Alazne y Nagore, las hermanas Grimes
Las hermanas Grimes
Rosa Montero escribió en Babelia, en el mes de mayo, que “si estás deprimido, lo que se dice verdaderamente deprimido”, mejor es no leer ‘Las hermanas Grimes’, de Richard Yates. Vale. Yo no estoy deprimido, pero el perfume melancólico de ‘Las hermanas Grimes’ cayó derramado en el sofá. Un sofá que ha cogido mi forma esta tarde de sábado donde todavÃa hace bueno en la calle, llueve en los aburridos partidos de fútbol de la selección y las casas comienzan sorprendentemente a quedarse frÃas. El cine (género narrativo que apenas frecuento, hace meses que no veo una pelÃcula… y no exagero) tiene un fenómeno fantástico, y es el de recuperar para las librerÃas novelas que parecÃan olvidadas. Un estreno cinematográfico de relumbrón suele venir acompañado de escaparates de celofán donde los libros inspirados se exhiben como reivindicando su lugar. A mà me jode soberanamente cuando los editores creen que la mejor manera de vender un libro de McEwan es poner una foto de Kate Winstlet en la portada. Me jode y procuro buscar ediciones donde no hay actrices de Hollywood en las portadas (desgraciadamente, no siempre lo consigo). Ahora bien, mola que determinadas pelÃculas pongan de moda determinados libros. O autores. Ocurrió la pasada primavera, por ejemplo, con Richard Yates y su fantástica ‘VÃa Revolucionaria’. No he visto la peli. Pero me devoré el libro. Y me gustó tanto que compré entonces ‘Las hermanas Grimes’, el libro que los suplementos culturales de los diarios promocionaban junto con ‘VÃa Revolucionaria’, como si fueran un pack 2×1 y se aprovechara la promoción cinematográfica para vaciar los fondos de existencias literarios. No sé. El caso es que leà en el momento ‘VÃa revolucionaria’ y el otro fue a parar al altillo de mi armario, donde se acumulan libros comprados y aún no leÃdos. Este fin de semana, la mano ciega con que suelo elegir libros pendientes sacó ‘Las hermanas Grimes’ y sólo puedo decir: ¡Guau! Me fascina que con una escritura tan aparentemente sencilla, sin alharacas, sin fuegos de artificios literarios, sin metáforas pomposas se pueda contar tanto. Acabo de buscar en Internet el artÃculo de Rosa Montero que comentaba antes y le voy a robar una frase. “Las existencias que describe (Yates en ‘Las hermanas Grimes’) son diminutas, pero están tan llenas de deseos y esperanzas como las de las personas más prominentes. El fuego de la vida arde igual para Alejandro el Magno que para el individuo más modesto, y esta mezcla tan humana de lo Ãnfimo y lo enorme es lo que hace que la obra de Yates resulte formidable. Como demostró Flaubert con Madame Bovary, los buenos escritores son capaces de hacer novelas muy grandes con personajes muy pequeños”. Y con detalles, supongo que insignificantes. Yates pone el foco en Emmy y a mà me gusta la forma indirecta en la que nos cuenta la vida de Sarah, que aparece en el relato a través de cartas, de llamadas telefónicas, de visitas esporádicas. Sarah se presenta como una persona al otro lado del telón del que sólo de vez en cuando vemos su soledad acompañada como una sombra chinesca. La tragedia más allá de la ventana. Apenas mostrada o insinuada. La vida de Sarah contada a través de una dentadura que requiere aparato mientras crece, que se muestra estropeada y negra cuando su matrimonio se comienza a pudrir y que se convierte en algo artificial al final de sus dÃas. Sarah sin dientes pero con dentadura postiza, postrada en un sofá mientras su familia (también postiza, un amor de cartón piedra) deambula a su lado sin pedir perdón. Acabo de terminarla y me he lanzado a Internet para buscar lo que otros lectores han escrito sobre ella. Y descubro esto, escrito por Manuel Hidalgo en El Mundo: “Woody Allen la admiraba y la cita en Hannah y sus hermanas. Nick Hornby -con su humor negro- la puso en manos de una de sus mujeres suicidas en En picado”. Aquà dejo el primer capÃtulo, pero aviso, como empieces a leerlo, no podrás dejarlo.
Gabineteros
Empecemos escribiendo que soy un histórico oyente de ‘La radio de Julia’, hoy ‘Julia en la onda’. Antes, durante la época universitaria, lo escuchaba casi a diario. Incluso lo grababa. Me fascinaba el programa, sobre todo El Gabinete, una sección fantástica donde se tomaba un tema de actualidad como percha para alzar el vuelo y hablar de las cosas verdaderamente importantes, para filosofar sobre lo cotidiano, para buscarle la punta a las noticias aburridas y grises de los periódicos. Hoy escucho menos el programa (ay, el trabajo), pero de vez en cuando me voy al google reader para bajarme los gabinetes en mp3. La cosa ha mejorado este año. Julia se ha desentendido de los gabineteros más insulsos (Begoña Aranguren, Zoido Naranjo) y ha mantenido tipos interesantes con otros que no lo son tanto. Me gustan especialmente Julián Casanova, Jesús de Miguel, Jorge Waggensberg… pero añoro extremadamente aquel gabinete de altos vuelos con Manuel Delgado, con Almudena Grandes, con Luis Antonio de Villena… donde el tema era una excusa para escaparse de la realidad. Los gabineteros de estas últimas temporadas no consiguen ahondar en los asuntos, sino que se quedan en la espuma triste de los titulares. Pilar Rahola, Elisa Beni, Sánchez Dragó están tan contaminados de actualidad, del columnismo del funcionariado, que rara vez cuentan algo que vaya más allá de lo trivial, de la tertulia bucle que puede escucharse a todas horas en todas las emisoras. La última decepción ocurrió la semana pasada cuando, al hilo del caso Gürtell y de la reacción de Rajoy se habló de la indiferencia como estrategia polÃtica. Atención al tema, la indiferencia como estrategia. Los tertulianos (que no gabineteros, ay qué tiempos) se enrocaron en lo de Correa, en la corrupción polÃtica, en lo bien o lo mal que lo hace Rajoy. Y se olvidaron de sacarle punta al tema. La indiferencia como estrategia. En épocas anteriores, Manuel Delgado habrÃa hablado de la indiferencia en el amor (ese adolescente que pasa de la chica que le tira los tejos), de la indiferencia en la amistad, de la indiferencia en el trabajo. La indiferencia como estrategia para conseguir lo que se quiere, por ejemplo. Sólo cuando el Gabinete toma esos derroteros, cuando se escapa del cliché manido de tertuliano para todo es cuando de verdad merece la pena escucharlo. Lo demás, es un corrillo a lo Luis del Olmo. O a lo Jordi González, que no sé lo que es peor. Da pena que el programa de la Otero (por no saber sobrevolar sobre el comnetario obvio y fácil) termine siendo un más de lo mismo.
Malas malas
No soporto a Alatzne y Meritxell, la madre e hija de PekÃn Express. Creo que no soy el único, porque si pones en google ‘No soporto a Alatzne’ te salen un montón de entradas. Mola. Precisamente por eso, quiero que se queden hasta el final del programa. Los malos son odios como personajes, pero dan tanto juego. DinastÃa comenzó a remontar cuando llegó Alexis Carrington y aquÃ, a las primeras de cambio, nos cargamos a los malos. Mira a Nagore de Gran Hermano. Los malos no gustan en los reality, pero ponen tanta pimienta a la cosa… Alatzne y Meritxell a la final, pero eso sÃ, que no ganen. Estoy deseando ver el ataque llorica de la niña al ver que quedan segundas. SÃ, qué pasa, yo también tengo mi puntio de maldad. Jijiji (me rÃo mientras me froto las manos).
Popularidad: 1%
Te puede interesar...
