Gonzalo Martín Vivaldi y otros pioneros de la Redacción periodística española se dedica, al menos en un primer momento, a la recepción de la escuela americana -la tradición de las escuelas de Periodismo de Columbia y Missouri, con Melvin Mencher y Curtis McDougall como nombres señeros-, y entronca así con una corriente muy extendida en la enseñanza del periodismo español; ya en los años 30, la pionera escuela de El Debate se nutrió de profesores formados en el centro creado por Pulitzer, especialmente Manuel Graña. Se trata de una escuela que, muy en la tradición estadounidense, incide en la importancia -innegable, por otra parte- de la práctica como manera fundamental de aprendizaje de las técnicas de redacción (lo que podríamos denominar, recuperando un término inventado en Harvard para el estudio del Derecho, pero perfectamente aplicable al del Periodismo, el case study o estudio a partir de supuestos reales). Por otro lado, en los últimos años, tras las primeras picas en Flandes -recordemos algunos artículos de Josep María Casasús al respecto en la revista Periodística- varios profesores jóvenes de diversas facultades españolas han vuelto los ojos hacia la Retórica. No una Retórica decimonónica, compendio de figuras y recursos estilísticos, agotada en meros presupuestos formales, sino una ciencia o, si se quiere, arte o técnica renovada. Al fin y al cabo, también se ha acusado a la escuela de corte americano de convertir la Redacción en un simple repertorio de consejos extraidos de la previa experiencia profesional, sin construir una teoría previa, mientras que se acusa a la corriente europea de lo contrario, es decir, de ser excesivamente teórica y alejada de la preceptiva de posterior aplicación práctica y profesional que demandan los futuros periodistas. En definitiva, se trata de ver la Redacción periodística (sea éste u otro el nombre que adopte esta disciplina) como una Retórica especial, una técnica auxiliar del conocimiento humano, una manera de transmitir eficazmente lo que determinadas personas, profesionales de la información en este caso, aciertan a conocer y la sociedad desea saber.

Valga toda esta introducción para situar el libro cuya reseña hacemos hoy, fruto precisamente de una tesis doctoral leida en la Universidad de Navarra, y de la que ya existía un adelanto en el prólogo que el autor hizo a una recopilación de columnas españolas de prensa. Explícitamente, Fernando López Pan se adscribe a esta corriente retórica, y, citando a Casasús y Martínez Albertos, que en varias ocasiones han señalado la vinculación entre Retórica y Redacción periodística, pone de manifiesto sin embargo que ello “no supone necesariamente hablar de persuasión ni subrayar la dimensión argumentativa de esas narraciones”. Hasta hace poco -y es una dirección en la que esperamos empiecen a cambiar las cosas- la mayoría de los autores no hizo sino recordar, en el mejor de los casos, que existía una retórica “presente en unos textos que hasta el momento se habían presentado como relatos objetivos y neturos, sin matices persuasivos”. Esto es así, en buena medida, por la tácita identificación de texto periodístico y texto informativo, o, todo lo más, interpretativo (el reportaje) que han hecho desde los años 20-30 hasta nuestros días sobre todo los epígonos de las corrientes estadounidenses, como si los textos solicitadores de opinión fuesen no solamente una parte muy importante de la historia del periodismo, sino una buena porción de los textos que cada día difunden los medos de comunicación. Prueba de ello es el desequilibrio que existe entre la abundancia de manuales e investigaciones dedicadas a los géneros informativos y la escasez, que sólo en estos últimos años se ha paliado en cierta medida, de textos dedicados a los géneros de opinión. Tal vez sea también reflejo de una especie extendida entre cierto sector de periodistas en ejercicio y, por ende, de profesores aún en activo en la profesión o con un reciente pasado de reporteros, para quienes los textos de opinión no los escriben, o al menos hasta ahora no los han escrito (¿y, por lo tanto, no deben escribirlos?), periodistas, sino “otros especialistas”, géneros que no son objeto de su atención académica, o lo son menos que los géneros informativos.

Estos mitos, como todos los mitos útiles en su momento, pero cuando menos parcialmente falsos, deben ser rotos en nuestras facultades. Por eso es motivo de alegría la publicación de un libro como el de Fernando López Pan, riguroso en sus planteamientos, basado en el análisis de una columna de personalidad, “Hilo Directo”, que Pilar Urbano publica en El Mundo. El autor elige esta columna, y no las de otros autores como Francisco Umbral, Jaime Campmany y Manuel Vicent, que fueron desechadas, por dos razones: porque ésta de Urbano se basa, sobre todo en sus primeros tiempos, en la información -y se rompe así el mito que separa tajantemente, muy en la línea anglosajona, a ésta de la opinión-, y porque le permite exponer la importancia del ethos, de la personalidad y la autoridad del rétor, del periodista en este caso, en la persuasión. Y así, asegura el propio autor que “me parecía que daba un gran paso a la hora de definir la naturaleza retórica de la propia columna y, por ende, de la columna como tipo de texto periodístico”.

Como expone López Pan en su introducción, es muy de agradecer que la primera parte de sus tesis, y de este libro, esté dedicada a “elaborar una noción de ethos sólida desde una perspectiva teórica -es decir, unívoca y bien fundada- y operativa”, lo que ya de por sí habla a las claras del cientifismo de su trabajo, por supuesto discutible como cualquier otra obra del espíritu humano, actitud científica que no siempre es habitual en los trabajos sobre Redacción, donde la ambigüedad y la -ahora sí- vana y vaga retórica, en su sentido más decadente y formalista, son habituales. Partiendo de la obra de Aristóteles, molde en que se fija la Retórica clásica, y usando varias ediciones (lo que es también loable desde el necesario espíritu crítico que debe rodear a la ciencia), López Pan hace un repaso por los modernos compendios retóricos, en especial el de Heinrich Lausberg y, por supuesto, la Nouvelle rhétorique de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca y las obras del Grupo m. Fernando López Pan, que confiesa haberse fijado en la importancia de la audiencia, y que maneja bibliografía abundante sobre el tema, desecha luego por poco operativo al efecto de su estudio -aunque sin rechazar su aplicación al periodismo- este concepto, para centrarse en el de ethos. Es significativo que, a pesar de la escasez de textos que citan este concepto que ya recogía Aristóteles, López Pan haya encontrado algunos autores norteamericanos como T. Enos que sí fijan su atención en él.

Sería prolijo detenernos aquí en exceso en la descripción de este concepto, más científico y depurado que el de “importancia de la personalidad del periodista” que citan los manuales más clásicos, y que no por obvia dejaba de merecer un estudio como éste. Noción que López Pan relaciona también con la de “autor implícito”. Ciertamente, creemos que merece la pena aproximarse a este volumen del profesor López Pan, sobre todo a la primera y cuarta partes del mismo, en la que se dejan sentados los conceptos sobre los que el autor trabaja. Las otras dos partes, el estudio pormenorizado de la obra de Pilar Urbano, sirven para demostrar la aplicabilidad de los métodos de Fernando López Pan, y la posibilidad de que hasta los textos más supuestamente basados en pautas intuitivas esconden todo un entramado, una estrategia retórica que la investigación puede desentrañar y la docencia enseñar. Y ello a pesar de que la propia Pilar Urbano -y ello demuestra una vez más que debemos huir de posturas irreconciliables, y que las cosas nunca son blancas o negras-, en una entrega precisamente de su columna que se reproduce al comienzo del libro, sea de aquellas periodistas de raza que siguen “pensando que la mejor escuela de un periodista es la calle, es la Redacción, es el teléfono, y es una casa atestada de libros leídos y releídos”.

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