Pablo, cabeza de turco
Si no hay ningún contratiempo, ahora estaré en TurquÃa.
Voy siguiendo los pasos de un ciudadano romano de religión judÃa perteneciente a la lÃnea más dura de la corriente farisea. Saulo, nacido hace justamente dos mil años en la localidad turca de Tarso. Uno de los lÃderes más significados en la persecución de los primeros judÃos que creyeron que Jesús era el mesÃas esperado y anunciado por los profetas hebreos desde tiempo inmemorial. Saulo, el más ortodoxo de entre los ortodoxos, perseguÃa, acusaba y aniquilaba a todo aquel que se desviaba de la Ley Mosaica y seguÃa las enseñanzas del galileo que hablaba de amar al enemigo, de compartir con los más pobres, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad universal.
El bueno de Saulo, sólo seis años más joven que el nazareno, nunca coincidió fÃsicamente con el ungido, con el Cristo. Sin embargo, yendo a Damasco en una de sus cacerÃas para evitar que se propagase la nueva ideologÃa que triunfaba entre los judÃos, tuvo un encuentro con el tal Jesús (recién ajusticiado por la autoridad romana en Jerusalén). Y él mismo cuenta que una luz cegadora le dejó tres dÃas en estado de shock, sin comer, sin beber, dándole vueltas a su vida y al porqué de su persecución… al final comprendió que aquello en lo que tanto empeño ponÃa por sofocar y aniquilar era precisamente la verdadera religión, el modo auténtico de llegar a Dios a través del encuentro con el otro, con los hombres y mujeres que ya no eran enemigos sino hermanos. Y su vida dio un vuelco radical.
Saulo pasó a llamarse Pablo y se convirtió en el apóstol número trece (sin contar a MatÃas que sucedió a Judas). El perseguidor pasó a ser una de las cabezas pensantes de la primera comunidad cristiana. Y le dio por viajar para contar que Jesús era realmente el hijo de Dios, el mesÃas que el pueblo judÃo y los hombres todos estaban esperando desde tiempo inmemorial. Fue tal su ardor y su convicción que no dudó en enfrentarse a Pedro y Santiago, apóstoles que sà convivieron con Jesús, hasta hacerles ver que la nueva religión, el cristianismo, no era una exclusiva del pueblo judÃo sino católica, universal, una religión para todos donde no serÃa necesario acreditar un pasado hebreo. San Pablo pasó a ser conocido como el Apóstol de los gentiles, el pilar básico en el que se asentó la Iglesia que hoy conocemos: Católica y Apostólica… lo de Romana ya vendrÃa más tarde.
Sin duda un hombre de claras convicciones, con una cabeza muy bien amueblada, una facilidad pasmosa para la escritura y un corazón tan grande que sólo le cabÃa en la globalización de la fraternidad. Y de esto hace veinte siglos. Sucedió en TurquÃa y alrededores, donde yo estaré ahora empapándome de sus paisajes y paisanajes
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