Ángel González en Gran Hermano
El móvil
El teléfono móvil, por mucho que le queramos dar un premio Príncipe de Asturias, ha hecho mucho daño. No sabes tú cuánto. Hay películas que hoy no existirían si en su día se hubiera inventado el teléfono. Argumentos de tensión que se habrían caído, zas zas, si el prota hubiera sacado el teléfono del bolso y hubiera marcado para llamar a la policía, a una ambulancia, a papá para que le vaya a buscar a la fiesta. Piensa en la de películas que habría destrozado un teléfono móvil. Aún hoy, los guionistas tienen que echar mano del viejo recurso para salvar la encerrona en la que se han metido. Estás viendo la peli, ¿no? Y siempre te preguntas, pero éste es tonto, que coja el móvil… Y como el guionista, en un determinado momento, se ha dado cuenta de que tarde o temprano te lo acabarás preguntando, recurre al tópico: “Oh, no, Johnny, me he quedado sin batería” o el otro clásico: “Mierda, no hay cobertura”. Suele pasar. Sin embargo, el móvil también da momentos gloriosos. Una de las cosas que más me gusta de la serie Cinco Hermanos (Brothers & Sisters), y mira que me gustan cosas de esta serie, es cuando los Walker se enzarzan en una charla/discusión/pelea teléfonica, con los móviles por los aires, desde la oficina, la cocina, el despacho, intercambiando líneas, manteniendo dos, tres conversaciones a la vez, montándose un partyline divertidísimo en el que cada línea de guión es un gag, un chiste, un puñetazo a lo más sentimentaloide. En fin, sólo por eso vale la pena el teléfono móvil. Por eso y por libros como Fama, que acaba de publicar Anagrama. El autor es Daniel Kehlmann. De momento sólo he leído dos capítulos/cuentos, pero en cuanto termine de escribir estas líneas me voy a lanzar como loco a ver si me lo termino. Y aquí el teléfono móvil no es sólo fundamental, sino que se convierte en estrella del libro, en el principal protagonista, en el personaje sin el cual no existiría la historia. El primer relato es la historia de un hombre al que un día llaman por teléfono preguntando por una persona que ni siquiera conoce. Esas llamadas se repiten de forma sistemática. ¿Está Ralf? Cansado de decir que no, que allí no hay ningún Ralf, que le dejen en paz… nuestro prota decide asumir la personalidad de ese desconocido y mantener conversaciones como si fuera Ralf. Y todo ello a espaldas de su familia, para que no piensen que les está engañando con su juego, para ocultarles que lleva una doble vida, que es Leo ante el espejo y Ralf cuando se mete dentro de él. El segundo relato apunta a algo parecido, cómo el teléfono móvil crea un círculo de privacidad no compartida, conversaciones personales, noticias recibidas que no se comparten con los que tienes al lado y generan desconfianza o engaño en quienes te rodean. ¿Quién te ha llamado?, te pregunta tu padre, la novia, el hermano. Nadie, no era nadie. Una tontería, contestas mientras tu mundo, recién acabas de colgar, acaba de desmoronarse.
La gota fría
Bendita sea la gota fría. Te lo digo en serio. Si no llega a ser por las lluvias asquerosas, torrenciales y puteras que este septiembre cayeron por Valencia (y que los que acabaron jodidos y con el agua hasta el cuello me perdonen la frivolidad), digo que si no llega a ser por esas tormentonas, no habría podido quedarme suspendido en un párrafo de Luis García Montero. Al tema. Mis tíos (unos de ellos, vamos) estuvieron la primera quincena de septiembre en Gandía. Sol, playa y gambitas, pensaron. Pero les pilló la lluvia. Una putada. Después de la paella, decidieron una tarde acercarse por el Carrefour para, no sólo hacer la compra de los próximos días si no, en fin, guarcerse de la lluvia y pasar un cuarto de tarde mientras fuera escaña. Bien. El caso es que entre yogures y leche pasaron por la sección de libros y pensaron en mí. Compraron uno. ‘Mañana no será lo que Dios quiera’, la biografía que Luis García Montero ha escrito sobre Ángel González. Una delicia. Hay un párrafo, un párrafo concreto casi al final del libro, que… El poeta se ha tenido que ir a un pueblo de León para respirar aire puro y sobrellevar lo mejor posible la tempranera enfermedad. Allí (como no había teléfonos móviles, tú sabes) se entretiene escribiéndose cartas con los amigos. Y de esas cartas nace una revista (fanzine se llamaría hace unos años, hoy sería un blog colectivo o así) que llamaron ‘A Páramo de Sil’. El último número de esa revista está fechado el 1 de abril de 1946, pero llega a la historia años después, cuando el poeta, a unos meses de morir, décadas después, se lo enseña a su biógrafo. Y García Montero reproduce un artículo en el libro. El último artículo que se publicó en esa revista. Es fantástico. Todo aquel que haya escrito y guardado sus letras en un cajón, todo aquel que un día encuentra una carpeta con párrafos que creía muertos y resucitan, todo aquel con cuentos enterrados y fotografías en sepia comprenderá la sonrisa vital que despierta este fragmento de ‘Mañana no será lo que Dios quiera’.
-Sí, anciano, sí. Esto era lo que tú escribías cuando tan sólo ostentabas veinte abriles en el padrón municipal. ¿Ridículo, eh? Sí, pero recuerda qué alegría tan sencilla tenías cundo contemplabas tu obra terminada, y cómo te recreabas leyéndosela a tus amigos. ¡Y una vez creíste que podrías llegar a ser un genio de la literatura o de la poesía! Pero ahora no debes decir ¡Niñerías! No, no debes decirlo. Eso que leíste es más tú que tú mismo… como eres ahora. Piensa que todo esto cumplió su cometido maravilloso en una época de tu vida, el mismo cometido del primer beso y hasta del a primera purga. Así que cierra un rato los ojos, admira a aquel jovenzuelo que escribió todo eso…, y entonces, si aún queda algo de tu antigua savia, probarás a escribir otra poesía. para ti es la página en blanco que hay a continuación: para ti y para todos vosotros. Dentro de cincuenta años”.
Bendita sea la gota fría.
Gran Hermano
Lo mejor de Gran Hermano es que ya no es la vida en directo, sino un artificio gigantesco. Una programadísima cámara oculta que busca la carcajada sin rubor, o algo por el estilo. Ya no basta la sosería sexualmente activa de los concursantes, ahora hay que descolocarles con truquitos de cámara oculta, a ver cómo reaccionan. A ti te meto en una casa espía para que espíes a unos tipos que saben que son espiados por otras cámaras pero no por otros compañeros, a ti te dejo sola para que entren unos zulúes a ver cómo reaccionas, a ti te encierro en una sala para que no sepas que al otro lado hay otro compañero tuyo, en otra sala, que no sabes que tú estás allí. A ti te hago creer que hay dos, tres, cinco casas de Gran Hermano paralelas para que elucubres sobre tu lugar en el universo. Lo mejor de Gran Hermano es ese juego de despiste con los concursantes, conejillos de indias que van dando vueltas sobre la misma rueda de plástico mientras nosotros nos reímos desde el exterior, desde este lado de la ventana de Johari (jeje, un saludo a Rosa Pinto, alguno ya sabe por qué) donde la información es poder y nos hace sentirnos menos tontos. ¿Es denigrante Gran Hermano? ¿Es telebasura? Posiblemente. Pero qué bien hacen algunos la mierda… y cómo nos lo pasamos retozando en ella.
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