Cariño
– Nos queda el cariño – dijo, y miró por la ventana pensando en otra cosa.
Se equivocaba. Nos quedaba también la inercia, el pasado, las fotografÃas rotas o descoloridas o aún sin revelar, nos quedaban un par de canciones y sus versiones electrónicas, nos quedaban los desayunos de los domingos en una cafeterÃa cercana que ya no existe, las ganas de irnos lejos, de cambiar. Nos quedaban, claro, los muebles, el espejo del baño, la llave del buzón. Nos quedaban las ganas de vomitar. Nos quedaban un par de sonrisas, un puñado de peleas, años de desprecio. Nos quedaba la capa de grasa acumulada sobre la vitrocerámica, la nevera vacÃa, el sofá de Ikea con el tornillo dando vueltas en su interior. Nos quedaban espaldas, párpados, silencios. Nos quedaban los residuos, los desechos, los despojos, nos quedaban ellos y nosotros, nos quedaban los flecos del calendario, la crema de noche, la chica que fuma en el balcón. Nos quedaban las colillas, la ceniza, los rescoldos, Nos quedaba la derrota, la venganza, el horror, quedábamos ella y yo, sombras de nosotros. Nos quedaban las palabras que traicionan, las lágrimas que no brotan, la radio averiada en el salón.
– Cariño – repetÃ, pensando en ella, recibiendo su beso en un lugar nuevo y desconocido de mi cara y viéndola salir dejando la puerta abierta en metáfora que se diluyó cuando la corriente (la misma que nos habÃa arrastrado hasta allÃ) la cerró de golpe y me recordó que tiempo era lo único que ya nunca nos quedarÃa.
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