Lecturas
Con al excusa (barata) del cambio de año, he leído en foros, blogs, periódicos y suplementos ¿culturales? las listas de los mejores libros del año, los más vendidos, los preferidos de los más célebres prescriptores literarios.
Llego (hastiado) a la conclusión de que, más o menos, todos leemos lo mismo: una tacita de Ian MacEwan por aquí, un puñado de Philip Roth por allá, unas migajas de Paul Auster por acullá. A estos “clásicos”, unos y otros suman nuestros españolitos de buen ver: cucharada de Ruiz (cómo hacerse rico escribiendo) Zafón, pizquita de Eduardo Mendoza, Vila-Matas espolvoreado, un chorro de Afterpop (Fernández Mallo, Javier Moreno, ya saben) y algo de poesía (fácil) para quedar bien después de una noche de amor o borrachera: Ángel González, Gil de Biedma, etc.
Casi todos estos libros se cuelan en nuestra estantería (nuestra porque la hemos comprado, la hemos transportado, la hemos montado, saben lo que quiero decir…) pensando que hemos decidido lo que queremos leer, que hemos escogido esos libros cuando, en realidad, nos los han puesto en las manos. A unos en la mesa de entrada de la librería (bajo el rótulo de best-seller) a otros en forma de reseña elogiosa “para lectores exigentes” o “para amantes de la buena literatura”, a muchos en los blogs de escritores que recomiendan (una y otra vez) a sus amigos.
No se engañen, leen lo que les obligan a leer, del mismo modo que comen lo que les obligan a comer (“tu alimento prebiótico que regula el bla bla bla”), viajan donde les obligan a viajar (¡Ay! Esos reportajes en periódicos independientes, objetivos y mañaneros pagados por Consejerías de Turismo) y aman a quienes les obligan a amar (¿Quién puede divorciarse con esta crisis?).
¿Qué he leído que mereciera la pena en 2008?
Un grafiti en una pared de mi calle que rezaba:
La fruta
como tus besos
ya no tiene sabor.
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