2016
Con la crisis que tenemos encima, le hubiera venido muy bien no sólo a Madrid, sino a España entera, que el COI eligiera nuestra capital para organizar las Olimpiadas de 2016. Pero no ha podido ser porque, en toda competición, sólo puede haber un vencedor: al resto, por muy lejos que haya llegado y lo mucho y bien que le haya dado al curre, no le queda sino morder el polvo de la decepción por lo que pudo haber sido y ya no será hasta por lo menos dentro de once años, que ahí es nada.
En la tarde del pasado viernes, pasadas las dos primeras cribas y ver cómo Tokio y la Chicago de Obama se quedaban en el camino, seguro que muchos de nosotros, nos guste el deporte o no, empezamos a pensar en que, por qué no, a lo mejor podríamos acercarnos por primera vez en nuestra vida a unas Olimpiadas, y presenciar en vivo y en directo algún económico partido de Baloncesto o una competición mañanera de atletismo sin finales de alta expectación que engorden el precio de la entrada. Pero fue escuchar el nombre mucho más largo de esa otra ciudad que teníamos en frente que se nos hizo añicos un sueño que desde luego no ha debido salirle nada gratis a los madrileños (aunque al menos habrá generado sus puestos de trabajo), sin otra alternativa que volver a hundirnos en el sofá de la rutina insípida de octubre.
Zapatero, que con una acertada metáfora se ha situado a sí mismo en “la banda ancha del optimismo”, ha vuelvo a pecar de un ilusión ingenua que más le valdría guardársela en su fuero interno y perdido una buena oportunidad de maquillar el menú a pan y agua que se sirve en los hogares de la crisis. Y en cuanto a Gallardón, no es que haya que echarle en cara que haya concurrido dos veces consecutivas a una batalla tan complicada, pero sí que se creyera tanto lo del triunfo, que cuando se entra en un juego en el que se apuesta al todo o nada hay que tener bien claro que estadísticamente siempre hay más posibilidades de caer derrotado que de subir al podium desde el que se canta la victoria.
Lo mejor de esta cura de humildad para este país malacostumbrado a ganar en fútbol, baloncesto, tenis y no sé cuántos deportes más, es esa unidad que en Copenhague vimos entre los políticos de uno y otro bando, que por fin dieron tregua a los dardos envenenados que se lanzan cada día en pos de un objetivo común. A ver si ese consenso lo toman como ejemplo los socialistas y ‘populares’ castellano-manchegos, que parece que por fin van a aparcar sus discrepancias y enlazar sus manos en un apoyo conjunto, y con la correspondiente financiación, a la candidatura de Cuenca a la Capitalidad Europea en 2016. Ya parece encaminada la puesta en marcha de una Fundación y, aunque hay otras ciudades que nos llevan ventaja, todavía es posible al menos intentarlo. Aunque, sobre todo, ojalá que los dos grandes partidos trasladen esa proximidad mostrada en la capital danesa a otras cuestiones mucho más trascendentes para el futuro de este país como la búsqueda de soluciones a la crisis. Qué bueno sería que el desarrollo económico de España les uniera tanto como la pasión que sienten por el deporte.
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