El cuarto café
De mi paso por la universidad apenas si recuerdo algunas frases que me han servido a lo largo de toda la vida. No hace mucho, hablando por teléfono con un antiguo compañero de pupitre, un amigo con el que me unen más lazos que a mis propios hermanos, comentábamos nuestras vidas y sacábamos a colación una de esas sentencias que a ambos se nos tatuaron en la parte inferior del alma: “Al cuarto café, estás perdido”.
La frase la repetía una y otra vez un profesor que sabía más por viejo que por catedrático. Se refería el insigne maestro a las citas de café con la misma chica. Según su teoría, al cuarto café, la cosa se ponía crítica y acababa entre las sábanas con los consiguientes daños colaterales para uno, otro o los dos.
No hace mucho, ya digo, cuando charlábamos por teléfono, mi amigo Bruno recordaba entre risas esta sentencia lapidaria y la aplicaba a su situación personal. Acaba de salir de una relación larga y complicada. Un tormentoso lío sentimental de varios años que, por el momento, se ha roto definitivamente hasta nuevo aviso. Para superar la pérdida y el duelo no se le ha ocurrido nada mejor que tomar café repetidas veces con distintas mujeres. Conclusión: él tiene claro que un clavo saca otro clavo pero es consciente del dolor que va a generar a las diferentes contrapartes con las que se cafetea sin control.
“Me da que estas tías se están enamorando de mí”, me suelta con una mezcla de orgullo recuperado al saberse en circulación y temor por el daño que su afición cafetera causará en sus compañeras eventuales. Y los dos nos adentramos en una conversación pacífica y prolongada valorando los pros y los contras de sus andanzas por los cafés de medio mundo.
Mi amigo Bruno, al que me unen más lazos que a mis propios hermanos, se merece una mujer buena que le quiera sin condiciones. Por ahora sólo ha tomado tres cafés con cada una de ellas. Ahora la decisión está en sus manos.
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