Ruido
Uno acude al bar de debajo de su casa, ya sea al mediodÃa o a media tarde, con el necesario y oxigenante propósito de tomarse un café y olvidarse por unos instantes de los sopores del trabajo (hay que darle ratos libres al cerebro para alargar su productividad), pero enseguida comprende que no ha bajado sino al infierno al contemplar a su alrededor las mesas del local invadidas por jubilados y parados de avanzada edad que juegan su partida diaria al dominó y que con cada ficha que depositan, o mejor serÃa decir que lanzan, a la mesa, hacen un estrepitoso ruido que pone de los nervios y sitúan el descanso al borde de un ataque de nervios, de modo que lo que la inicial necesidad de café le acaba pidiendo a la camarera a gritos (de qué otra forma si no hacernos entender) es una tila.
–Oye, no seas tan fiero y deja tus fichas con menos insistencia, que tienes muy mala ostia –le dice uno de estos clientes a su compañero de mesa, licores y juegos, y por supuesto que comparto su observación, pero no parece ser que su partenaire le haga caso alguno porque ahà sigue el tÃo dándole y dándole a la partida con una fuerza que qué miedo que da. Ni lectura de la prensa ni vistazos al televisor ni mirada de reojo al escote de la camarera: en un ambiente asà lo mejor es guardarse el monedero en el bolsillo y marcharse con las monedas a otra parte. Lo lógico serÃa hacerlo dando un portazo que hiciera pública nuestra indignación ante tanto escándalo que hace que la tregua se nos atragante, pero cómo hacer llegar nuestro mensaje a quienes están tan acostumbrados al ruido que hace tiempo que perdieron su capacidad de escucha.
Al volver a casa enciendo la serena Radio-3 y me hago un café con el que salgo a la terraza para tomar el aire. Y aunque el ruido también está ahÃ, en la carretera, con coches y más coches contaminando la tranquilidad, al menos la cosa no es tan descarada como la fiesta que se juega en el bar. Y me da por pensar que, bueno, al menos esos señores que desfogan con el dominó el resquemor acumulado en su monótona vida sin otra cosa que hacer llegarán a casa con las ansias satisfechas y no osarán en levantarle la mano a su mujer ni pegarle un grito amenazador. Pero a saber. Que a ciertos incivilizados no hay golpe sobre la mesa que les calme, y la violencia de género sigue siendo noticia en los medios de comunicación de cada semana, si no de cada dÃa. Y eso sin contar el maltrato psicológico que corre por las habitaciones conyugales del supuesto amor firmado para siempre ante el altar. HabrÃa que recordárselo a ciertos clientes de los bares, pero a ver cómo nos hacemos entender, con tanto ruido, con tantas orejas que parecen sumergidas en el mar de otra copa de coñac y nada oyen.
Popularidad: 1%
No hay contenidos relacionados.
