Los peces de la amargura
Qué mal cuerpo que me ha dejado ese libro cabrón, como la vida en Euskadi, que es ‘Los peces de la amargura’, de Fernando Aramburu, una obra de cuentos sobre las vÃctimas del terrorismo y su entorno editado por Tusquets en 2006, que ya ha llovido desde entonces aunque todo siga igual, o más o menos, que el miedo a abrir la boca de esa sociedad que intenta ocultar sus vergüenzas bajo el felpudo de su ‘Wonderland’ no parece dispuesto a concederse una tregua, como de vez en cuando le da por hacer a ETA, que abandonar la costumbre de mirar para otro lado y desviarse del camino del rebaño no debe ser tarea fácil cuando lo que está en juego es eso tan apacible, conveniente y plácido como la tranquilidad.
Este donostiarra afincado desde hace años en Alemania que no ha olvidado de lo que va la vida en su patria natal narra en sus cuentos la historia de varias familias que han sido vÃctimas de un atentado terrorista o saben que en cualquier momento pueden serlo, que lo de llegar al siguiente telediario no está nada claro cuando al otro lado del teléfono suena cada dÃa la amenaza del hacha y la serpiente o al abrir el buzón la factura de la luz aparece bañada en la sangre del cuerpo de un pájaro sin futuro que volar.
Y uno siente a través de los cuentos de Aramburu el dolor con media vida ida a la porra de ese treintañero que dos décadas después no ha superado ser testigo en primera fila de cómo mataban a su padre camino del Victoria Eugenia. Y el de esa jovencita a la que un mal dÃa se le ocurrió salir de casa a sacar dinero justo en el momento en que una explosión dejarÃa huellas imborrables en el dÃa de mañana de decenas de inocentes. Y el de ese hombre mayor con quemaduras en las extremidades inferiores al que sus hijos le piden que no se deje entrevistar por un periodista de ‘El Diario Vasco’ si no quiere meterse en lÃos, como si dejarse fotografiar postrado en un hospital fuera una manera de condenarse a sà mismo y a toda su familia.
Muchos otros autores han indagado en esa enfermedad que aqueja a buena parte de la sociedad vasca, y aunque hay excepciones la mayorÃa se ha limitado a seguir un camino que ni le compromete ni ayuda a desenmascarar un actualidad que lleva demasiado tiempo saliendo a la calle con bozal: ahà está ese documental de Julio Médem llamado ‘La pelota vasca’ que pretendÃa eso tan utópico e ingenuo de gustar a todos o ese filme tan vacÃo, imprescindible y amoralmente distante que es el ‘Tiro en la cabeza’ de Jaime Rosales.
Eso sÃ, una cosa es que Fernando Aramburu dé en el clavo de ese miedo que cuando entra por la puerta hace que la dignidad de toda una sociedad salte por la ventana y otra que ‘Los peces de la amargura’ sea un libro de lectura recomendable: para nada lo es. Adentrarse en él viene a ser algo asà como asistir a un funeral de Estado o saber de boca de nuestro médico de confianza que tenemos la misma fecha de caducidad que el pan de molde que compramos hace un mes.
Asà que si por casualidad dan con él en una librerÃa o en la biblioteca piensen en lo que ocurrió con la manzana de Adán y no se dejen tentar, que las consecuencias se pagan. Confórmense con ese otro libro que recopila los mejores monólogos de ‘El Club de la Comedia’ o con las aventuras y desventuras de Pulgarcito en busca de la pócima mágica que le haga llegar al metro setenta. Sólo de esta manera evitarán acostarse varios dÃas con una punzada en el estómago y la sensibilidad al borde del llanto de la impotencia.
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