Las manos inútiles
Suena absurdo, lo sé. Hasta un poco macabro y paranoico. Pero no lo puedo remediar. De vez en vez me da el pronto y comienzo a darle vueltas al perolo sobre qué serÃa de mà si empezaran a caer bombas sobre las aceras de mi barrio. Y aunque suene masoquista pienso en el trabajo. ¿En qué podrÃa trabajar yo si estuviéramos en guerra, o viviendo en una situación de catastrófica emergencia? Quizá podrÃa dedicarme a contar cuentos, o a escribir lo que sucede para que nadie pueda leerlo jamás. Descarto jerarquizar contenidos para una web institucional, casi tanto como escribir guiones para unas imágenes que no podrÃa grabar ni emitir. Y me doy cuenta de que apenas sé hacer nada práctico, nada útil para los momentos en los que uno se encuentra con su realidad a pelo, sin la parafernalia que justifica una vida en la que las manos apenas si cuentan para teclear, gesticular adecuadamente y cambiar de canal o pasar la página de un libro.
No es una inquietud nueva. Desde la adolescencia me ronda periódicamente este asunto de la inutilidad de las manos, de la necesidad de saber hacer algo con ellas, de poder ofrecer a los demás alguna habilidad que no tenga que ver con la cultura y el conocimiento. Y aprendà a cortar el pelo.
Desde hace más de veinte años soy el peluquero de mis familiares y amigos. Algunos me llaman menos de lo que necesitan porque no quieren molestar más de la cuenta y saben que no ando sobrado de tiempo. Otros, como mi padre, aprovechan casi cada encuentro para que les haga unos arreglos y echar asà una parrafada serena.
Tengo montada una peluquerÃa en mi trastero. Con espejo, navaja, varias tijeras, peines y cepillos. Baberos para el cliente y hasta una chaquetilla blanca de las que llevaban los clásicos en Madrid, los peluqueros que siempre tenÃan la radio puesta y un gran cilindro giratorio de colores caramelizados en la puerta.
La peluquerÃa de mi casa es una excusa para ver a los que más quiero, para convertir el acto de cortarse el pelo en un encuentro de confesiones y declaraciones de sueños frustrados, de proyectos en marcha y preocupaciones estancadas.
Parece una tonterÃa pero cortar el pelo me hace sentir útil. Mucho más que escribir guiones para que me dé de comer la tele o una columna biográfica sin interés crematÃstico.
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