El sentido común al poder
Del verano de 2008 los españoles regresamos sin ser conscientes de la de cagadas que nos iban a caer encima, con la agenda repleta de fiestas donde mostrar orgullosos las fotos de nuestro viaje sin cinturón por tierras de una prosperidad que parecÃa infinita. Pero cómo han cambiado las cosas. Ahora la palabra crisis resuena hasta en las playas de ese paraÃso que antaño era Benidorm y hemos vuelto de agosto con un dolor intenso en el estómago de tanto haber apretado el presupuesto de nuestra economÃa doméstica, morenos pero sin haber saciado nuestra sed de helados, cervezas y boquerones a granel, que cuando sólo los muertos tienen su futuro garantizado a ver quién se tira sin guardarse la ropa a la piscina del consumismo.
A la esperanza no invita un Gobierno que no sólo es que cojee por cada uno de sus ministerios, sino que ni si quiera da muestras de saber utilizar el bastón. Un dÃa se aprueba la reducción de 400 euros y al poco se dice que se va a suprimir. O se anuncia una subida de impuestos que al rato se niega. O se aboga por erradicar la publicidad de la televisión pública y de seguido se reconoce que hay que buscar nuevas fórmulas para dar de comer a las arcas del Estado. O sea, que o no se reflexiona o se utiliza la reflexión del culo. El sentido común al poder.
Puede que aquel Fondo de Inversión Local redujera el desempleo en los primeros meses estivales, pero se hicieron públicos los datos del paro de agosto y volvimos a las andadas. Ay, si ese dinero se hubiera invertido en ayudar a esas empresas que llevaban años cotizando y han acabado cumpliendo su amenaza de bajar el telón. Pero no conformes con pifiarla una y otra vez ahà siguen, tratando ahora de ganarse el aplauso del pueblo con eso de que no se va a abaratar el despido mientras frente a sus propias narices se siguen produciendo más y más despidos.
De sabios es rectificar, dice el dicho, pero cuando se tiene que andar rectificando tantas veces es que la sabidurÃa anda más perdida que un pin de la República entre las barbas que se nos ha dejado el rey Juan Carlos. Tal y como está el patio, a uno le da la impresión que de esta no salimos como no sea con los pies por delante. Que la solución, si es que la hay, pasa por la dimisión, al unÃsono, de todo el Gobierno de Zapatero junto a esa oposición cuya principal estrategia es la de confiar en que todo vaya a peor para que en las próximas elecciones la ciudadanÃa apueste por un cambio que en realidad no vendrÃa a traer sino más de lo mismo.
Puesto que esperar el adiós voluntario de tantos parlamentarios serÃa tan utópico como confiar en que el fútbol fuera desterrado de la televisión pública por más que ahora ya no exista ni la excusa de que propicia ingresos publicitarios (de alguna forma hay que mantener distraÃdo al pueblo y cada vez son más los que van a necesitar con qué matar sus veinticuatro horas libres de cada dÃa), qué bueno serÃa que los ciudadanos, ahora que están tan de moda los Expedientes de Regulación de Empleo, pudieran presentar un documento en el que abogaran por cargarse a todos nuestros representantes. Razones económicas y de falta de sentido común en el poder para que el ERE prosperara las habrÃa de sobra pero, claro, esto que digo no es más una quimera: por mucho que se nos llene la boca de palabras como democracia, participación, ciudadanÃa, etcétera, nuestro único peso a la hora de decidir quién gobierna y quién no es una papeleta que sólo se contabiliza un dÃa cada cuatro años. Y como todavÃa quedan casi tres para que España vuelva a celebrar la fiesta esa que dicen de la democracia, si queremos llegar vivos a la cita no queda otra que pedirle a la Virgen justo lo contrario de lo que lleva meses pidiéndole el PP: que esto de la crisis se acabe cuanto antes y el paÃs vuelva a la senda de los últimos años. Aunque tenga que ser por un milagro y no por el acierto de nuestros dirigentes.
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