Niños
Qué juguetones que me parecen, que son, los niños, siempre atentos a lo que acontece a su alrededor, ansiosos por descubrir todo lo nuevo que se les ponga al alcance de la mano, o ni siquiera eso, que como en la distancia observen algo que les atraiga ya se encargarán ellos de hacérselo llegar a su regazo con la caña impetuosa de su curiosidad sin límites a medio camino entre la desmesurada ambición de un empresario que siempre quiere ganar más o un político autonómico que no saciará su sed de transferencias hasta que lo único que le quede por pedir sean las deudas.
Porque qué poco respeto que tienen por su entorno estos angelitos con cola de diablo que sólo quieren hacer lo que les place en cada momento. Con eso de que la vida son cuatro días no niego que hagan bien, pero hasta cierto punto. Que una cosa es querer y otra quererlo todo, y sus padres y educadores no están sólo para saciarles los antojos de chuches en las confiterías dulces de la vida y arroparles cuando les entra la llorera por cualquier memez. Los mayores también tenemos derecho a mirar por nosotros mismos y el niño ha de entender que ser pequeño no es una excusa para aspirar a la felicidad perpetua, que no siempre se puede ganar la partida del mando a distancia que conecta con los dibujos animados.
Este mes estoy tratando a un grupo de niños con motivo de unas clases de Periodismo que me toca impartir en el colegio Casablanca de Cuenca y, después de cuatro sesiones, he de reconocer que a punto estoy de darme por vencido: no hay manera de quitártelos de encima cuando se te agarran a la pierna o se levantan sin permiso del pupitre para ponerse a jugar con los aviones que han confeccionado con el papel de periódico que les traje para que leyeran. Y a ver qué narices puedo hacer cuando, sin pedirme permiso, se van al baño en comandita (sus ganas de orinar deben estar sincronizadas) y regresan lanzando vivas a Mickey Mouse con el lapicero enredado entre el pelo con piojos de su cabeza, al modo de un troglodita con su hueso. Y eso que, no lo niego, en el fondo son unos pedazos de pan y en cuanto les alzo un poco la voz se quedan calladitos y vuelven a su sitio sin rechistar, se echan a llorar o me piden perdón y me prometen ya no hacerlo. Aunque mañana ya será otro día.
Cuando los miro pienso en Goretti y me agrada saber que mi querida sobrina sabe reprimir un poco más sus apetitos. Que pide con la mano abierta tanto o más que mis alumnos y en quince minutos consigue que me duela la cabeza de verla dando mil y un vueltas por la habitación, hacerme burla, adelantar las canciones de mi CD o mancharme las páginas del periódico que acabo de abrir con su zumo de naranja para vitaminizarse, que recomendaba Super Ratón. Pero al menos no lanza por la casa esas pinturas con las que tanto le gusta colorear su mundo infantil, ni hace bolas con los folios para meterle un gol a mi paciencia, ni se esconde debajo de la mesa para jugar al escondite con el mucho cariño que le tengo. Claro que en el colegio lo mismo se comporta igual que mis alumnos, que los quebraderos que dan los niños son de armas tomar y cuando se juntan unos cuantos bajo techo sálvese quien pueda.
Pero he de admitir que, a todo niño, aunque no sea de tu sangre y se pase las horas incordiando con sus constantes chillidos de Mogli de la selva ajeno a la civilización, le coges cierto afecto aunque sólo sea por esa mirada inocente que no puede evitar esconder ni aunque se disfrace de pirata o de Gargamel. Y que hasta le perdonas que te tome por el pito del sereno (a fin de cuentas tampoco deben quedar muchos serenos hoy en día) y se ría estúpidamente cuando tratas de explicarle qué es eso del amor. Se quiera o no, ellos están repitiendo los pasos a trompicones desvergonzados que nosotros dimos cuando teníamos su edad, y benditos sean los malos modales cuando todavía no se ha traspasado la frontera de la maduración. Que tiempo habrá.
Mucho más grave me parece el infantilismo de todos esos adultos que cada vez que abren la boca es para irritar a todo tipo de inteligencia. Y digo esto porque me indigna que ciertos políticos del PP y del PNV abronquen ahora al ministro de Justicia por juntarse con Garzón en una cacería. “Eso es volver al franquismo”, dicen, pero sus palabras no son más que mera demagogia. Y es que, si aplicáramos la misma regla al mundo del fútbol, todos los madridistas serían franquistas porque el Real Madrid era el equipo de aquel dictador escaso de estatura y voz de pito que tuvimos. Con razonamientos así no creo que logren engañar ni a un niño, pero nuestros representantes de la política son como son. Quizá si fueran unos infantes les podríamos perdonar, pero no es el caso. No queda otra que cambiar de canal cuando aparece su careto por televisión. Pero están por tantas partes que conseguirlo no es sencillo. Ay, si en su lugar pusieran a los niños del colegio Casablanca… Tampoco de esta manera la política pasaría a ser perfecta, pero algo mejor nos iría.
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