En Madagascar
Cuando mi jefe, dolorido y compungido, me comunicó que hiciera la maleta se me torció el gesto y aumentó considerablemente mi velocidad en sangre. Lo primero que pensé fue en mi Eva, que se llama Cris, embarazada de mi hija MarÃa; en la boda de mis primos Egoa y Carlos en las tierras vizcaÃnas que me vieron nacer por segunda vez; en el cumpleaños de mi hermano Ricardo; en el comienzo de la temporada de fútbol-7; en la cantidad de partidos de mi Atleti sin poder animar; en los proyectos que tenÃa que postergar y en el recién estrenado blog del programa de televisión que me lleva y me trae por esos pueblos de Dios.
Cuando leas esto, estaré en la isla roja, en Madagascar. Un paÃs insular con una extensión similar a la de nuestra patria. Durante 18 dÃas recorreré los basureros de su capital, Antananarivo, podré conocer a misioneros que se están dejando el pellejo por un pueblo, el malgache, que supuestamente nada tiene que ver con ellos. Viajaré dos dÃas completos en coche atravesando la isla para conocer los proyectos de desarrollo que la solidaridad española ha ido empujando a través de la ong católica de voluntarios Manos Unidas: escuelas, pequeñas empresas, viviendas, hospitales, colegios, barcos para pescadores, alguna que otra carretera y, con toda seguridad, más de un pozo que surta de vida los secos paisajes de esta isla africana.
Cuando le oà a mi jefe pronunciar Madagascar, no pude menos que recordar inmediatamente la pelÃcula de dibujos animados que vi con mi Eva, que se llama Cris, sonriendo con las manos cogidas. Seguro que también atravesamos alguno de los Parques Naturales de esta reserva biológica del planeta y tenemos ocasión de fotografiar y grabar animales que nunca habrÃa soñado con ver tan de cerca.
Cuando regrese a mediados de octubre, haré por releer estas lÃneas improvisadas. Y espero que mi jefe esté curado y animado; confÃo en que mi Eva, que se llama Cris, esté aún más feliz con el embarazo de MarÃa. Mis primos estarán felizmente casados en la tierra donde yo dà el sÃ. Mi hermano tendrá un año más; mis colegas del equipo habrán echado de menos a su pichichi, el Atleti estará arriba en la tabla y todos mis proyectos se retomarán como si no me hubiera ausentado.
Cuando vuelva y relea esta columna urgente, habré visto y oÃdo tantos deseos de futuro, traeré conmigo tantas miradas malgaches, tantos rostros con nombre y apellido, que no me quedará más remedio que rebelarme otra vez contra la injusticia escribiendo los guiones con las tripas para contagiar el deseo de un mundo mejor repartido.
P.D. Acabo de leer que el FMI ha condonado la deuda a los 18 paÃses más pobres del mundo. Madagascar está entre ellos. Ojalá sea el principio de una nueva humanidad.
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