Lejos de una rueda llamada ahora
Marta es incapaz de vivir en distancias cortas. Su percepción del mundo es de largo recorrido, siempre atenta a lo que será, a lo que habrá, a lo que estuvo. Tumbada en el sofá como una maja con pijama, con la televisión encendida y la campana del horno a punto de sonar, piensa quién habitará su minúsculo apartamento dentro de dos, cinco, diez años. Porque ahora huele a cordero asado, la lámina de Matisse se dobla sobre sà misma y en su barriga dormita una úlcera que pronto la llevará al hospital, pero ¿y mañana?
A Marta le gusta sentir el parqué frÃo en la planta de los pies y pasar la mano por el barniz rugoso del aparador de la salida (nadie lo ve al entrar, quizás porque nadie la visita). Pero es hacerlo y ponerse a pensar que ese momento ya ha pasado, que ella es otra diferente y que el mundo y la lavadora con la ropa de color no dejarán de girar.
Aunque Pedro se fue sin llevarse una copia de las llaves ni mirar atrás, deja en el armario un cajón libre que, cuando lo abre, despide el aliento de los dÃas de fuego y Avecrem, aquella época en que no precisaba de mantas ni guisos para ahuyentar el frÃo.
Marta piensa en ese tiempo dilatado, apenas unas semanas que se adhirieron a su piel como la mancha de humedad que le hace compañÃa en la pared del dormitorio y se imagina dónde estará el hombre que detuvo el tiempo y el espacio.
La campana del horno suena.
Marta no la oye.
Tiene los ojos cerrados, está muy lejos de allÃ.
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