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País de capullos

Escrito por gorkadiez el 9 Noviembre 2009 – 18:33Sin comentarios

Que actual que suena aquella canción de Sabina del 94 que arrancaba con un “el más capullo de mi clase, / ¡qué elemento! / llegó hasta el Parlamento”. Y es que ya no es sólo que haya diputados que no saben “ni dibujar la o con un canuto”, sino que a veces da la impresión de que para llegar a las más altas esferas del poder, ya sea de un partido político, de una televisión, de una organización empresarial, de un sindicato o de la asociación de vecinos de tu bloque, es requisito indispensable tener orejas de burro o de zopenco. Ahí tenemos el ejemplo de Pepe Blanco, que nunca terminó su carrera de Derecho pero hoy es uno de los mandamases de un Gobierno que sigue tratando a ciegas de poner fin a la crisis con mucha cara de esperanza pero ninguna solución. O el de Rajoy, que sí que terminó Derecho (y hasta se convirtió en el español más joven en sacarse una plaza de Registrador de la Propiedad) pero a quien lo único que parece dársele del todo bien frente a una cámara es fumarse un puro. O el de todos esos ‘peperos’ que se han dejado pillar con las manos en la masa de la trama de Gürtel. O el de cualquiera de esos empresarios que, con todo su sentido común al poder, nos dicen que para que el paro disminuya hay que abaratar el despido. O el de todos esos directores de la tele-mierda en que se ha convertido la nueva chimenea de los hogares del españolito medio. O el de Ignacio Fernández Toxo, que en cuanto fue despedido de Izar Construcciones Navales se dio de alta como asalariado del sindicato (espabilado sí que es) y desde que asumió su cargo de máximo responsable de CCOO parece limitarse a ver caer trabajadores como moscas. “El 90 por ciento de los recursos de nuestro sindicato se nutre de las cuotas de los afiliados”, respondió hace poco en el programa ‘Tengo una pregunta para usted’ a un señor que cuestionó la independencia de las organizaciones sindicales frente a los poderes públicos. Habría que hacer cuentas pero la cosa parece, cuando menos, dudosa. Aunque su compañero de la UGT sí que no se queda corto, que ahí lleva el tío, desde el mismo año que la canción de Sabina como líder de la organización ugetista en España (tras su paso por otros cargos de liberado como los de secretario general de la UGT de Jaén y Andalucía y los de diputado regional y nacional por el PSOE) aunque el concepto que tiene de él la gran mayoría de los ciudadanos no vaya mucho más allá que el de un tipo cuyo rostro sale a menudo por televisión. Al menos a Fidalgo siempre se le recordará por aquella pedrada que recibió en 2003 de manos de un trabajador de Sintel, que ser la víctima siempre queda bien.

Claro que tampoco hace falta mirar hacia las capas más altas de la sociedad: con que uno se acerque a la ventanilla de una administración cualquiera del Estado, del Gobierno regional o de su pueblo, lo mismo que a la Secretaría de una Universidad o a un centro educativo cualquiera, no se ven más que incompetentes que te piden papeles y más papeles para cualquier cosa que quieras solicitar, como si su único deseo fuera marearte para que no les pidas nada. Y cuando les explicas que para obtener tal o cual ayuda has leído que no hace falta más que lo que ya tienen en sus manos te confiesan que no están muy al tanto de las nuevas normas que rigen aquello a lo que aspiras. Para qué reciclarse si las oposiciones ya las tienen aprobadas.

Qué poco ha cambiado este país no ya con respecto al 94, sino incluso en relación a aquella primera mitad del siglo XIX a la que un cabreadísimo Larra dedicó su histórico artículo ‘Vuelva usted mañana’. Doscientos años no es nada. Si al menos lo que buscara el ahora tan de moda nacionalismo exacerbado de ciertas comunidades fuera alejarse de tanta inutilidad sería comprensible su afán por la independencia, pero es que a lo que acostumbran precisamente los gobiernos autonómicos con sangre propia es a potenciar en sus respectivos territorios esa nulidad tan española para el trabajo bien hecho. O sea: que de capullos (o españoles, vamos) no nos salva ni lo autóctono.

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