Yibrelta
Lo tenía planeado mucho antes de que Moratinos decidiese romper con la historia de los últimos tres siglos de nuestro país. Trescientos años de ocupación que se cumplirán en 2013, cuando los 30.000 nativos de la roca celebren el aniversario del Tratado de Utrech que les permitió perforar el peñón de la bahía de Algeciras. Sin duda, un lugar estratégico para el control del Mediterráneo y un paraíso para los piratas de las finanzas que se dedican a blanquear los dividendos procedentes del tráfico de armas, los narcóticos y la trata de seres humanos. El delirio de los bancos, los bufetes de abogados, las empresas interpuestas y la ingeniería financiera. Una cueva de ladrones.
Decía que lo tenía planeado porque este año, cuando decidimos ir a Cádiz, mi único objetivo era visitar este rincón británico de poco más de dos kilómetros cuadrados en el que el surrealismo es el pan nuestro de cada día. Y como el destino de las coincidencias providenciales siempre tiene un porqué, a mí se me fueron acumulando. A la visita del ministro de exteriores español a la piedra de los 300 monos, se sumó la lectura de la tercera y última entrega sobre mi querida Lisbeth Salander. Mi sueca favorita termina sus andanzas justamente en este rincón del planeta, alojada en The Rock Hotel y emborrachándose en el O’Connors Pub del puerto deportivo. Fue acabar la trilogía de Larsson y mandarme a Gibraltar, o como dicen los autóctonos “Yíbrelta”, la única colonia europea que viene a ser un chiste de tres siglos.
Cruzar la frontera, a pesar de las puertas abiertas y la Unión Europea, es ya una experiencia. Cada día 8.000 gaditanos de La Línea de la Concepción pasan a “Yíbrelta” para trabajar, sobre todo, en el sector servicios que atiende a los miles de turistas que llegan en crucero para hacerse fotos con los monos. Cuando la inmensa cola de coches avanza y llegas al puesto fronterizo, comienza el cachondeo gaditano con nacionalidad británica. Te piden que enseñes el deneí desde dentro del coche. Y ya está. A la roca. Pero ojo, hay que atravesar la pista del aeropuerto. El surrealismo es absoluto. Una barrera como la de los trenes baja para impedir el paso de peatones y coches cada vez que un avión despega o toma tierra en el aeropuerto que los colonos han construido sobre el mar de la bahía de Algeciras pasándose por el forro de los cojones la ley de costas.
Después viene la aventura de encontrar aparcamiento en un islote donde hay matriculados 22.000 vehículos. Al final el parking en altura de un shoping centre nos hizo el servicio. Y desde aquí a caminar por Main Street. Tiendas de tabaco, alcohol y perfumes. Más tabaco, más alcohol y más perfumes. Ni qué decir tiene que cargué el maletero de Fortuna fabricado en España que venden los ingleses de la roca a mitad de precio. Bobbys, cabinas de teléfono rojas, papeleras londinenses, señales de tráfico traídas de la Pérfida Albión… todo un decorado que movería al descojono si no fuera porque es real, porque en el móvil entra Gibtel y porque te hablan inglé y los precios están anunciados en libras.
Yíbrelta es un monumento a la mentira, un grano en el culo de Europa, una espinilla purulenta que merece la pena visitar por su historia, su acento, su mezcla y, sobre todo, por su bandera, roja y blanca, como el escudo de mi Atleti.
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