La Esteban, la fenómena
“Yo lo fiplo”, decía un compañero del ente público con una dislexia involuntaria y la rotundidad avalada por los miles de kilómetros tirando de rosca a sus espaldas. Como para no fliparlo. Atención: sólo el 2,2 por ciento de los encuestados por Sigma-Dos para el diario El Mundo dicen no tener ningún interés por “la Esteban” y “la Campanario”.
Después de leer el pedazo de reportaje del que se han hecho eco todos los diarios digitales, incluso los que se las dan de serios, no me queda otra que quitarme el sombrero que no llevo ante mi vecina de San Blas. Si hasta están escribiendo una tesis doctoral sobre el fenómeno. Bueno, la fenómena.
Reconozco que hasta hace un par de semanas, justo antes de iniciar mis vacaciones, yo pertenecía al 2,2% de los seres marginales que andaban despreocupados por los asuntos de la ex pareja del torero circense y la actual esposa del cateto de Ubrique. Menos mal que mi mujer, mis amigas y la gente de bien que me rodea ha detectado a tiempo el agujero negro en el que se movía mi existencia y han dado sentido a las tardes muertas dedicadas a la lectura, los ciclistas televisados y las siestas cronometradas.
Ahora, como digo, soy un ultra que sigue todos y cada uno de los movimientos de la fenómena. Sé si Andreíta se lleva bien con su madrastra (“la Campa”), si su padre la devuelve en pijama, si el primo de un cuñado que se tomó una cerveza en un garito cercano a la playa donde veraneaban la vio meterse una raya y si Hacienda le ha reclamado que aclare las cuentas de sus dos hipotecas y el cambio de cadena, de mentora y de productora. Preguntadme lo que queráis.
Vamos, que la fenómena se ha convertido en una parte indispensable de mi acontecer diario. Ya no me como el tarro pensando en si mi padre tiene que ir al médico, o si el embarazo de mi mujer está siendo un calvario. Ni siquiera me agobia llegar a fin de mes o que el Atleti esté sufriendo una crisis institucional que salpicará al equipo. Qué va. Ahora lo que me tiene en un sinvivir es que la fenómena coma pipas en un plató como una cacatúa, como un loro, como un monito de feria. Que mi vecina de San Blas me cuente por la tele que ha vuelto con su marido mientras su mentora actual, J.J. Tomate Vázquez, desmiente la reconciliación. He dejado de echarme la siesta para contar sus muletillas entusiastas, sus “¿vale?”, sus “¿mentiendes?”, sus alegatos a favor de la maternidad. Ya no veo las etapas de La Vuelta porque los ciclistas sólo saben pedalear. Ni siquiera abro un libro, me basta con oírla gritar.
Gracias a El Mundo, a Sigma-Dos y a Telecinco. A mis chicas y a Víctor Vela por haberme descubierto un personaje sin igual, por abrirme los ojos al verdadero espectáculo, a la televisión total, al “fiple” de la Esteban, a esta fenómena descomunal.
Popularidad: 1%
Te puede interesar...
