La Breut
Reducir a Madame Breut al calificativo de puta era un error de calibre grueso, un ejercicio de simplificación similar a los que cometen quienes consideran a un niño como una persona a medio hacer, un huevo a la espera del punto de ebullición. Madame Breut ejercÃa el oficio más antiguo del mundo, pero casi nadie que se cruzaba en su camino la recordaba por ello. Era el tipo de mujer que vivÃa por encima de las posibilidades de cualquiera. No me refiero al dinero (que no le faltaba), sino a su excelsa formación universitaria, al metraje de sus piernas, a las lÃneas suaves y armoniosas que dibujaban las arrugas en su rostro. No era joven cuando la vi por primera vez y algo me decÃa que nunca lo habÃa sido, que siempre habÃa deseado alcanzar la edad con la que la conocÃ, superar los cincuenta con el sigilo que aportan la calma y la genética.
Nunca supe su verdadero nombre, nunca supe nada que ella no quisiera decirme (ahora lo sé), solo los detalles que dejaba resbalar por unos labios susurrantes que daban color al carmÃn. Aquella primera tarde, cuando llegué a su ático a dos palmos del Retiro (las copas de los árboles abanicaban el balcón) me habló con aquella voz remisa (la distancia) y ronca (la ginebra, el tabaco) acerca del origen de aquel impecable acento francés digno de la Sorbona.
- ¿Vivió en Francia, Madame Breut?
- Vivir es una palabra demasiado ambiciosa. Digamos que estuve de paso hacia el lugar del que me habÃa ido.
- No sé si la entiendo bien – no la entendÃa en absoluto.
Fue entonces cuando me explicó que habÃa aprendido francés durante la dictadura a costa de cruzar la frontera para ver las pelÃculas aquà censuradas y restañar la grisalla patria con romances que susurraban al oÃdo palabras que tardó muchos años en comprender.
Me explicó muchas otras cosas aquella primera tarde de todo. Después hubo muchas otras tardes que me hicieron entender que quizás Madame Breut fuera una puta, pero era la puta que todos siempre soñamos ser.
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