El aniversario
Hoy celebro mi décimo aniversario en la empresa. Llegué aquà el trece de junio de 1998 con los ojos llenos de ilusión, feliz por entrar en una multinacional y conseguir aquello que siempre habÃa soñado: el éxito. Diez años más tarde, soy el director de marketing, aunque el agujero de mi estómago es cada dÃa mayor.
Pero no nos pongamos tristes que hoy estamos de celebración.
Tal y como está el mercado de trabajo, no es habitual que un chaval de treinta años con una sólida formación -y lÃquida, teniendo en cuenta las borracheras que me agarraba en mi época universitaria– y una excelente trayectoria profesional, permanezca durante tanto tiempo en la misma compañÃa. Soy una excepción, un rara avis, y por eso el Jefe me acaba de llamar a su despacho. Quiere tener un detalle conmigo.
– Hola David, ponte cómodo.
Me aflojo el nudo de la corbata, desabrocho el primer botón de los pantalones, me quito los zapatos, pongo los pies sobre su mesa, enciendo un cigarrillo.
Es broma. Ni siquiera fumo.
Me siento en una de las dos sillas de piel y y cruzo las piernas.
Punto.
– Recuerdo el primer dÃa que llegaste… eras un crÃo, la verdad…
Sigue hablando durante diez minutos. Yo pienso en la alineación ideal de España para el Mundial de Sudáfrica y en qué cojones será la esferificación. No vuelvo a hacerle caso hasta que escucho la palabra mágica:
- Dinero…
Entonces vuelvo a conectar el interruptor. ON.
… lo que se dice dinero no podemos ofrecerte, pero sà querÃamos tener contigo un detalle, ya sabes, por todo lo que nos has ayudado en este tiempo….
Acaba ya hijo de puta.
Quizás lo he pensado en voz alta porque deja de hablar y saca –jurarÃa que de su entrepierna– una placa plateada del tamaño de una tarjeta de visita, en la que leo:
Para David
Por su abnegada dedicación a XXX*
La cojo con ambas manos como si fuera un diamante y digo gracias cuatro veces. A la última le añado un muchas por si habÃa alguna duda.
¿Cómo se puede ser tan cabrón?
Vuelvo a mi puesto con la plaquita de los cojones escondida entre el puño cerrado y la manga del traje. No quiero que nadie la vea. Abro el cajón y la tiro con toda la rabia que me permiten los 15 centÃmetros de distancia.
Cae sobre la montaña de informes como una pluma.
Estoy tan cabreado que yo mismo puedo ver reflejado en la pantalla del ordenador el humo que me sale por las orejas.
Tecleo: www.infojobs.net.
Hay algunos puestos interesantes: lástima que me falten cuatro idiomas y un par de masters para cumplir sus requisitos.
Cierro los ojos y cuando los abro ya son las tres.
Mañana, más.
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