Libros prohibidos
Quemaba la familia de Alonso Quijano los libros de caballería porque pensaban era la causa de su falta de cordura. Ardían páginas y páginas de pensamiento ilustrado en la Edad Media porque la Iglesia temía perder el poder enquistado en misterios insondables de los que ella se creía única depositaria. Prohibía el régimen franquista libros que pudieran despertar las conciencias para detentar el poder hasta que el dictador muriese en su cama.
Prohibir libros es como querer poner puertas al campo. Basta que una familia, una institución o un gobierno dicte una orden contra un título para que los hombres reaccionemos y lo convirtamos en un best-seller clandestino, en un estandarte de la libertad, en un símbolo de reacción contra el poder establecido.
Yo pensaba que estas lecciones de la historia eran suficientes para que los poderosos no cometieran más un error tan básico, para que buscasen alambicados caminos que desprestigiasen y ninguneasen los textos que se les antojan peligrosos. Pues no.
El régimen cubano ha confiscado un paquete con libros religiosos destinados a la lectura y el recogimiento espiritual de Adolfo Fernández. Un preso político que pertenece al Movimiento Cristiano Liberación y que lleva en el penal de Canaletas (a 400 kilómetros de La Habana) nada menos que cinco años y medio por denunciar la falta de derechos humanos en la isla de los hermanos Castro, el vivo y el otro.
Entre los libros confiscados por los carceleros del régimen dictatorial está “Las Confesiones” de san Agustín. Un alegato del obispo africano escrito en el siglo IV en el que repasa los errores cometidos en su vida con el fin de que otros se ahorren el sufrimiento que le causaron.
Creo que los torturadores del régimen castrista no han calibrado adecuadamente la prohibición. Creo que no son conscientes de que el texto agustiniano está entrando clandestinamente en la isla, de que los jóvenes están memorizando ese subversivo párrafo inicial que sugiere una revolución interior imposible de parar: “Señor, Tú nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti, Señor, mi Dios”
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