La nariz de Sabina
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Mar de dudas

Escrito por gorkadiez el 12 Abril 2009 – 22:57Sin comentarios


A veces conviene volver a las páginas de nuestros pensadores más representativos para bucear en ese pasado al que a menudo le salen telarañas en las estanterías de las bibliotecas por las que mucha gente curiosea, pero donde pocos se detienen con decidido afán por profundizar en la herencia que otros nos dejaron con el propósito de encender alguna luz.

De sobra sabemos en España de la existencia de Ortega y Gasset, de que allá a principios del pasado siglo hubo un filósofo que sentenció que somos con nuestras circunstancias, pero qué lejos que nos queda el entramado, más profundo y complejo, de buena parte de su filosofía, acertada o no, pero capaz de aportarnos unos referentes en los que apoyarnos en el camino hacia cierta comprensión del ser.

En Ideas y creencias, uno de sus libros más imprescindibles, nos encontramos con la separación que el pensador madrileño hace entre las ideas como ocurrencias individuales que lo mismo hoy nos asaltan de una forma que mañana de otra, y esas creencias que son la base en las que está asentada nuestra concepción del mundo, que las tenemos tan dentro de nosotros que las aceptamos como verdad sin darle vuelta alguna, porque vienen a ser algo así como la tierra que pisamos. Se trata de una distinción que restaría importancia a nuestra insistencia en filosofar sobre lo humano y lo divino, que si lo fundamental ya está asentado y sólo podemos aspirar a la ocurrencia qué sentido tiene escarbar en nuestra capacidad de raciocinio para intentar llegar a alguna conclusión que pueda ser tenida en cuenta más allá de nosotros. Pero resulta que en esas creencias de las que habla Ortega se encuadran, por ejemplo, la razón y la inteligencia, y que a través de ellas podemos generar ideas que, aunque logren ser rebatidas por los mismos instrumentos, tienen una base que las dota de su, aunque en parte relativo, defendible y consistente valor.

Abre así Ortega la puerta a la libertad de concebir el mundo a nuestro modo. Y más cuando, a la par que la creencia, sitúa esa duda que no es sino “un modo de la creencia” en la que también nos encontramos, aunque en vez de con la conciencia tranquila de tenerlo todo resuelto con la sensación de que no siempre hay una almohada en la que recostar el sueño. Porque es en el agujero de esa duda donde el ser humano, desorientado, decide ponerse a pensar, a meditar, a usar esa inteligencia de que dispone para tratar de entender a su entorno y a sí mismo, lo cual ya es un valor en sí se llegue a donde se llegue.

“Los huecos de nuestras creencias son el lugar vital donde insertan su intervención las ideas”, nos dice Ortega, reivindicando así el valor del pensamiento, de la imaginación, de la vida individual, de la libertad de cada ser humano para abrirse un camino en este mar de dudas que es el mundo.

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