El periodismo de calidad, en una auténtica encrucijada
Interesantísimo artículo de John Carlin, periodista y escritor británico, en el diario EL PAÍS del pasado 10 de mayo. Reproduzco a continuación dos párrafos -aunque recomiendo la lectura completa del artículo-, porque son extraordinariamente reveladores sobre el papel que el periodismo debería jugar en el futuro. Comparto plenamente la reflexión y podríamos hacerla nuestra todos los profesionales que amamos este oficio. La calidad es un principio irrenunciable y, además, es la mejor huella que podemos dejar en el lector. Cabe esperar y desear que el gran cambio acaecido con Internet y la inquietante posición de dominio de empresas tecnológicas como Google, que parece comenzar a confundir fines y medios, no deparen un desastre del que futuras generaciones se puedan arrepentir:
Existe una diferencia entre escribir y teclear. En el Senado de Estados Unidos lo preguntaba esta misma semana John Kerry, el candidato presidencial del Partido Demócrata en 2004: ¿serán los periodistas ciudadanos, los blogueros y otros capaces de producir periodismo de alta calidad? La respuesta, según Kerry, es evidentemente que no. Los que poseen más conocimiento profesional, los que escriben con más gracia o elegancia, los que poseen más conocimiento, los que dedican más entusiasmo a su trabajo, los rigurosos, los que arriesgan más, los que salen a la calle a informarse: ellos, como en cualquier otra rama de la vida, triunfarán.
Los periódicos que, en el formato que sea, respondan de manera más efectiva al imperativo de instruir y divertir triunfarán también. The Economist de Londres seguirá vivo de aquí a 50 años porque, independientemente del acuerdo que suscite su línea editorial, tiene la fórmula. The Seattle Post Intelligencer y las demás víctimas estadounidenses han caído en parte debido al efecto Internet, pero también porque son una versión inferior de un estilo de periodismo americano que si no es de óptima calidad y alta fiabilidad, como The New York Times, es más un tratado legal o un documento académico que una lectura amena para un público general. A diferencia de The Economist o de The Guardian de Londres, periódicos que entienden la necesidad de deleitar además de instruir, que son serios, pero da gusto leerlos. The Guardian arrasa en Internet en Estados Unidos, donde está la mitad de su público digital de 29 millones de pares de ojos. Y eso no es porque hayan contratado a los cracks de Yahoo, sino porque tienen en sus filas a grandes contadores de historias, periodistas que salen y ven y oyen y huelen y reflexionan y evalúan y confirman hechos y siguen conscientemente la tradición populista y, sin embargo, inteligente de Charles Dickens. Al final, lo que perdura, como las grandes novelas del siglo XIX, es la calidad.
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