Cincuenta huevos duros
Siempre que pienso en Paul Newman me viene a la memoria un lunes de invierno en casa de mis padres de hace unos quince años. No lo recuerdo con exactitud, pero es posible que hubiera llovido aquella tarde, o que el frÃo entrara por las rendijas de unas ventanas que nunca han cerrado demasiado bien, como si se resistieran a separar la soledad de nuestra casa de los árboles del jardÃn. Era lunes, de eso estoy seguro, porque hay colores que la goma del tiempo no consigue borrar. Ya era muy tarde, habÃamos cenado hacÃa un par de horas y estaba solo en el salón, sentado en el parqué resbaladizo que mi madre enceraba dÃa tras dÃa con obstinación, hasta que en él viéramos nuestros reflejos cetrinos, como un espejo ahumado por el sol del ocaso. Estaba, como otras muchas noches, sentado con el mando a distancia delante de la televisión, y en La2, lo recuerdo bien, pusieron La leyenda del indomable. Me pareció una pelÃcula discreta. Entretenida, divertida en ocasiones, brillante durante algunos momentos, pero lejos de ser una obra maestra. Cuando terminó, me fui a la cama sin pensar en nada de lo que acababa de ver. Sin embargo, con el paso de los años, la secuencia en la que el personaje de Paul Newman se comÃa cincuenta huevos duros ha regresado a mi mente en las situaciones más insospechadas, una y otra vez.
Ahora que se ha muerto Paul Newman, el más grande, pienso en él tumbado sobre una mesa comiéndose cincuenta huevos duros y me veo a mà con apenas quince años y el invierno entrando a empellones por las ventanas y escucho a mis padres hablar en voz baja al fondo del pasillo y observo cómo la televisión emite destellos de otro tiempo y siento cómo el viento de este otoño sin cristales arruga una vieja fotografÃa en la que salgo de espaldas, observando un horizonte desenfocado al que, todavÃa, no he conseguido llegar.
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