El Yiyi
“Pero tío, ¿tú dónde vivías?” me soltó mi compañero después de entrevistar a un preso en la cárcel de Valdemoro. Y es que, cuando apagamos la cámara, no pude menos que decirle al “Yiyi” que la mención a su banda nos encogía el escroto a todos los niños del barrio, y eso que nosotros teníamos entre San Blas y Canillejas a auténticos delincuentes juveniles ochenteros como “el Carlin”, “el Padilla”, “la Maganto”, “el Pirri”, “el Kung-Fu” y toda una serie de macarras a los que veíamos cada día levantando bugas, derrapando delante de los maderos y metiéndose en vena todo lo que malvendían fruto de sus fechorías y su mala gestión comercial. Todos ellos murieron de sobredosis. Sin embargo ahí estaba “el Yiyi”, uno de los chorizos más precoces y temidos. Con 17 años lideraba una de las bandas que más bancos atracaba en el sur de Madrid. Antes de alcanzar la mayoría de edad había recaudado más de nueve millones de las antiguas pesetas de los años ochenta a punta de pistola. Le detuvieron en la calle, antes de que se metiera todo el parné en caballo. Luego cayó el resto de su banda. Algunos eran auténticos profesionales del hampa con más callo carcelario que el conde de Montecristo.
“Yo era muy amigo del “Fiti”. Era mi vecino”, le confesé al Yiyi. “Qué mala suerte que tuvo. Toda la vida chutándose y va el tío y se mata en un accidente de coche. Qué paradoja, ¿no? Un tío experto en conducir como un Fitipaldi y se mata porque va de copiloto”.
El cámara mira el reloj y me espeta: “Pero tío, ¿tú donde vivías?” Es entonces cuando me entra un latigazo de añoranza y caigo en la cuenta de que mi barrio, un arrabal del Madrid de la movida, era un lugar poco recomendable para criarse en la calle.
“Pedro, ahora que el Yiyi ha muerto, ¿qué vas a hacer con tu vida?”, le iba preguntando al terror de mi infancia mientras nos acompañaba a la salida del centro penitenciario Madrid III. “Pues ahora voy a empezar a vivir como una persona normal después de cinco o seis sentencias, de casi treinta años de cárcel, de conseguir dejar las drogas y de aprender a abrir el frigorífico, a freír un huevo y a no tener miedo de asomarme a una ventana sin dejarme los cuernos en los barrotes”.
Estoy seguro de que lo conseguirá. “El Yiyi” es un milagro andante, un hombre que ha resucitado después de matar su pasado, de cumplir con la sociedad y de partirse el pecho para que le demos una nueva oportunidad.
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