El silencio y la calma
El sábado pasado, mientras hacÃa la cotidiana lectura diagonal de Babelia, llegué al Ida y vuelta de Antonio Muñoz Molina, titulado en esta ocasión Las glicinias de Faulkner. No les voy a hablar del texto, que no leà hasta el final y, además, lo tienen aquÃ, sino de lo que más me llamó la atención, lo que más me ha interesado de este suplemento cultural en los últimos digamos meses: la fotografÃa que lo abrochaba.
Es una imagen de William Faulkner en la que el escritor no aparece posando delante de una estanterÃa repleta de libros a punto de salir escupidos por la presión, ni escribiendo con una estilográfica bajo la luz tenue de una lámpara acogedora. Nada de eso. Faulkner está en la cocina de su casa, sirviéndose un café con la mano izquierda, mientras con la derecha agarra una pipa como si fuera una de esas pelotas antiestrés que te quitan los nervios pero te provocan tendinitis.
Es un hombre cualquiera en una escena que seguro repetÃa cada mañana antes de ponerse a escribir y que, quizás, fuera el momento más placentero de su dÃa. Pienso en William Faulkner tomándose un café en la cocina, de pie, apoyado en la encimera, agarrando la pipa, relajado, muy lejos de sus propias palabras, con el pantalón demasiado subido, la camisa demasiado beige.
Pienso cuando yo no esté aquà –sÃ, amigos, por suerte para vosotros, estas columnas no serán ad eternum– y quiero que alguien me recuerde asÃ, en la cocina de mi casa (esa casa que nunca tuve), de pie, pensando en nada, agarrado a una pipa (esa pipa que nunca fumé), con la barba manchada por el tiempo y la ceniza.
Hoy he empezado a leer, de nuevo, El ruido y la furia y me siento un poco más muchas cosas y un poco menos casi nada.
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