Lisbeth, te amo
Lo siento Mikael, la culpa es de Stieg. Ese maldito colega sueco que murió arrojándola a mis brazos después de que tú decidieses seguir jugando con Erika, tu amante y compañera en la redacción de “Millenium”. Cuando leí la última página de “Los hombres que no amaban a las mujeres” lo primero que se me vino a la mente es que tenía que conquistar a Lisbeth Salander. Y me fui con mi Eva a una librería para hacerme con la segunda entrega de la trilogía de Larsson. Y ahí ando, enfrascado en “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”. Buceando en cada palabra, saboreando cada párrafo, deleitándome en una narración que fluye y anega mis adentros con las más verosímiles de las increíbles historias periodísticas contenidas en una novela negra.
Mikael, sé que no la das por perdida. Sé que todos los periodistas como Larsson, como tú y como yo, estamos predestinados a enamorarnos de Lisbeth Salander. Experta informática, amante desinhibida, poco dada al parloteo inútil y valiente donde las haya. Una mujer discreta, de acción sobrehumana, con memoria fotográfica y una historia traumática de infancia. Salander es el prototipo de chica desadaptada crecida en un ambiente hostil con un gran trauma a sus espaldas capaz de resurgir de sus cenizas y convertirse en el Ave Fénix que endulza todos mis sueños.
Estoy terminando el segundo volumen. Supongo que al final acabarás por recuperarla. Ahora las cosas no van bien entre vosotros, pero tengo la esperanza de que pronto todo se aclare. Entonces, amigo Blomkvist, sólo querré meterme en tu piel, ser el periodista arriesgado, concienzudo y de recia moral capaz de destruir un imperio económico fraudulento, de poner al descubierto la hipocresía social frente a la trata de mujeres y, sobre todo, de disfrutar de una felicidad moderada junto a Lisbeth en tu refugio de libros, discos y caricias a orillas de cualquier mar.
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