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Miedos

14 Diciembre 2009 – 09:46 | Sin comentarios | Por David Barreiro

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Las mejores cualidades, un supuesto don divino, la selecta formación o el talento innato pueden no bastar para alcanzar lo que nos proponemos, para llegar al lugar que deseamos. En ocasiones todas esas virtudes no son más que papel mojado ante aquello que nos somete sin indulgencia alguna: nuestros miedos.

Walter L. Gámez era el boxeador perfecto. Criado en los callejones, amasado en un gimnasio de periferia y pulido en la escuela de Rai Fico, subía al cuadrilátero sin más preocupación que haberse dejado la ropa tendida ante la lluvia inminente, con cara de sueño y la povisa en el calzón del último cigarro fumado a hurtadillas de Fico en el vestuario.
Una vez que el árbitro se retiraba, Walter comenzaba a bailar claqué sobre los botines, desplegaba su muestrario de golpes hermosos y certeros y sonreía al son de la música que sentía emanar de unas cuerdas que nunca besaba y que para él eran el pentagrama en el que se escribía la melodía de sus combates.

El instinto y una liviandad impropia de un pesado le llevaban a irse a casa intacto como nieve virgen después de cada pelea. Solo una vez, la última, Walter escuchó la cuenta con la cara sobre la lona. Fue en un combate frente a un mexicano de actitud y cuerpo rácanos que le abrió una ceja intentando defenderse de uno de sus complejos ataques en el segundo asalto. No sangró mucho, pero sintió que la vida se escabullía por aquel hilo rojo que atravesaba su pecho, bajó los brazos y el mexicano aprovechó para dejarlo en un trapo y reventar las apuestas.

Walter nunca más se subió al ring, a pesar de que lo trataron los mejores psicólogos, psiquiatras y camareros de la ciudad. Uno de ellos dijo:

– Es un caso perdido, su hipocondría estaba latente, pero se manifestó al ver la sangre y ya nada quitará de su mente esa imagen.

Lamentablemente, sus puños ya no son más que palomas mojadas y acurrucadas bajo la lluvia.

Walter colgó los guantes y suspendió varias veces una oposición a funcionario de Correos antes de arrojarse al vacío desde la azotea de la pensión en la que vivía. Dicen que, para su tranquilidad eterna, no brotó ni una gota de sangre de su cuerpo aplastado contra la acera.

Pienso en Walter L. Gámez ahora que creo tener tantas cosas que contar como temor a que tú las leas.

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