Perdedores de libro
Cuando leo, a veces, pierdo el control. Sobre todo si la historia amén de ser interesante está escrita como a uno le gustaría saber hacer. Resulta curioso que en la última semana haya devorado tres volúmenes de actualidad literaria en la que sus personajes, su trama y su agilidad narrativa están profundamente enraizadas en la derrota, en los perdedores, en las renuncias lógicas que suceden a toda elección.
“Saber perder”, de David Trueba, ha sido un gran hallazgo. Ya había leído una de sus dos novelas anteriores y me dejó un buen sabor de boca. Esta vez, siguiendo los consejos de Víctor Vela, me he devorado sus casi 400 páginas en día y medio. No lo podía dejar. Las cuatro historias que van encajando como un auténtico puzzle me han absorbido, empapado y dejado un poso que tardará tiempo en borrarse. Es un pedazo de libro, ya lo creo.
“Una palabra tuya”, de Elvira Lindo, ha supuesto un cambio en mi modo de ver a la creadora de Manolito Gafotas, a la columnista cotilla y descarada que no deja de hablar de “su santo”. La descripción psicológica de los personajes, la búsqueda de explicaciones más allá de los comportamientos diarios, la trama esperada y no por ello menos sorprendente, el sabor amargo de la derrota previsible, la incapacidad de huir del destino cotidiano… me prometo ver la película.
“Los girasoles ciegos” lo leí la semana pasada justo después de ver la película. El filmete, que diría alguno de mis compañeros televisivos, es frío, distante, sin emociones, sin la implicación mínima del espectador. Un error de planteamiento al sacrificar el lenguaje cinematográfico al respeto por el texto del cuarto y último relato que contiene la obra. El libro, ya digo, es delicioso. Un pedazo de libro. También de perdedores y dignidad. De éticas profundas y educaciones rotundas. De valores humanos y derechos inalienables. Relatos de hombres y mujeres que entienden la persona como un valor en sí mismo, la vida y la integridad moral como pilares básicos para la convivencia.
Ha sido una semana de lecturas demasiado profundas, de reflexiones y silencios que los que me rodean no entienden muy bien a qué obedecen. Siete días de preguntarme por lo que realmente importa, por la esencia de la derrota, de la pérdida, de la frustración… Una semana para darse cuenta de la suerte que uno tiene por el mero hecho de estar vivo, de amar, de ser amado, de trabajar, de tener cobijo y de poder dedicar unas horas a “ser cultural”, como dice, con cariño, mi Eva que es Cristina.
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